Capítulo 6 – Entre reproches y silencios
La mañana se deslizó con calma en la finca Ferrero. Marina había llegado temprano, como siempre, cargando su bolso con los utensilios médicos y algunos pequeños dulces para Federico. La luz se filtraba por los ventanales, dibujando reflejos tibios sobre el suelo pulido, mientras el murmullo lejano del campo envolvía la casa en una quietud engañosa.
Mientras ajustaba la posición de Federico en su sillón adaptado y le ofrecía la medicina con delicadeza, sintió la presencia de Elvira acercarse. La mujer, impecable en su porte, con el cabello recogido y los gestos medidos, se detuvo a su lado, observando en silencio cada movimiento de Marina, como si evaluara algo más que su trabajo.
—Marina —dijo finalmente, con una suavidad calculada—. ¿Tienes un momento para conversar?
Marina asintió, terminando de acomodar a Federico antes de tomar asiento junto a ella. Durante unos segundos reinó un silencio respetuoso, en el que solo se oían los suaves sonidos del muchacho, que movía las manos con torpeza mientras esbozaba una sonrisa distraída.
—Señora, quería preguntarle algo —comenzó Marina, midiendo cada palabra—. Usted siempre habla de Federico, pero nunca lo había mencionado… me refiero a su hijo mayor, Alejandro. ¿Por qué nunca me habló de él?
Elvira bajó la mirada por un instante, como si aquella pregunta despertara recuerdos que prefería mantener en reposo. Luego alzó el rostro, componiendo una serenidad que, aunque cálida, no lograba ocultar cierta distancia.
—Ay, mi hijo Alejandro… —murmuró con una leve exhalación—. Es un hombre muy reservado. Cuando comenzó sus estudios de agronomía, decidió irse a la ciudad y hacer su vida allí. Siempre fue así… independiente, firme en sus decisiones. No le gustaba depender de nadie…
Marina asintió lentamente, procesando cada palabra.
—Debe haber sido difícil… tenerlo lejos tanto tiempo.
Elvira esbozó una sonrisa tenue, casi nostálgica.
—Una madre siempre siente la ausencia —respondió con calma—, pero también aprende a respetar los silencios de sus hijos.
Hubo una pausa breve. Federico emitió un pequeño sonido y movió la cabeza hacia Marina, quien reaccionó de inmediato, acomodándole el cojín con una ternura automática. Elvira observó ese gesto con atención, como si confirmara algo que ya sabía.
—Sin embargo… —continuó Elvira, retomando la conversación con un tono más bajo— hay algo que quizás debas saber.
Marina levantó la vista, intrigada.
—Alejandro puede parecer frío, incluso distante —prosiguió—, pero no lo es del todo. Hay una sola cosa que logra atravesar ese carácter suyo.
Hizo una leve pausa, mirando a Federico.
—Su hermano.
Marina siguió la dirección de su mirada, comprendiendo de inmediato.
—¿Federico? —preguntó con suavidad.
Elvira asintió, y por primera vez en la conversación, su expresión se quebró apenas.
—Sí. Él es su debilidad —dijo, eligiendo cada palabra con cuidado—. Sé que no lo demuestra de forma evidente. Pero todo lo que tiene que ver con él… lo afecta más de lo que cualquiera podría imaginar.
Marina frunció ligeramente el ceño, tratando de entender esa contradicción.
—No lo parece —admitió—. Él… es muy duro.
—Lo es —confirmó Elvira sin dudar—. Pero hay durezas que no nacen de la indiferencia… sino de todo lo contrario.
Marina sintió que había algo más detrás de esas palabras, algo que Elvira no estaba dispuesta a revelar todavía, pero que se insinuaba en la forma en que miraba a Federico, en la manera en que evitaba profundizar.
—Solo te pido que le tengas paciencia —añadió finalmente la mujer—. A veces, Alejandro no sabe cómo acercarse… y eso puede hacerlo parecer peor de lo que realmente es.
Marina bajó la mirada, pensativa.
—Lo tendré en cuenta, señora —respondió con sinceridad.
Elvira asintió, recuperando su compostura habitual, y se puso de pie con elegancia.
—Gracias por todo lo que haces por Federico, Marina. No sabes lo importante que es para mí.
Marina sintió un leve calor en el pecho ante esas palabras, pero también una inquietud creciente. Cuando Elvira se alejó, el silencio volvió a instalarse en la habitación, interrumpido solo por los suaves sonidos de Federico.
Y mientras Marina volvía a ocuparse del menor de los Ferrero, ajustando con paciencia su cojín y acomodándole la bata para que estuviera cómodo, una sensación de inquietud la acompañaba: algo le decía que conocer a Alejandro sería más complejo de lo que imaginaba, y que su carácter, rígido y exigente, pondría a prueba la delicadeza con la que ella cuidaba a los suyos.
(...)
El sol de la tarde iluminaba los viñedos con un dorado suave, y el aroma de la tierra húmeda se mezclaba con el de las hojas maduras. Alejandro caminaba entre las filas, inspeccionando las plantas con atención. Cada rama rota o hoja marchita despertaba en él un ceño fruncido, su mente llena de cálculos y responsabilidades sobre el viñedo.
De pronto, escuchó un pequeño crujido detrás de él. Giró la cabeza y vio a Tomás asomarse entre las vides, con la expresión seria pero curiosa que lo caracterizaba. El niño llevaba una pequeña libreta, donde aparentemente anotaba “cosas importantes” sobre las plantas.
—Señor gruñón —comenzó Tomás con voz decidida—, mire esta uva. La de ayer estaba un poquito más verde, pero esta ya tiene el tono correcto para la vendimia… ¿cree que debo marcarla?
—Tomás… —interrumpió Alejandro, con el ceño fruncido y las manos en la cintura—. Antes de que me hables de uvas, dime algo: ¿dónde está tu padre?
El niño se detuvo en seco, parpadeando con confusión. Su sonrisa traviesa desapareció, reemplazada por un gesto de incertidumbre.
—Eh… no… —tartamudeó—. No sé…
Alejandro sintió un golpe de culpabilidad inmediata. Su tono había sido demasiado seco, demasiado intrusivo. Tomás lo miraba con los ojos grandes, llenos de una inocencia que no pedía respuestas difíciles, solo estaba allí para aprender y observar.