Vida, nada te debo

Capítulo I • Usted es muy sospechoso. No bebe, no fuma, ¿a que chingados vino al mundo?

Antes de salir de casa a conocer el mundo, a Martín le dijeron que cuando se fuera a Guadalajara, primero llegara a preguntar por un cuarto al Barrio de La Perla, que se encuentra cerca del Centro Médico; además, de que en esa zona estaban instalados el resto de sus amigos. Le recomendaron también no hacerlo a través de internet, que era mejor rentar ya estando allá. Así que, al llegar a la central camionera, se dispuso a preguntar por el rumbo que debía tomar y comenzó a atravesar calles ruidosas y extrañas. El tiempo allí lo percibió muy cambiante en el mes de junio cuando notó que comenzaban a desprenderse de los árboles las amarillas hojas presagiando el verano. En el cielo la lluvia se anunciaba inminente, la gente cruzaba las calles corriendo a toda prisa por aquí y allá. El fino viento comenzó a mecer sus cabellos y, de repente, un aguacero comenzó a caer constante, charpeando y mojando todo a su paso. En repetidas ocasiones, el viento le lanzaba la lluvia en la cara, lo empujaba contra las paredes y hacía trizas los paraguas de las personas. En las calles sólo se podían ver las luces de los coches andar y las sombras fugitivas de los transeúntes que pasaban a toda prisa.

El joven prospecto de doctor iba de casa en casa, subiendo y bajando escaleras, contento de escapar por unos instantes de la lluvia. Vio muchas habitaciones, pero ninguna era de su gusto. Tal vez, la culpa de ello la tenía la lluvia y la tenue luz gris que hacía que todas las estancias parecieran deprimentes, quizá también era la brisa la que las hacía ver envueltas en una atmósfera opresiva. Una leve sensación de angustia despertó en él cuando vio la suciedad de algunos cuartos, de alguna u otra forma daban la impresión de haberse vivido allí grandes tristezas, ocultas tras las fachadas. La búsqueda se tornó por momentos desesperante, pero finalmente pareció encontrar una habitación. Era una casa antigua, tosca, aunque espaciosa, con un gusto propio por lo pasado. La habitación era sencilla y más pequeña de lo que hubiera deseado, pero las ventanas daban a un gran patio, donde había algunos árboles, que susurraban en medio de la lluvia y se estremecían al ritmo del frío. Del patio lo atrajo ese verdor tímido, que lo condujo al recuerdo totalmente perdido en los campos de su pueblo, así también el hecho de que en el vestíbulo se encontraba un canario que empezaba a cantar en su jaula y no se cansara de ofrecer su hermoso trinar mientras él contemplaba su nueva habitación. Que bellos recuerdos llegaron a su mente, eso le pareció un buen presagio, y la dueña de la casa le pareció agradable, era una mujer mayor, apesadumbrada y viuda, según contó.

Ella decía no ocupar mucho espacio junto con su pequeña nieta, por esa razón es que rentaba cuartos de su casa; además, de por ello podía obtener su principal fuente de ingreso. Aún quedaban algunas horas para oscurecer y quiso aprovechar para ver lo que había en el resto de la casa, quería ver algo más de aquella extraña ciudad que anheló conocer desde niño, pero la fría lluvia azotada por el viento le restaba las ganas. Caminó algunos metros hasta hasta encontrar un pequeño café, ya sentado café en mano en una mesa, se quedó mirando melancólico el fondo blanco de una pared por un largo rato, sin pensar en nada, escuchó la conversación de muchas personas contiguas y se afanó en dominar el amargo sentimiento de decepción que poco a poco iba atiborrando su garganta, exigiendo palabras. Luego intentó volver a andar por las calles, pero la lluvia era demasiado persistente. Empapado hasta los huesos, llegó a una fonda a cenar, presuroso y sin ganas, y luego se marchó a casa.

Ahora estaba en su habitación y miraba lo que tenía a su alrededor. Sus cosas estaban apiladas unas encima de otras, como olvidadas, sin orden en el suelo. Aquella habitación a modo de inventario contenía: un colchón cubierto de una colcha descolorida, una lámpara ceniza que pendía en la oscuridad y una antigua estufa que parecía desarmarse; era todo lo que había al alcance de su vista. Entre todo aquello, había colgadas en el fondo blanco de las paredes algunas fotos sephia deslavadas con caras extrañas, que seguramente llevaban años allí. El frío gélido se colaba a través de la puerta, la única ventana que había mal cerrada ondeaba inquieta cual bandera cuando el viento arrojaba la lluvia contra los cristales. Martín, sentía frío, se encontraba extraño ante su nueva realidad. ¿Quién habría dormido en esa cama, quién se habría reclinado en aquel sillón, quién en ese espejo se habría reflejado? En ese espejo él se miraba pálido, lleno de miedo y a punto de llorar. Allí nada le recordaba algo pasado o vivido, todo era extraño y sentía la sangre helada. ¿Debía irse a dormir?

Eran apenas las nueve. Por primera vez dormía bajo un techo extraño. Quizá en su verdadera casa, su familia, estarían sentados conversando en el zaguán, iluminados por las estrellas. Sabía que justo ahora Laura, su hermana, estaría dormida. Pero ¿dónde estaba hoy quién salió de casa con ánimos de comerse al mundo de un solo bocado? No, no debía dormirse aún. Empezó a sacar sus escasas pertenencias de la maleta que había sido cuidadosamente hecha por su madre, y según iba deshaciendo el ordenado equipaje tuvo que pensar en las manos que lo habían hecho por amor a él. Entre los libros usados de medicina encontró un retrato de su madre, que su hermana había puesto a escondidas. Contempló por largo rato, aquel rostro, sonriente, y luego la colocó sobre la mesita de noche para que lo mirara con cariño.

Aunque le parecía como si la sonrisa de la imagen se estuviera volviendo cada vez más triste, como si en medio de la oscuridad, compartiera algo de su propia tristeza. Apenas se atrevía a mirarla ya de lo oscura que le parecía. ¿Debía volver a salir a la calle? Cuando se acercó a la ventana y vio la lluvia fluir sin descanso sobre los empañados cristales que acumulaba gotas, estas se quedaban paradas hasta que otra se le encimaba para resbalar por el cristal. Siempre llegaban otras nuevas y siempre volvían a escurrir, de todas partes, como si fuera un mundo entero llorara su tristeza con millones de lágrimas. Se quedó allí, de pie, por espacio de una media hora.




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