Vida, nada te debo

Capítulo V • Decliné a seguir con mi carrera

En realidad, no era algo nuevo, ya que, Miguel sólo lo buscaba cuando necesitaba de algún favor o tenía que contarle algo para desahogarse, si no, siempre era Martín el que tenía que hacerle una visita si quería verlo. Sólo que esta vez, consciente de su culpa, le pareció que existía una segunda intención en permanecer ausente, y no iba a verlo, esperaba con una serena y obstinada terquedad que a él mismo le dolía. Durante esos días estuvo solo. Nadie lo visitó, y tuvo más que nunca la humillante sensación de no ser necesario para ninguna persona, de que nadie lo quería, que nadie necesitaba de él. Y entonces sintió doblemente lo que aquella amistad significaba todavía para él, a pesar de todas las decepciones y humillaciones que le hacía pasar.

Así pasó una semana. Y, una tarde, cuando Martín estaba sentado en su escritorio e intentaba trabajar, escuchó unos pasos rápidos que se dirigían hacia su puerta. Inmediatamente reconoció los pasos de Miguel, se levantó de un salto mientras la puerta se abría de golpe y volvía a cerrarse; Miguel apareció, sin aliento, riéndose, lo agarró por los dos brazos y lo sacudió de un lado a otro.

—¡Hola, bebé! Dichosos los ojos que te ven, Sí, aprobé mis últimos exámenes. Dentro de ocho días tendrás que llamarme señor licenciado. Martín estaba completamente desconcertado. Había pensado en todo tipo de cosas, pero no en que se volvieran a ver de esta forma. Había empezado a balbucear algunas palabras de felicitación, pero Miguel lo interrumpió.

—Sí, sí, está bien, ven a mi habitación, esto hay que celebrarlo como se merece, y tengo que contártelo todo. Vamos, adelante. Lupita viene llegando. Martín se asustó. De repente sintió miedo de estar junto a Lupita, porque ahora ella lo pondría en ridículo y él volvería a enrojecer de vergüenza. Intentó evitar el encuentro.

—Me tengo que ir, Miguel, no puedo, por más que quiera. Tengo muchas cosas que hacer.

—¿Cosas que hacer? ¿Qué es lo que tienes que hacer, cuando aprobé mis últimos exámenes? Tienes que alegrarte y venir conmigo, a ponerte una buena peda con nosotros, no tienes otra cosa que hacer.

Lo jaló del brazo para llevárselo. Martín se sintió demasiado débil para resistirse. De repente, se vió al lado, en la habitación de Miguel. Lupita ya estaba allí. Cuando ella lo vio, le dirigió una mirada curiosa, que lo envolvió como una suave ola, y le ofreció la mano sin decir ni media palabra. Y una vez más lo miró, curiosa, como a un extraño y, sin embargo, de una forma distinta. Miguel sentía un impetuoso deseo de hablar, todo su ser ardía de emoción. 

—Bueno, ¿qué tomamos? Con la garganta seca no les puedo contar nada. Bueno, ¡nada de tequila! Esta noche hay que revolucionarlo todo. Hagamos un té. Un buen té caliente. ¿Gustan? Lupita y Martín estuvieron de acuerdo. Se sentaron a la mesa uno junto a otro, pero Martín no habló con ella. La idea flotaba por su cabeza aquí y allá: ¿había sido un sueño que hubiera luchado como un desesperado con aquella mujer que estaba a su lado? No se atrevía a mirarla y simplemente sentía cómo el aire se volvía más viciado a su alrededor, que le provocaba un nudo en la garganta. Afortunadamente, Miguel no notaba nada. Andaba haciendo ruido con los platos y las tazas. Le resultaba gracioso hacerle al mesero para ellos dos, les sirvió con una alegría desbordante y luego se sentó cómodamente y comenzó a contar.

—Bueno, que nunca he estudiado mucho no necesito decírselo a ustedes dos. 

Y cuando me introduzco en el papel estudioso para el examen, me encuentro a mi lado con un antiguo amigo mío, Carlos. ¿Qué estaba contando? Martín no era capaz de escucharlo, todo llegaba de lejos, sonaban como palabras pero carecían de sentido. Su interior seguía vibrando con la idea de que junto a él se sentaba la mujer con la que había luchado y lo había vencido. De repente, se sobresaltó. Sobre su mano, que estaba sobre la mesa, pasaba su dedo y acariciaba suavemente la cicatriz que le provocaron los fierros. Cuando sus ojos se alzaron, se encontró con una pregunta en la mirada de Lupita, una pregunta compasiva, casi tierna. El fuego se extendió a toda velocidad subiéndole hasta las sienes. Al otro lado, Miguel seguía con su relato. Martín no oía ni una palabra. Sólo sentía cómo el dedo de ella volvía a acariciar su cicatriz. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y súbitamente retiró la mano de la mesa como de un plato caliente. La confusión creció en él, pero cuando la miró, notó que sus labios cerrados se movían como en un sueño y murmuraban en voz baja:

—Pobre bebé.

¿Se había quedado en sus labios, una palabra sin voz, o la había pronunciado realmente? Miguel estaba sentado enfrente de su novia, y su amigo seguía hablando incontenible, y mientras tanto... Temblaba, un mareo se apoderó de él, y sintió que se quedaba pálido. Entonces, Lupita tomó su mano con suavidad por debajo de la mesa y la llevó entre las suyas hasta su rodilla. Entonces volvió a sentir toda su sangre hervir. Sintió en sus manos una rodilla y luego la otra. Él quería retirar su mano, pero los músculos no le obedecían. Seguía extendida allí. Miguel, seguía y seguía relatando su alegría con desenvuelta felicidad. 

—Pero ¿qué les pasa a ustedes dos? Me parece como si se hubieran quedado dormidos.

Lupita no le soltaba la mano. Y Martín no podía pensar más que en la mano..., la mano..., la rodilla..., su mano. Pero Lupita respondió riéndose.

—Bueno, ¿acaso no es para quedarse mudo que un vago como tú llegue a ser abogado? 




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.