Isabella
Mi esposo acaba de regresar de entre los muertos.
Y lo primero que hace es mirarme como si quisiera destruirme.
El aire dentro de la iglesia se siente demasiado sofocante. Siento que me falta oxígeno, que las paredes se acercan, que las miradas de todos me aplastan mientras Damián Cross permanece frente a mí como una aparición salida de mis peores pesadillas.
No.
Ni siquiera de mis pesadillas.
Porque en mis pesadillas él siempre volvía amándome.
Pero el hombre que tengo enfrente no trae amor en los ojos.
Trae odio y rencor.
Sofía se aferra a mi cuello y escondo su rostro contra mi pecho mientras mi corazón golpea tan fuerte que creo que todos pueden escucharlo.
Damián no deja de mirarla.
Esos ojos grises.
Maldita sea.
Nunca debí traerla aquí.
—¿Cuántos años tiene? —repite.
Su voz raspa profundo en mi mente y en mi pecho.
Como si llevara arena en la garganta.
Como si hubiera olvidado cómo hablar sin odio.
Trago saliva.
—Damián…
—Respóndeme.
Leonardo se mueve a mi lado.
—Ella no te debe ninguna explicación.
El error más grande que puede cometer un hombre es desafiar a Damián Cross cuando está furioso.
Lo sé incluso antes de ver la expresión de Damián endurecerse.
Ese pequeño movimiento en su mandíbula.
La forma en que sus hombros se tensan.
La mirada peligrosa que lentamente se desliza hacia Leonardo.
Dios.
No.
Por favor, no aquí.
—Te recomiendo que cierres la puta boca —ordena Damián con un tono de voz aterradora— antes de que olvide que alguna vez te llamé amigo.
El silencio cae sobre la iglesia.
Puedo escuchar mi propia respiración agitada.
Leonardo sostiene su mirada.
—Yo te recomiendo que entiendas algo —demanda—. Isabella siguió adelante porque tú estabas muerto.
Muerto.
La palabra atraviesa algo dentro de mí.
Porque yo también lo creí.
Lo lloré.
Lo enterré en cada rincón de mi cuerpo.
Damián da un paso lento hacia nosotros.
No aparto a Sofía de mi pecho.
Al contrario.
La abrazo más fuerte.
Sus ojos bajan hacia mis brazos rodeando a nuestra hija como si intentara protegerla de él.
Eso lo hiere.
Y por un segundo aparece algo detrás de toda esa furia.
Dolor puro.
Pero desaparece demasiado rápido.
—¿Tres años? —pregunta sin apartar la vista de Sofía.
No respondo.
No puedo.
Porque decirlo en voz alta hace todo más real.
Hace imposible seguir escondiéndolo.
Damián sonríe apenas.
Una sonrisa vacía.
—Interesante.
El sacerdote parece a punto de desmayarse. Algunas personas murmuran. Helena Cross sigue de pie con el rostro completamente pálido.
Nunca la había visto así.
Nunca.
La mujer que me llamó oportunista.
La mujer que me pidió abandonar el apellido Cross después de la supuesta muerte de su hijo.
La mujer que permitió que me dejaran sola cuando estaba embarazada.
Ahora me mira como si yo hubiera provocado el fin del mundo.
Quizá lo hice.
Porque Damián está vivo.
Y eso cambia todo.
—Mamá… —susurra Sofía, asustada.
Damián vuelve a mirarla.
Y esta vez su expresión cambia completamente.
No sé qué pasa por su cabeza.
No sé si está recordando.
Si está contando fechas.
Si está viendo su propio rostro en ella.
Pero algo dentro de él se rompe, lo veo claramente. Su respiración se vuelve más pesada. Sus dedos se cierran lentamente. Y entonces Sofía levanta la cabeza. Sus ojos grises se encuentran con los de él. Todo se detiene. Damián deja de parecer un monstruo durante un segundo.
Solo parece un hombre destruido.
—¿Quién eres? —pregunta Sofía bajito.