Isabella
Casi me río. Porque es increíble que me lo pregunte a mí. Como si yo hubiera resucitado a su hijo. Como si yo hubiera inventado toda esta locura. Damián ni siquiera la mira. Sigue observando a Sofía.
—Significa —murmura él lentamente— que tengo muchas preguntas.
Helena palidece todavía más. Y ahí lo entiendo. Ella sabe algo. Algo importante. Algo que yo no sé. Mi estómago se aprieta. Leonardo también lo nota porque inmediatamente toma mi mano.
—Nos vamos.
Damián levanta la mirada.
Fría.
Letal.
—Ella no va a ninguna parte contigo.
Mi respiración se corta. Leonardo aprieta mi mano más fuerte.
—No puedes aparecer después de tres años y creer que puedes dar órdenes.
Damián avanza otro paso. Ahora está tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo. El olor a lluvia, humo y cuero mojado me golpea de lleno.
Dios.
Es él.
Realmente él.
No un fantasma.
No un sueño.
Damián está aquí.
Y odio que una parte de mí siga reaccionando a su presencia. Odio que mi cuerpo lo recuerde incluso después de todo el dolor.
—¿Te acuestas con él? —pregunta de pronto.
El mundo se detiene. Abro los ojos, horrorizada.
—¿Qué?
Su mirada se clava en Leonardo.
Oscura.
Violenta.
—Quiero saber si llevas tres años calentándole la cama a mi esposa.
—¡Damián! —exploto.
Varias personas se sobresaltan. Nunca le había gritado así. Ni siquiera antes de la guerra. Pero él no parece arrepentido. Solo herido y furioso.
—No tienes derecho a hablarme de esa manera.
Él suelta una risa seca. Sin humor.
—¿No? Interesante. Porque el último recuerdo que tengo es casándome contigo antes de irme a morir por mi país.
La culpa me atraviesa.
Fuerte.
Cruel.
Porque parte de mí todavía se siente culpable aunque no hice nada malo. Porque yo sí intenté seguir adelante. Porque sí acepté casarme con Leonardo. Porque estaba cansada de sobrevivir sola.
—No hagas esto —susurro.
Damián me observa fijamente, noto las cicatrices. La pequeña marca en su ceja. Otra cerca de su garganta. La forma en que mantiene el brazo rígido, como si le doliera moverlo. La guerra se quedó pegada a su piel.
La guerra no lo soltó.
—¿Hacer qué? —pregunta—. ¿Volver con mi esposa y descubrir que intentaba casarse con otro hombre mientras escondía a mi hija?
Mi garganta arde.
—Tú estabas muerto. Y no es tu hija— grito desesperada.
—No.
Da otro paso.
Tan cerca que mi respiración choca con la suya.
—Yo estaba sobreviviendo. No puedes decir que no es mi hija.
El dolor en su voz me destruye un poco. Porque hay algo peor que perder a alguien. Y es descubrir que sufrió mientras tú llorabas frente a una tumba vacía. Sofía vuelve a esconderse en mi cuello. Damián la mira hacerlo y aprieta la mandíbula.
Eso también le duele, todo esto le duele. Pero su orgullo es demasiado grande para admitirlo.
—Capitán Cross.
La voz viene desde atrás. Un hombre vestido de traje militar entra a la iglesia apresuradamente. Alto.Serio. Con expresión tensa. Damián gira apenas la cabeza.
—¿Qué quieres, Ward?
Ward. Ese nombre me golpea la memoria. Ethan Ward. El compañero de misión de Damián. El único sobreviviente que regresó aquella noche. Mi sangre se enfría. Ethan me mira y parece incómodo. Muy incómodo. Luego observa a Sofía. Y palidece.
—Mierda…
Damián vuelve a mirarlo.
—Habla.
Ethan duda. Eso nunca es buena señal.
—No creo que debamos hacer esto aquí.
Damián sonríe peligrosamente.
—Ya es un poco tarde para eso.
Ethan traga saliva. Y entonces dice las palabras que destruyen el poco equilibrio que quedaba dentro de la iglesia.
—La niña no es suya, acabo de investigarlo.
El silencio cae como una bomba. Siento que mi corazón deja de latir. Damián no se mueve. No parpadea. Nada.
Solo lo mira fijamente.
—¿Qué dijiste?
Ethan parece arrepentirse inmediatamente. Pero ya es demasiado tarde.
—Fui al registro de personas y la niña solo tiene un apellido— suelta de nuevo y Damian respira pausado, sus fosas nasales se expanden y cierran al mismo tiempo.