Damián Cross
La niña tiene mis ojos.
Intento convencerme de que estoy equivocado mientras salgo de la iglesia, pero la imagen de esa pequeña aferrada al cuello de Isabella sigue persiguiéndome como un disparo atrapado dentro de mi cabeza.
Los mismos ojos grises. La misma forma de mirar. La misma manera de fruncir el ceño.
Mía.
Aprieto tanto la mandíbula que siento dolor.
Las puertas de la iglesia se cierran detrás de mí con fuerza mientras el aire frío golpea mi rostro. Necesito respirar. Necesito salir de ahí antes de perder completamente el control.
Porque ya no sé qué me está destruyendo más.
Si descubrir que tengo una hija…
O descubrir que Isabella estaba a punto de casarse con otro hombre.
Mi esposa.
Mi jodida esposa.
Todavía puedo verla vestida de blanco frente al altar. Hermosa. Intocable. Con ese vestido pegado a su cuerpo como si el universo disfrutara torturándome.
Y él tocándola. Leonardo. Mi mejor amigo. El hombre al que habría dejado morir por mí en cualquier campo de batalla. Suelto una risa amarga.
Qué idiota fui.
Subo las escaleras de la iglesia con pasos rápidos. Varias personas me observan desde lejos, murmurando, pero no me importa. Llevo años dejando de preocuparme por las opiniones ajenas.
La guerra te arranca muchas cosas.
El miedo.
La culpa.
La humanidad.
Pero también te deja otras.
Oscuridad.
Violencia.
Desconfianza.
Y yo estoy lleno de las tres.
—¡Damián!
La voz de mi madre me sigue afuera.
Cierro los ojos un segundo. No quiero verla. No quiero escucharla. No quiero escuchar a nadie. Pero ella insiste.
—¡Damián, espera!
Mi padre aparece detrás de ella. Sigue usando ese uniforme impecable que tanto odié desde niño. El gran General Alexander Cross. El héroe nacional. Si la gente supiera la clase de monstruo que realmente es…
Aprieto los puños. No ahora. No puedo pensar en eso ahora. Mi madre llega primero hasta mí. Está llorando. Nunca la había visto llorar así.
—Dios mío… estás vivo…
Intenta tocarme el rostro. Retrocedo inmediatamente. Su mano queda suspendida en el aire.
—No me toque.
Mi voz sale fría. Vacía. Ella se rompe un poco. Lo noto. Pero no me importa tanto como debería. Porque mientras yo me pudría en una celda creyendo que Isabella me esperaba… ellos siguieron viviendo.
Respirando.
Durmiendo tranquilos. Mi padre se acerca lentamente.
—¿Dónde estuviste?
Levanto la mirada hacia él. Y algo oscuro dentro de mí sonríe. Qué buena pregunta.
¿Dónde estuve?
Encadenado.
Golpeado.
Hambriento.
Sobreviviendo como un animal mientras me repetían todos los días que mi esposa había rehecho su vida. Que nadie estaba buscándome. Que fui abandonado. Que era un muerto olvidado. Y lo peor… es que quizá no estaban mintiendo. Mi cabeza vuelve a la iglesia. A Isabella vestida de novia. A Leonardo sosteniendo su mano. A esa niña escondida en sus brazos.
Mi hija. Es lo que quiero pensar.
Siento un golpe brutal dentro del pecho. Porque no estuve ahí. No vi su primer llanto. No escuché su primera palabra. No sostuve sus pequeñas manos. Otro hombre ocupó mi lugar. Otro hombre estuvo junto a Isabella mientras ella daba a luz a mi hija.
La rabia me atraviesa tan fuerte que tengo que respirar hondo demasiado hondo me estoy torturando por algo que solo pasa dentro de mi cabeza, esa niña en realidad no puede ser mi hija.
Mi padre me observa fijamente.
Analizándome.
Como si estuviera evaluando el daño.
—Tenemos muchas cosas que hablar —dice finalmente.
Lo miro y recuerdo algo. Una voz, una conversación, un nombre. Mi nombre. La noche antes de la emboscada. No logro atraparlo del todo. Está enterrado en mi memoria como un cadáver bajo tierra.
Pero está ahí.,Algo no encaja. Ethan tiene razón cuando dice que nos vendieron. Y mientras más miro a mi padre… más siento que la sangre empieza a hervirme.
—No quiero hablar con ustedes.
Mi madre vuelve a llorar.
—Damián, por favor…
—¿Dónde estaba usted cuando declararon mi muerte? —pregunto de repente.