Damian Cross
Ella parpadea confundida.
—¿Qué?
—¿Lloró mucho, madre?
El dolor cruza su rostro, bien. Quiero que duela. Porque yo también me morí. Todos los días. Durante tres años. Mi padre da un paso al frente.
—Basta.
La palabra sale como una orden militar automáticamente mi cuerpo se tensa.
Odio eso.
Odio que una parte de mí todavía reaccione a él como un soldado obediente, pero ya no soy su soldado. Ya no pertenezco a nadie.
—Necesitas descansar —propone él—. No estás bien.
Lo miro fijamente.
—Usted no tiene idea de lo que soy ahora.
Mi madre parece aterrada, mi padre apenas endurece la expresión, pero yo sí veo ese pequeño brillo en sus ojos. Desconfianza, porque él también lo siente ya no puede controlarme y eso lo incomoda. Una bocina suena detrás de nosotros y reconozco el vehículo inmediatamente.
Negro.
Discreto.
La puerta se abre y la doctora Camila Reed mi terapeuta. La única persona que sabe lo que realmente me hicieron allá, la única que me vio despertar gritando durante semanas, la única que conoce la oscuridad que cargo dentro.
Camila me observa con calma mientras se acerca. Lleva el cabello recogido y ese maldito semblante tranquilo que a veces me desespera.
—Te dije que no estabas listo para venir —menciona suavemente.
Mi madre la mira confundida.
—¿Quién es ella?
—La persona que ha evitado que su hijo mate a alguien en los últimos meses —respondo antes que Camila.
El rostro de mi madre pierde color. Perfecto. Camila me sostiene la mirada, no se asusta, nunca se asusta de mí.
—Vámonos, Damián.
Asiento, porque si me quedo un minuto más voy a regresar a esa iglesia y arrancar a Leonardo del altar con mis propias manos. Mi padre vuelve a hablar.
—No puedes desaparecer otra vez.
Me detengo. Lentamente giro la cabeza hacia él.
—Observe bien, General.
Mi voz sale baja. Peligrosa.
—Porque el hombre que desapareció hace tres años no es el mismo que acaba de regresar.
Y esta vez sí veo el miedo escondido detrás de sus ojos, no hacia el enemigo, no hacia la guerra hacia mí. Camila abre la puerta del auto, entro sin mirar atrás. Pero antes de que la puerta se cierre completamente, levanto la vista hacia la iglesia una última vez.
Y ahí está ella.
Isabella de pie en la entrada el viento mueve su velo blanco. Sostiene a su hija entre sus brazos mientras me observa como si no supiera si correr hacia mí… o huir. Dios todavía la amo.
Ese es el verdadero problema. Porque el amor que siento por esa mujer es exactamente lo que puede convertirme en un monstruo. Camila arranca el vehículo.
—¿Qué viste ahí dentro? —pregunta mientras avanzamos por la carretera.
Me quedo callado unos segundos. Luego apoyo la cabeza contra el asiento y cierro los ojos. Pero solo veo a la niña, sus ojos, mi sangre, mi hija, la hija de otro. Y la voz de Isabella diciendo que volví demasiado tarde suelto una risa vacía. Después murmuro algo que ni yo mismo sabía que llevaba años guardando dentro:
—Encontré algo peor que la guerra.
Camila me mira de reojo.
—¿Qué cosa?
Abro lentamente los ojos.
Y mientras la imagen de Isabella vestida de novia vuelve a destrozarme por dentro, finalmente entiendo qué es lo que más miedo me da.
No es la traición, no es descubrir quién me vendió, no es todo lo que me hicieron es ella. Porque si Isabella realmente dejó de amarme…
Entonces sobreviví al infierno para nada.