Isabella
Leonardo suelta una risa amarga y eso me rompe un poco más.
—Entiendo.
Se aleja antes de que pueda decir algo.
Lo veo marcharse entre los invitados que comienzan a abandonar la iglesia murmurando. Mañana todo el mundo hablará de esto.
La viuda Cross.
El soldado muerto que regresó.
La hija secreta.
El matrimonio arruinado.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
—Señorita Isabella.
Volteo.
Clara está detrás de mí. Mi niñera. La mujer que prácticamente ayudó a criar a Sofía desde que nació. Me mira con preocupación.
—Debemos irnos—. Asiento lentamente.
Bajo las escaleras sosteniendo a Sofía mientras el viento frío mueve mi vestido. Todo me pesa. La tela. El maquillaje. El jodido anillo que nunca dejé de usar escondido bajo la ropa.
Subimos al auto. Y apenas la puerta se cierra, me derrumbo, las lágrimas salen solas. Silenciosas, dolorosas. Clara me observa desde el asiento delantero, pero no dice nada.
Gracias a Dios. Porque si alguien intenta consolarme ahora mismo voy a romperme todavía más. Apoyo la cabeza contra la ventana y vuelvo a verlo. Damián entrando a la iglesia. Caminando hacia mí como si hubiera salido directamente del infierno. Pero no es eso lo que más me duele.
Lo que más me duele es recordar su mirada cuando creyó que Sofía era hija de otro hombre.
Dios.
Eso lo destruyó y yo lo vi. Cierro los ojos recuerdo la última noche antes de que partiera a la guerra, sus manos temblando mientras me colocaba el anillo, la forma en que me besó como si supiera que algo malo iba a pasar.
—Si no vuelvo… —me dijo aquella noche.
—No digas eso.
—Escúchame, Isabella.
Sus ojos grises brillaban bajo la lluvia.
—Si algo me pasa, quiero que vivas.
Empiezo a llorar más fuerte, porque eso fue exactamente lo que intenté hacer.
Vivir.
Sobrevivir.
Pero ahora él volvió y me mira como si sobrevivir hubiera sido una traición.
—Mamá…
La vocecita adormilada de Sofía me hace abrir los ojos, la miro inmediatamente está despierta, sus pequeños ojos me observan confundidos.
—¿Por qué lloras?
Me limpio las lágrimas rápido, sonrío como puedo.
—No pasa nada, amor.
Ella se acerca más a mí.
—El señor de la iglesia te hizo llorar.
Mi corazón se rompe. Porque para ella Damián es solo eso. Un desconocido. Un hombre extraño con ojos iguales a los suyos.
Dios mío.
¿Qué voy a hacer ahora?
Sofía juega con un mechón de mi cabello.
—¿Quién era él?
No sé qué responder. ¿Cómo le explico a una niña de tres años que el hombre que acaba de aparecer es el padre que creyó muerto?
¿Cómo le explico que yo misma todavía no entiendo qué está pasando?
Clara baja un poco el espejo retrovisor y me mira.
Sabe que estoy aterrada y tiene razón porque si Damián decide pelear por Sofía… No sé hasta dónde puede llegar. Él siempre fue intenso, protector, obsesivo con lo que amaba.
Y ahora volvió roto, más oscuro, más peligroso.
—Mamá…
Sofía vuelve a tocar mi rostro. Juro con el alma que deseo que Valeria mi hermana esté cerca, pero solo puedo hablarle a través de una pantalla y ahora mismo espera a que le envíe fotografías de mi gran boda, cuando lo único que le enviaré son fotografías de mi rostro hecho un desastre y mis ojos hinchados.
—¿Ese señor es malo?
La pregunta me deja sin aire, porque debería responder que sí, debería protegerla, debería recordar la manera brutal en que Damián habló dentro de la iglesia. Pero entonces recuerdo otra cosa.
La forma en que me abrazaba cuando tenía pesadillas, la manera en que besaba mi frente y el dolor me atraviesa. Porque debajo de toda esa oscuridad… sigue siendo él.
—No —susurro finalmente—. No es malo.
Sofía bosteza.
—Entonces, ¿por qué te miraba tan feo?
Una lágrima resbala por mi mejilla antes de que pueda detenerla. Porque él cree que lo abandoné. Porque piensa que dejé de amarlo. Porque no sabe cuántas veces me rompí llorándolo. Acaricio el cabello de mi hija. Y entonces mi teléfono vibra dentro del bolso.
El corazón se me acelera inmediatamente.
No sé por qué, tiemblo cuando saco el teléfono, número desconocido, mis dedos dudan antes de abrir el mensaje.