Damián
No debería estar aquí. Pero aun así estoy estacionado frente a la casa de Isabella como un maldito obsesionado, las luces del segundo piso permanecen encendidas mientras la lluvia golpea el parabrisas del auto. Llevo más de cuarenta minutos mirando esa ventana, imaginando cosas que me están destruyendo lentamente por dentro.
Ella quitándose el vestido blanco, ella llorando, ella dejando que Leonardo la toque. Aprieto la mandíbula no, no quiero pensar en eso, pero mi cabeza no deja de hacerlo.
Tres años.
Tres malditos años sobreviviendo con la idea de volver junto a mi esposa… para encontrarla a punto de casarse con mi mejor amigo, suelto una risa amarga, el universo tiene un sentido del humor bastante cruel.
El teléfono vibra en el asiento del copiloto Camila, no respondo.
Si contesto, intentará convencerme de regresar al hotel, dormir, respirar, “procesar mis emociones”.
Procesar mis emociones.
Qué gracioso suena eso después de pasar años viendo hombres morir encadenados frente a mí.
Vuelvo la mirada hacia la casa y la veo, una pequeña silueta aparece detrás de la ventana.
Sofía.
Mi pecho se aprieta tan fuerte que tengo que inclinar la cabeza hacia atrás por un segundo. Tengo una hija.
Una hija que no sabía que existía, la veo mover algo entre sus manos. Un oso de peluche. Luego desaparece corriendo y siento algo extraño atravesarme.
Algo cálido, algo peligroso, porque mientras más pienso en ella… más difícil se vuelve controlar la rabia. Me perdí toda su vida, sus primeras palabras, sus primeros pasos. Las veces que se enfermó, las noches en que lloró buscando a su padre.
Y mientras yo me pudría en una celda creyendo que Isabella me esperaba… otro hombre estuvo ahí.
Soy un pobre idiota iluso, ese niña no es mia, no pueden ser mia, no veo un rasgo de familliaridad en ella, debo estar segandome al imiganr tantas cosas, es mejor que me convezsa que Isabella me traicionó desde antes con el imebcil que se hacia llamar mi mejor amigo.
El golpe de los nudillos contra la ventana del auto me saca de mis pensamientos, levanto la vista inmediatamente.
Bruno.
Mi hombre de confianza, abro la puerta.
—¿Qué haces aquí? —gruño.
Él mira la casa, luego me mira a mí.
—Camila me llamó.
Perfecto.
—No necesito vigilancia.
—No vine a vigilarte, capitán. Vine a asegurarme de que no hagas una estupidez.
Suelto una risa seca,, demasiado tarde para eso. Bruno se apoya contra el auto.
—¿Es ella?
No necesito preguntar a quién se refiere, asiento lentamente.
—Y la niña.
Bruno guarda silencio unos segundos, luego pregunta lo inevitable.
—¿Es tuya?
Mi mirada vuelve automáticamente hacia la ventana, la respuesta me golpea otra vez. Quisiera decir que sí, pero no estoy seguro ni de lo que desayune esta mañana si es que lo hice, llevo tiempo sin probar un bocado.
No entiendo por que esta sensacion que me quema el pecho, mi cerebro grita que la niña no es mia, pero dentro de mi corazón lo poco que me queda hay una palpitación que me hace creer que sí lo es. Lo siento hasta en los huesos.
—No lo sé, quisiera decirte que sí, pero todo indica que no.
Las palabras salen más abajo de lo que esperaba.
Bruno suspira.
—Entonces deberías hacer esto bien. habla con ella y pide una prueba de paternidad.
Lo miro.
—¿Y cómo se supone que haga eso?
No responde inmediatamente, porque ambos sabemos la verdad, yo no sé cómo hacer nada bien desde que regresé, no sé dormir, no sé confiar, no sé tocar a alguien sin recordar sangre, no sé amar sin destruir. Bruno abre la boca para decir algo más, pero se detiene.
Porque la puerta principal de la casa acaba de abrirse. Y ella aparece, mi respiración se corta instantáneamente. Isabella. Ya no lleva el vestido de novia, ahora viste ropa sencilla, el cabello recogido de cualquier manera y el rostro completamente agotado.
Aun así… Maldita sea. Sigue siendo la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
La lluvia cae suavemente sobre ella mientras baja las escaleras delanteras abrazándose a sí misma. Parece temblar.
¿Frío?
¿Miedo?
¿Las dos cosas?
Mi cuerpo se mueve antes de que pueda pensarlo, salgo del auto. Bruno murmura algo detrás de mí, pero no escucho, porque Isabella acaba de verme. Y se queda completamente inmóvil.
La lluvia cae entre los dos mientras nos observamos en silencio, como si todo el mundo hubiera desaparecido, como si todavía estuviéramos atrapados en aquella última noche antes de la guerra.