Volviste Demasiado Tarde

Capítulo 8

Damián

Tres años. Tres años sin tocarla.

Y aun así sigo reaccionando como un idiota.

Ella levanta la vista hacia mí.

—No es tuya y no voy a permitir que los Cross se acerquen a ella.

Mi mandíbula se endurece.

—No metas a mi familia en esto.

Ella suelta una risa amarga.

—¿En serio?

Sus ojos brillan llenos de dolor.

—Tu madre me quitó todo cuando dijeron que habías muerto.

Eso me golpea, porque puedo imaginarlo perfectamente, mi madre siempre creyó que Isabella no era suficiente para mí. Pero aun así…

—Debiste decirme la verdad.

Ella me mira como si quisiera gritarme.

—¡Tú estabas muerto, Damián!

La lluvia cae más fuerte, sus palabras quedan suspendidas entre nosotros. Ella también está rota, no solo cansada. Rota. Como si estos años también hubieran sido una guerra para ella. Mi respiración se vuelve pesada, porque quiero odiarla Dios sabe que quiero hacerlo. Pero entonces recuerdo cómo tembló dentro de la iglesia.

Cómo protegió a su hija detrás de su cuerpo, cómo sus ojos se llenaron de lágrimas cuando me vio, no parecía una mujer indiferente. Parecía una mujer aterrada.

—¿Lo amas? —pregunto de pronto.

Ella parpadea confundida.

—¿Qué?

Aprieto los puños.

—A Leonardo.

La sola idea me enferma Isabella me observa unos segundos. Y luego responde algo que no esperaba.

—No como te amé a ti Damian.

El golpe atraviesa directo mi pecho, fuerte, brutal. Mi respiración falla. Y odio que todavía tenga ese poder sobre mí, doy un paso más hacia ella, ahora estamos demasiado cerca. Peligrosamente cerca.

—Entonces explícame algo, Isabella.

Mi voz sale ronca.

Oscura.

—¿Por qué demonios estabas vestida de novia para él?

Ella traga saliva. Sus ojos bajan apenas hacia mi boca antes de volver a subir. Y ese pequeño movimiento casi acaba conmigo.

Porque todavía me desea, lo veo, lo siento. Y eso despierta algo violento dentro de mí, algo posesivo. algo enfermo.

—Porque estaba cansada de esperar a un muerto, Leonardo ha sido un buen hombre, ha cuidado de nosotras todo este tiempo, jamás me ha dejado sola y ha sido un buen padre. —susurra.

La frase me golpea peor que cualquier tortura. retrocedo como si me hubiera disparado. Ella inmediatamente parece arrepentirse.

—Damián…

Pero ya es tarde. Porque algo dentro de mí acaba de romperse otra vez. Asiento lentamente.

—Entiendo.

Me doy vuelta dispuesto a irme antes de hacer algo de lo que no pueda volver. Pero entonces escucho una vocecita detrás de la puerta abierta de la casa.

—Mamá…

Me congelo su hija aparece descalza en la entrada abrazando su oso de peluche. Y cuando sus ojos grises se encuentran con los míos… El mundo se detiene. Dios. Es exactamente igual a mí cuando era niño.

La pequeña me observa con curiosidad, sin miedo, sin odio, sin saber que me está destruyendo por dentro.

—¿Por qué estás bajo la lluvia? —me pregunta.

Mi garganta se cierra, no sé qué responder. Nunca pensé que algo tan pequeño pudiera dejarme sin aire. Isabella corre inmediatamente hacia ella.

—Sofía, entra a la casa.

Pero la niña sigue mirándome. Luego baja lentamente las escaleras. Directo hacia mí. Mi cuerpo entero se tensa.

Porque no sé hacer esto, no sé cómo acercarme a una niña sin sentir que voy a romperla Sofía se detiene frente a mí. levanta la cabeza y sonríe apenas.

—Tus ojos son iguales a los míos.

El golpe emocional es tan fuerte que siento un dolor real en el pecho. Isabella contiene la respiración.

Y yo… Dios. No puedo dejar de mirarla. mi hija, mi pequeña hija.

La lluvia sigue cayendo mientras ella me observa como si ya me conociera de alguna manera. Como si una parte de ella me hubiera estado esperando también.

Levanto la mano lentamente.

Dudo. Pero Sofía da un pequeño paso hacia mí. Y entonces sus diminutos dedos toman los míos. Se acabó, estoy perdido. Porque en el instante en que esa niña me toca, entiendo algo aterrador.

Ya no pienso irme otra vez. Nunca. Isabella parece notarlo también. porque su rostro pierde color cuando me escucha hablar. Y mi voz, cuando sale, ya no suena como la de un hombre pidiendo permiso. Suena como la de un padre reclamando lo que le pertenece.

—Voy a recuperar el tiempo que me robaron.

El miedo cruza sus ojos, pero eso no es lo que destruye el momento, lo que realmente lo destruye… es cuando Sofía me mira y hace la pregunta que termina de romperme por dentro.




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