Isabella
Ese hombre no volvió sano de la guerra.
Lo veo en sus ojos.
En la manera en que respira.
En la oscuridad que parece tragárselo vivo cuando alguien toca lo que considera suyo.
Y Leonardo acaba de tocar exactamente eso.
Sofía nota la tensión.
—Leo… —susurra asustada.
Eso empeora todo.
Porque Damián escucha miedo en la voz de nuestra hija.
Nuestra hija.
Y entonces ocurre.
Damián avanza.
Rápido.
Demasiado rápido.
En un segundo está frente a Leonardo.
El golpe de su mano apartándolo del pecho es tan fuerte que Leonardo retrocede varios pasos mientras Sofía grita asustada.
—¡BASTA! —grito corriendo hacia ellos.
Pero ninguno me escucha.
Los ojos de Damián siguen clavados en Leonardo.
Llenos de odio.
De celos.
De algo mucho más oscuro.
—No vuelvas a decirle que eres su padre —gruñe.
Leonardo recupera el equilibrio y vuelve a abrazar a Sofía contra él.
—Lo soy más que tú.
La frase destruye algo dentro de Damián.
Literalmente lo veo.
Porque el dolor aparece antes que la rabia.
Un segundo apenas.
Pero lo veo.
Y luego desaparece.
Sustituido por furia pura.
—Tú no estabas ahí cuando fue concebida —dice Damián con voz mortal—. No llevas mi sangre. No lleva tus ojos. No lleva tu apellido.
Leonardo se ríe con desprecio.
—Pero sí llevó mis brazos cuando lloraba por las noches.
El golpe emocional atraviesa a Damián de lleno.
Y esta vez sí pierde completamente el control.
Se lanza sobre Leonardo.
Todo ocurre demasiado rápido.
Sofía empieza a llorar.
Leonardo apenas logra apartarla antes de que Damián lo golpee brutalmente en el rostro.
—¡DAMIÁN!
Corro hacia ellos desesperada.
La lluvia cae más fuerte mientras ambos hombres se golpean con una violencia aterradora.
Pero Damián…
Dios mío.
Damián pelea como un hombre que sobrevivió matando.
No hay reglas.
No hay límites.
Solo rabia.
Leonardo logra devolverle un golpe, pero Damián ni siquiera parece sentirlo.
Lo estrella contra el auto.
Sofía sigue llorando detrás de mí.
—¡MAMÁ!
Eso me rompe.
Corro inmediatamente hacia ella y la abrazo fuerte mientras tiembla.
—No mires, amor. No mires.
Pero ya es tarde.
Ella ya vio demasiado.
Levanto la cabeza desesperada justo cuando Damián toma a Leonardo del cuello contra el vehículo.
La expresión de Damián me llena de terror.
Porque no parece él.
Parece alguien completamente destruido por dentro.
—¡Ella es mi hija! —ruge—. ¡MÍA!
Leonardo respira con dificultad.
—Llegaste demasiado tarde para reclamar algo.
Error.
Porque Damián literalmente enloquece al escuchar esas palabras.
Su puño vuelve a impactar el rostro de Leonardo.
Sangre.
Veo sangre.
—¡DAMIÁN, DETENTE!
Corro hacia él todavía abrazando a Sofía con un brazo.
Y entonces hago lo único que puede detenerlo.
Lo nombro como antes.
Como cuando todavía era mi esposo.
—¡Damián, mírame!
Él se congela.
Su respiración es brutal.
Agitada.
Violenta.
Levanta lentamente la cabeza hacia mí.
Y por un instante vuelvo a ver al hombre que amé escondido detrás de todo ese monstruo.
Sofía solloza contra mi pecho.
Eso lo destruye.
Literalmente veo cómo algo dentro de él se derrumba al escuchar llorar a su hija.