Damián
—¿Qué sentiste cuando ella lo llamó papá?
No respondo, la oficina de Camila está demasiado silenciosa para mi gusto. Paredes blancas, luz tenue. Una jodida fuente decorativa que hace ruido todo el tiempo, odio este lugar, odio venir aquí. Pero odio más las noches en las que no vengo. Porque las noches siguen siendo peores.
Siempre son peores. Estoy sentado frente a ella con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas mientras mi cabeza repite una y otra vez la misma imagen.
Sofía en brazos de Leonardo. “Tu padre soy yo”. Aprieto la mandíbula. Camila lo nota. Ella siempre está atenta a todo lo que me pasa.
—Damián.
Levanto la mirada. Ella está sentada frente a mí con su libreta sobre las piernas. No escribe. Hace meses dejó de hacerlo cuando entendió que me irritaba.
—No me respondiste.
Suelto una risa seca.
—¿Quieres la versión educada o la real?
—La real.
Apoyo la espalda en el sofá. Miro el techo, dejo salir un suspiro pesado y decido hablar, por que me estoy ahogando.
—Quise matarlo.
El silencio se instala, no hay sorpresa en el rostro de Camila. Eso me molesta. Ya sabe demasiado de mí.
—¿Por qué la llamó hija? ¿Porque ocupó mi lugar?
La frase sale antes de que pueda detenerla, mi garganta arde inmediatamente, Camila no habla siempre deja que el silencio haga el trabajo.
—La vio crecer —digo después de unos segundos—. Estuvo ahí.
Mi voz empieza a sonar extraña, más baja, más rota.
—Y yo no.
La imagen de Sofía vuelve, sus ojos, su pequeña mano tocando la mía. “¿Tú eres mi papá?” Cierro los ojos. Dios, todavía siento ese momento, todavía siento cómo me destruyó.
—No sabes qué hacer con ella —menciona Camila suavemente.
Abro los ojos.
—Sé exactamente qué hacer.
Ella levanta una ceja.
—¿Sí?
Asiento.
—Protegerla.
—Eso no fue lo que hiciste ayer.
El golpe es directo, mis hombros se tensan, porque tiene razón. Sofía lloró, mi hija lloró por mi culpa. Y no importa cuántas veces intente justificarlo… eso no deja de destruirme. Camila deja la libreta a un lado.
—¿Qué viste cuando la niña lloró?
Mi respiración se vuelve pesada, no quiero responder esto. Pero la imagen aparece igual, Sofía temblando en brazos de Isabella, asustada, mirándome como si fuera un extraño peligroso, bajo la mirada.
—Me vi a mí.
Camila guarda silencio.
—Cuando era niño.
Mi padre gritando, la casa enorme. las órdenes, el miedo, la sensación constante de no ser suficiente. Trago saliva, maldición. Odio hablar de esto.
—No quiero que me tenga miedo.
Mi voz apenas sale. Camila se inclina un poco hacia adelante.
—Entonces deja de actuar como el hombre que te hicieron ser.
La miro y algo dentro de mí se rompe. porque no sé cómo hacerlo. No sé quién soy fuera de la guerra, fuera del dolor, fuera de Isabella. Dios. Isabella, su vestido blanco vuelve a mi cabeza, ella frente al altar, ella diciéndome que volví demasiado tarde. Aprieto los puños.
—Todavía la amo.
Las palabras salen tan bajo que ni siquiera estoy seguro de haberlas dicho, pero Camila las escucha, claro que las escucha.