Damián
—Lo sé.
Eso me enfurece.
—No deberías.
Ella ni siquiera se inmuta.
—El amor no desaparece porque alguien desaparezca.
Suelto una risa amarga.
—Ella siguió adelante.
—¿Y tú?
No respondo, porque yo nunca lo hice, porque incluso prisionero seguía hablando con ella en mi cabeza, porque todavía recuerdo el olor de su cabello, porque soñé con volver miles de veces y ninguna de esas veces terminaba con ella vestida de novia para otro hombre. La sesión termina una hora después. Salgo agotado, vacío. Bruno me espera afuera.
—¿Mejor?
Lo miro.
—¿Tú qué crees?
Él sonríe apenas, subimos al auto, pero a mitad del camino le pido que se detenga. Necesito caminar, pensar, respirar. La ciudad está húmeda por la lluvia de la noche anterior. Camino sin rumbo varios minutos hasta que entro a una pequeña farmacia de veinticuatro horas.
Mi mundo literalmente se detiene, Isabella, está de pie frente al mostrador. Lleva una sudadera grande y el cabello recogido. No tiene maquillaje. Se ve cansada, hermosa. Dolorosamente hermosa, mi pecho se aprieta, ella no me ha visto, el farmacéutico le entrega una caja, la madre de mi hija sonríe agradecida. Y entonces veo lo que sostiene en la otra mano, un termómetro infantil, mi sangre se enfría, Sofía, doy un paso sin pensarlo.
—¿Qué pasó?
Ella se sobresalta tanto que casi deja caer las cosas, sus ojos suben hasta mí, el miedo aparece primero, luego cansancio.
—Damián…
Me acerco.
—¿Qué pasó con Sofía?
Su expresión cambia.
—Tiene fiebre.
Todo el aire abandona mis pulmones, fiebre, mi hija está enferma.
—¿Desde cuándo?
—Hace unas horas.
Aprieto la mandíbula.
—¿La vio un médico?
Ella me observa en silencio, como si intentara entender algo, quizá porque esta es la primera vez desde que volví que no le estoy reclamando nada, solo estoy preocupado, solo soy un padre.
—Todavía no —susurra.
La rabia aparece instantáneamente.
—¿Cómo que todavía no?
Ella da un paso atrás.
—No empieces.
Me doy cuenta demasiado tarde de que levanté la voz, cierro los ojos carajo, otra vez. Siempre arruino todo, bajo el tono.
—Quiero verla.
Silencio, Isabella aprieta más fuerte la bolsa entre sus manos.
—Está dormida.
—No me importa.
Sus ojos brillan.
—A mí sí.
El golpe me deja quieto, porque tiene razón, yo aparecí hace dos días, no tengo derecho, no todavía, pero entonces ella hace algo inesperado. Baja la mirada y cuando vuelve a hablar… su voz tiembla.
—Tiene pesadillas.
Mi corazón se detiene.
—¿Qué?
Las lágrimas llenan sus ojos.
—Desde la iglesia no duerme bien.
El dolor me atraviesa, fuerte, brutal, mi hija tiene miedo por mí. Isabella se limpia rápido una lágrima.
—Yo también estoy cansada, Damián.
La miro, dejo de ver a la mujer que me traicionó, solo veo a una madre agotada, sola, rota, igual que yo, el silencio entre nosotros cambia, se vuelve más suave, más peligroso. Ella tiembla un poco, sin pensar, me quito la chaqueta, la coloco sobre sus hombros. Isabella levanta la mirada, demasiado cerca, demasiado hermosa. Mi mano todavía roza su brazo, su respiración tropieza, la mía también. Dios, tres años, tres jodidos años y todavía siento esto.
—No deberías hacer eso —susurra.
No aparto la mano.
—¿Qué cosa?
Sus ojos bajan hacia mi boca, demonios ella también lo siente.
—Mirarme así.
Mi pulso se dispara, porque la forma en que lo dice no suena a rechazo, suena a advertencia, me inclino apenas, muy poco, lo suficiente para que solo ella escuche.
—Entonces deja de mirarme como si todavía fueras mi esposa.
El aire entre nosotros explota y justo cuando creo que voy a besarla… su teléfono suena Isabella baja la mirada, yo también, la pantalla se ilumina. Leonardo Hayes. Toda la calma desaparece, mis ojos vuelven a oscurecerse. Porque la furia que sentí terminar hace unos segundos… Acaba de regresar.