Isabella
Salgo de la farmacia con el corazón completamente desordenado. Todavía siento el calor de la chaqueta de Damián sobre mis hombros. Todavía siento su voz.
Entonces deja de mirarme como si todavía fueras mi esposa.
Dios. Aprieto más fuerte la bolsa de medicamentos mientras camino hacia el auto. No debió decir eso. No debió acercarse. No debió mirarme así. Y yo no debí quedarme. Porque por un segundo… Solo uno… Olvidé todo. La guerra. El odio. Leonardo. Incluso el dolor. Solo existíamos él y yo. Como antes. Como aquella noche en la que me prometió volver. Abro la puerta del auto rápidamente.
Necesito irme. Necesito respirar. Pero antes de subir, una bocina suena detrás de mí. Volteo. El corazón se me cae al suelo. Leonardo. Está estacionado al otro lado de la calle. Sus ojos pasan de mí… a Damián. Y luego bajan. Hasta la chaqueta sobre mis hombros.
No. Por favor. Damián sigue parado frente a la farmacia. No se mueve. No explica nada. No aparta la mirada. Al contrario. La sostiene. Directamente. Como si quisiera que Leonardo entendiera exactamente lo que acaba de ver.
Mi respiración se corta. Porque él lo hizo a propósito. Dios mío. Lo hizo a propósito. Subo al auto temblando. No miro atrás. Pero siento la mirada de ambos hombres quemándome la espalda.
Cuando llego a casa, Leonardo ya está ahí. La puerta principal está abierta. Y él espera en la sala. De pie. Con la mandíbula tensa. La chaqueta de Damián todavía está sobre mis hombros. Mierda. Me la quito inmediatamente. Demasiado tarde. Sus ojos ya la vieron. Clara aparece bajando las escaleras.
—La fiebre bajó un poco. Está despierta.
Asiento agradecida. Necesito ver a Sofía. Necesito escapar. Pero la voz de Leonardo me detiene.
—¿Cómo estaba?
Cierro los ojos. Ya empezó. Volteo lentamente.
—¿Quién?
Su risa amarga me golpea.
—No hagas eso, Isabella.
El cansancio me aplasta.
—Leonardo…
—Mientras nuestra hija está enferma tú estás viéndote con él.
La acusación me deja helada.
—¡No!
Mi voz sale más fuerte de lo que esperaba. Clara desaparece discretamente escaleras arriba. Bien. Porque esto se va a poner horrible.
—Lo encontré por casualidad.
Leonardo me mira. No me cree lo noto en su mirada, élmesta convencido que yo hice algo para que Damian apareciera y es que si tan solo se pusiera en mis zapatos un segundo. Creí a mi esposo muerto, aparece el día que me iba a casar con su mejor amigo, mi mundo se derrumbó por completo.
—¿Casualidad? —ríe sin humor—. ¿También fue casualidad que llevarás su chaqueta?
Aprieto los puños.
—Sofía tenía fiebre. Fui por medicamentos.
—Y terminaste con tu esposo.
La palabra suena demasiado fuerte. Mi esposo. Dios. No sé ni qué hacer con esa verdad. Porque Damián está vivo. Y eso significa que todavía lo es. Mi silencio empeora todo. Leonardo pasa una mano por su rostro. Se ve cansado. Herido. Y de pronto me siento injusta. Porque él sí estuvo. Cuando nadie más lo hizo.
—Leo…
Me acerco.
—No pasó nada.
Su mirada sube hasta mí.
—¿Lo amas todavía?
Otra vez esa pregunta. Otra vez el infierno. Bajo la mirada.
—No lo sé.
La verdad nos destruye a los dos. Pero antes de que pueda decir algo más… Una pequeña vocecita aparece desde las escaleras.
—Mami…
Volteo inmediatamente. Sofía está ahí. Con el cabello despeinado. El osito contra el pecho. Mi corazón se rompe. Corro hacia ella.
—Mi amor, ¿qué haces despierta?
La cargo. Su frente está menos caliente. Gracias a Dios. Ella apoya la cabeza en mi hombro.
—Quiero a Leo.
El silencio cae. Miro a Leonardo. Él ya está sonriendo. Y algo dentro de mí se suaviza. Porque sí. Él la ama. Siempre la amó. Sofía estira los brazos. Leonardo la toma. Ella inmediatamente rodea su cuello.
—¿Me cuentas el cuento del conejito valiente?
La expresión de Leonardo cambia. Toda la rabia desaparece. Solo queda ternura.
—Claro, princesa.
Mi pecho duele. Porque por un instante parecen una familia. La familia que estuvimos tan cerca de construir. Nos sentamos los tres en el sofá. Sofía está entre nosotros. Leonardo empieza a contar la historia mientras ella bosteza. Desde que Damián volvió…
Hay paz. Una paz pequeña. Frágil. Pero real. Hasta que el timbre suena. Frunzo el ceño. ¿A esta hora? Clara baja y abre la puerta. Un repartidor entra con una enorme caja envuelta. Todos nos quedamos quietos.
—Entrega para la señorita Sofía Valenti.
Mi corazón se acelera. Leonardo también se tensa.