Damián
A mi familia. Las palabras siguen suspendidas en el aire. La lluvia cae detrás de mí. La casa permanece en silencio. Y por un segundo nadie se mueve. Nadie respira. Hasta que Leonardo se pone de pie. Lo veo desde la entrada. Junto a mi hija. Demasiado cerca de ella. Demasiado cómodo. Demasiado instalado en la vida que me robaron.
Mi mirada baja. Sofía sostiene el oso que le envié. Mi pecho se aprieta. Dios. Está abrazándolo. Algo cálido atraviesa toda la oscuridad que llevo dentro. Pero dura poco. Porque Leonardo vuelve a hablar.
—Tu familia terminó el día que te declararon muerto.
La calidez desaparece. Mi mandíbula se endurece. Isabella gira hacia él.
—Leo…
—No —la corta sin apartar la mirada de mí—. Ya basta.
Da un paso hacia la entrada.
—Apareces cuando quieres. Mandas regalos. Asustas a la niña. Llegas aquí reclamando cosas como si estos años no hubieran existido.
Aprieto los puños. Porque cada palabra duele. Porque una parte de mí sabe que tiene razón. Y odio que la tenga.
—¿Terminaste? —pregunto.
Él sonríe sin humor.
—Ni he empezado.
Mierda. Lo veo venir. Ese momento exacto en el que el orgullo se vuelve más fuerte que la razón. Isabella también lo ve. Porque inmediatamente se coloca entre nosotros.
—Los dos se calman.
No la escucho. Porque Leonardo acaba de poner una mano sobre el hombro de Sofía. Territorial.Protector. Como un padre.
Mi respiración cambia. Oscura. Pesada. Peligrosa.
—Quita la mano.
El silencio cae. Leonardo me sostiene la mirada. No la aparta. No retrocede.
—No.
Todo explota. Cruzo la entrada. Rápido. Demasiado rápido. Isabella intenta detenerme.
—¡Damián!
Pero ya es tarde. Mi puño impacta el rostro de Leonardo. El golpe resuena en toda la sala. Sofía grita. El oso cae al suelo. Leonardo responde inmediatamente. Su puño golpea mi mandíbula. Retrocedo. La sangre llena mi boca. Bien. Necesitaba sentir algo. Nos lanzamos otra vez. Muebles. Cristales. El maldito sofá se mueve cuando lo estrello contra él.
Escucho a Isabella gritando nuestros nombres. No me importa. Solo veo a Leonardo. Solo veo al hombre que tomó mi lugar.
—¡Ella es mía! —gruño golpeándolo otra vez.
—¡No estuviste ahí!
El golpe me atraviesa peor que cualquier puño. Porque tiene razón. No estuve. No vi nada. No hice nada. No fui padre. No fui esposo. Fui un cadáver. Y mientras yo moría… él vivía mi vida. La rabia me consume. Lo tomo del cuello. Lo estrello contra la pared.Isabella corre hacia nosotros.
—¡BASTA!
Entonces escucho algo. Un golpe, pequeño, suave, silencio, todo se detiene. Volteo. El mundo desaparece, Sofía está en el suelo, mi hija está tirada en el suelo, el oso blanco a un lado inmovil. El aire abandona mis pulmones. Isabella corre primero.
—¡SOFÍA!
Caigo de rodillas junto a ellas. La niña no responde. Está demasiado pálida. Demasiado quieta. Mi corazón deja de latir.
—Sofía…
Mi voz sale rota. La tomo. Sus pequeñas manos están frías. Dios. No. Por favor. No otra vez. No me quiten algo más.
—¡Llama a una ambulancia! —grita Isabella llorando.
Pero ya me estoy moviendo. La levanto entre mis brazos. Mi hija pesa tan poco que me destruye. Tan pequeña. Tan frágil. Y yo traje la guerra hasta su casa.
—Abre el auto —ordeno.
Nadie se mueve. Rugido.
—¡AHORA!
Leonardo corre. Las puertas se abren. Isabella sube conmigo atrás. Sofía sigue sin despertar. La sostengo. Temblando, tengo miedo. Miedo real, más que en la guerra, más que en la prisión. Porque esta vez no soy yo quien está muriendo.
Es ella.
—Háblame, princesa —susurro.
Mi voz se rompe. Dios. Ni siquiera sé desde cuándo empecé a llamarla así.
—Vamos… abre los ojos.
Nada. La carretera pasa borrosa. Isabella llora a mi lado. Tiene una mano sobre la frente de Sofía. La otra tiembla tanto que termino tomándola. No pienso. Solo lo hago. Ella levanta la mirada. Sus ojos están llenos de terror ahora no somos enemigos.
Solo somos dos personas aterradas por perder a nuestra hija. El hospital aparece. Todo se vuelve caos, luces. enfermeras, gritos.
La arrancan de mis brazos, no quiero soltarla, maldita sea, no quiero. Pero desaparece detrás de las puertas. Y me quedo ahí. Cubierto de sangre, sin saber si es mía o de Leonardo, sin poder respirar. Isabella se derrumba. La atrapo antes de que caiga. Ella ni siquiera se aparta. Solo llora. Y entonces susurra algo que me rompe por dentro.
—Que no le pase nada… por favor que no le pase nada…
Aprieto los ojos. Porque esa súplica también es mía. Las puertas de urgencias siguen cerradas. El tiempo deja de existir. Y justo cuando creo que nada puede empeorar… Una voz conocida resuena detrás de nosotros.