Damián
Tengo un hermano.La frase sigue rebotando dentro de mi cabeza como una bala. Tu hermano. Mi padre lo dijo. Lo vi en sus ojos. No estaba mintiendo. Y eso debería importarme. Debería estar exigiendo respuestas. Debería estar arrancándole la verdad pieza por pieza.
Pero no puedo. Porque detrás del cristal está mi hija. Mi hija. Pequeña. Pálida. Con una vía conectada a su brazo. Desde que regresé de la guerra… no me importa nada más. Ni mi padre, ni los secretos, ni la prisión, ni Leonardo, nada. Solo Sofía.
El médico vuelve a aparecer con una carpeta entre las manos. Algo en su expresión hace que mi cuerpo entero se tense. Isabella sigue apoyada contra mí. Ni siquiera se ha dado cuenta. Desde que escuchó que la niña despertó parece sostenerse apenas por un hilo. El médico suspira.
—Necesito hablar con la familia.
La palabra me golpea. Familia. Miro a Isabella, ella también lo nota, ninguno corrige nada. Entramos a una pequeña sala, Helena llora en silencio, mi padre parece una estatua, Leonardo permanece junto a Isabella. Lo odio por eso, lo odio porque debería ser yo. El médico deja el expediente sobre la mesa.
—La niña presenta alteraciones hepáticas.
El aire cambia. Isabella se endereza inmediatamente.
—¿Qué significa eso?
El hombre baja la mirada. Y siento el golpe antes de escucharlo.
—Necesita un trasplante de hígado.
El mundo deja de moverse. No escuché bien. No puede ser. No, Isabella deja de respirar.
—¿Qué… qué dijo?
La voz le sale rota. Completamente rota. El médico continúa hablando, pero ya no escucho. Solo veo a mi hija detrás del cristal. La pequeña mano. El cabello oscuro. El maldito oso blanco que le regalé.
Necesita un trasplante.
Mi cabeza empieza a llenarse de ruido. Demasiado ruido. La guerra volvía así. Rápida, violenta, sin darte tiempo a reaccionar, Isabella se derrumba en la silla.
—No…
Sus lágrimas empiezan a caer, Leonardo intenta acercarse. Pero esta vez soy yo quien llega primero. Me arrodillo frente a ella. Le tomo el rostro.
—Mírame.
Ella no puede. Está destruida.
—Isabella.
Finalmente levanta la vista. Sus ojos me matan. Porque están llenos del mismo miedo que yo tengo.
—No le va a pasar nada.
No sé si le estoy mintiendo a ella o a mí. Pero necesito decirlo. Necesito creerlo. La puerta se abre de golpe. Una voz femenina corta el aire.
—¡¿Dónde está mi sobrina?!
Valeria. La hermana de Isabella entra como una tormenta. Cabello oscuro. Mirada asesina. La misma mujer que me quiso matar con los ojos cuando me casé con su hermana, lo último que supe fue que se largó a un viaje a una selva.
Corre directamente hacia Isabella. La abraza. Y entonces el universo decide empeorar mi vida. Porque otra voz aparece detrás.
—Dios mío… ¿qué pasó?
Victoria. Mi hermana. Mierda. Mierda. Mierda. El silencio cae. Valeria gira lentamente. Victoria hace lo mismo. Y juro por Dios que el hospital baja cinco grados.
Se miran. Solo se miran. Pero parece que van a matarse. Valeria cruza los brazos.
—Qué sorpresa. Llegaron los Cross.
Victoria sonríe. La misma sonrisa elegante y venenosa de siempre.
—Y supongo que tú eres la hermana que odia a todo el mundo.
—Solo a las personas desagradables.
Helena cierra los ojos. Mi padre parece querer desaparecer. Perfecto. Victoria avanza.
—Curioso. Isabella siempre tuvo mal gusto para elegir compañía.
Valeria da un paso al frente.
—Y ustedes siempre tuvieron mal gusto para tratarla.
Oh no. No. No ahora. No con Sofía aquí. Isabella ni siquiera las mira. Sigue llorando. Eso me enfurece. Porque mientras ellas juegan a la guerra… mi hija está enferma. Me pongo de pie.
—Basta.
Mi voz corta el lugar. Las dos se callan. Bien. Porque ya no tengo paciencia. Victoria me mira, se rompe y corre hacia mí. Me abraza. No reacciono. No sé cómo hacerlo. Ella llora.
—Pensé que estabas muerto.
Mi mirada cae sobre Isabella. Ella está viendo la escena. Y algo extraño cruza su rostro. Dolor. Mi hermana se aparta. Se limpia las lágrimas. Luego mira a Sofía detrás del cristal, por un segundo en su vida pierde el sarcasmo.
—Ella se parece a ti.
El silencio cae otra vez. Todos miran hacia la habitación. Mi hija duerme, pequeña, frágil y enferma. El médico vuelve a hablar.
—Necesitamos hacer pruebas inmediatas a los familiares biológicos.
Mi corazón golpea fuerte.
—Hágalas.
Todos voltean hacia mí. No aparto la mirada de Sofía.
—Empiece conmigo.