Cruzada de sangre - Linajes

Capítulo 28

Me levanté temprano, a pesar de que a estas horas no está permitido el movimiento de los internos. Me siento un poco ahogada en la habitación y me asomó al jardín viendo como el sol pronto va a ocultarse. El aire frio es agradable y el viento que sopla sacudiendo las flores que han comenzado a encerrarse me recuerda un poco el hogar de los Fuentes, nunca pensé que llegaría el día en que extrañaría ese lugar. Sonrió con ironía. Espero que estén bien, en este lugar no nos permiten comunicación alguna con el exterior por lo que no sé cómo va la captura del asesino de vampiros.

 

—Señora Alcaraz —me giré al escuchar mi nombre y Volker, con su delgada y alta figura se acercó fumando una pipa.

 

Nunca antes había visto a alguien fumar una pipa por lo que no me fue posible ocultar mi curiosidad y él lo notó, ya que me la acercó mientras dirige su mirada al sol que ya ocultándose no daña a los vampiros.

 

—Una herencia de mi padre —señaló para luego sonreír con nostalgia—. Fue el fundador de este lugar. Aunque su idea era encerrar aquí a quienes representaban un peligro para la sociedad de los vampiros, y aplicar las lobotomías eran su pasatiempo.

 

Lo dijo de una ligereza que me deja anonadada por unos momentos, luego desvió mi mirada al jardín pensando que los humanos hacían exactamente lo mismo, en pro del supuesto bienestar de los pacientes.

 

—Por ahora seguimos funcionando, pero con la idea de “re-formalizarlos”, el tema es ¿Qué hacemos con quienes no quieren hacerlo y siguen siendo un problema para nuestra existencia? ¿Encerrarlos aquí por una eternidad o mandarlos a Gehenna?

 

“Gehenna” repetí para mí misma, la prisión de las criaturas que han cometido crímenes mayores y son condenado a vivir en ese lugar, encerrados, encadenados en suplicios que a muchos terminan por hacerlos enloquecer.  Arrugo el ceño, recordar ese nombre me hace también recordarla a ella.

 

—He sabido que una amiga suya está encerrada en ese lugar —haciendo referencia hacia Samanta, la hermana de Vanessa e hija de Ellen, la ex prometida de Cristóbal que sumido a su venganza que casi nos mató a todos—. Una amiga a la cual no va a visitar.

 

Endurecí mi mirada antes sus palabras y me volteé hacia él.

 

—Porque es ella quien se niega a verme —respondí de inmediato, y eso es cierto, Samanta ha negado cada una de mis peticiones a visitarla. Más cuando aún tengo dudas con la premonición de mi muerte que dijo haber visto.

 

Volker me contempló divertido antes de entrecerrar sus ojos con malignidad y reírse ante mi molestia y estupor. Luego coloco una de sus manos en mi hombro con una jovialidad que contrasta con su tono sarcástico anterior. Sus largos dedos parecen aprisionarme, aunque lo hace con delicadeza, es inevitable no comparar el tamaño de sus manos con las mías.

 

—Es hora de cenar —señaló sonriendo y sin más salió de la sala justo en el momento que trabajadores del lugar llegaban con sus bandejas y empezaban a servir la cena.

 

Es una escena pintoresca que se desarrolla cada tarde a esta hora. Las largas mesas de manteles blancos son cambiadas por manteles de colores oscuros, y los platos cambiados a platos uniformes, de tono blanco, haciendo desaparecer aquellos de bordes dorados. Entra al lugar una diversidad de vampiros extraños, algunos tímidos, otro ruidosos, y se van armando grupos esperando que puedan sentarse en el lugar que cada uno tiene asignado. Las vestimentas de cada uno son como una mezcla de épocas en un solo lugar, parece que eligen sus ropas de acuerdo con la época en que han sido encerrados en este lugar, o bien es algo que les trae sus recuerdos de vida más gratos.

 

Madame aparece en escena y atrae la atención de los presentes, por su elegancia y su forma de moverse no pasa desapercibida. Sonríe y luego va a sentarse a la mesa principal cuya elegancia se diferencia de las mesas uniformes de manteles negros que utilizaran el resto de los comensales.

 

Luego notó que alguien me observa con fijeza y veo a ese tal príncipe, que apoyado en la pared con los brazos cruzados no deja de observarme con fiereza. Me sorprende verlo en este lugar ya que desde que estoy aquí nunca cena con el resto de los internos. Arrugo el ceño ante su molesta atención, pero aquello no lo inmuta. Luego resopla con fastidio y se va a sentar junto a Madame.

 

Me dirijo a mi lugar, en la mesa oscura, el príncipe me contempla confundido y parece cruzar palabras con Madame quien me mira a la vez sonriendo y levantando su mano para saludarme, y luego habla con él. De seguro le está explicando mi incomodidad de sentarme en esa mesa elegante mientras la mayoría usa este otro tipo de servicio. Al lado mío se sienta un anciano, un viejo policía que suele relatar, en medio de la cena, de crímenes horrendos que tuvo que resolver en vida, antes de ser un vampiro. O de la joven vampiresa que se sienta al frente y comenta como un día al fin va a encontrar a su familia y descubrirá que la dejaron abandonada en un orfanato por protegerla. Yo solo los escucho en silencio, no es que no tenga mi propia historia, pero las penurias que yo viví no se comparan en nada a los padecimientos de cada vampiro en este lugar. Más cuando muchos llevan casi toda la vida aquí.

 

 —A veces me da curiosidad de su vida, Catalina —habló la joven vampiresa al momento de devorarse un tuto de pollo—. Sus vestimentas son extrañas, pero además su silencio la hace rodearse de un halo de misterio que me intriga.

 

—Casada, no debe ser desde hace mucho, ese anillo luce casi nuevo —agregó el policía.

 

—Una historia de amor —indicó aquella vampiresa de edad mayor, de vestimentas pobres, pero alegre sonrisa—. Ya me la imagino, un vampiro se enamoró, se casaron, pero su familia no la acepta y la han encerrado en contra de la voluntad de ambos.



A.L. Méndez

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En el texto hay: vampiros, cazadores, cruzada de sangre

Editado: 21.04.2021

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