Cruzada de sangre - Linajes

Capítulo 9

El helicóptero se detuvo en el lugar mientras Cristóbal examina el mapa de Francisca. Sonrió alejándose del piloto.

 

—Bien llegamos, debemos bajar aquí —habló en voz alta ya que el ruido de la hélice apenas nos permitía escucharlo, abrió la puerta observando la altura, estábamos como a tres metros del suelo.

 

—Esperaremos que el helicóptero descienda —señalé ante lo cual el movió la cabeza negativamente.

 

—No, saltaremos desde aquí

 

—¿Estás loco? Yo...

 

Pero no alcancé a terminar, me tomó en sus brazos y saltamos junto a Rosa quien tampoco mostraba miedo alguno a diferencia de mí que me aferré aterrada a los brazos de Cristóbal. Fueron amortiguando la caída en los árboles y aunque es evidente las heridas en sus piernas ambos cayeron con perfección al suelo y de inmediato dirigiendo sus miradas en los alrededores. Rosa arregló el hueso de una de sus piernas que con la caída se había salido de su lugar, me impresionó que no mostrara ningún gesto de dolor al hacerlo.

 

En cambio, yo aun no puedo moverme del todo bien, aún estoy inmutada por la brusca forma de bajar desde el helicóptero, mientras ambos avanzan con tranquilidad caminando en medio de la vegetación con la poca luz que queda ya que el Sol se ha ido.

 

—Es por aquí —indicó Cristóbal siguiendo una ruta con confianza.

 

—¿Estás seguro? —le pregunté levantando ambas cejas.

 

Sonrió.

—Claro, puedo sentir su aroma —entrecerró los ojos—. Aún sigo recordando a ese malhumorado.

 

—¿Lo conoces? —fijé mi mirada curiosa en su rostro.

 

—Debe seguir siendo el mismo amargado de siempre, un genio, pero de pésimo carácter —volvió a sonreír.

 

La alta vegetación tropical no facilitaba nuestro avance, hojas enormes y verdes parecen querer evitar que lleguemos a nuestro destino. Desde los grandes árboles lianas naturales cae como adornos de sus copas de hojas, y varios animales exóticos nos observan con curiosidad. Al anochecer nos detuvimos cerca del rio y nos sentamos a tomar agua.

 

—Creo que ya estamos cerca —indicó Cristóbal después de horas caminando y cuando la noche solo se ilumina con la enorme Luna llena.

 

No puedo negar lo inquieta que me pone avanzar por la selva en medio de la noche, pero Cristóbal parece darse cuenta y avanza sin perder de vista si voy detrás suyo siguiendo sus pasos. Suspiró un poco molesta al pensar como Víctor se negó a acompañarnos, a veces no puedo entender ese carácter suyo que varias veces acaba con mi paciencia.

 

—Debió haber venido con nosotros —suspiré desviando la mirada hablando de Víctor— ¿Como eso de "tengo otros asuntos importantes que tratar"? —guardé silencio, no debería quejarme de él, aunque últimamente anda distante y me preocupa. Más recordando sus palabras, ese miedo a perderme, aunque actúa de una forma que me confunde.

 

—Vamos tranquila, conozco a ese cabeza dura, es su estilo, le gusta mantener ese aire de niño frio y misterioso —sonrió Cristóbal algo melancólico.

 

—Quien sabe —me reí intentando borrar el aire de pesadumbre que me rodea.

 

Cristóbal sonrió y entornó sus ojos en una expresión lasciva, mientras se acercaba a mi levantándome de la barbilla, sus ojos parecen brillar con un tono rojo en medio de la noche y no puedo evitar mirarlo sorprendida por la expresión de su rostro.

 

—Además yo puedo tomar su lugar mientras no esté aquí —y dicho esto me colocó su mano en la cabeza acariciándome como si fuera un cachorro.

 

Arrugué el ceño ante el rudo cariño y el semblante risueño de Cristóbal. Rosa molesta carraspeó pasando a nuestro lado no pareció hacerle gracia sus palabras.

 

—Supongo que gracias —musité tomando su mano para detener su forma de acariciarme.

 

—Lo dije en seri...

 

En eso detuvo sus propias palabras con brusquedad. Y su afable rostro se tensó dándole una expresión amenazante volcando su atención al frente, poniéndose delante mío dispuesto a atacar a quien sea que estaba cerca.

 

—Ismael —murmuró Cristóbal arrugando el ceño.

 

Un vampiro de largos cabellos rojos, ojos azules y semblante de poco amigo apareció frente a nosotros. El aire a muerte que lo rodea comenzó a disiparse con rapidez. Cerró los ojos por un momento. Imperturbable fijó su atención en Cristóbal sin decir palabras, y luego sin esperárnoslo nos dio la espalda alejándose con calma.

 

Titubeé hasta que noté el avance seguro de mi "suegro", lo seguimos en silencio. Rosa se mantenía cauta, no borra su seria expresión. Subimos por un sendero de rocas cubiertas de césped, alrededor el paisaje de árboles y vegetación nos acompañaron hasta la cima, en la cual un pozo, un pequeño establo de madera y una casa bonita y humilde de rocas y maderas nos dieron la bienvenida.

 

El vampiro pelirrojo entró a la casa y lo acompañamos, aunque nunca nos invitó a entrar, a pesar de no ser un total desorden el interior parece un taller, objetos de diversas formas tanto metálicas como de madera, vestuarios, pequeños muñecos, bolitas de colores y miles de cosas curiosas y extrañas están encima de las largas mesas pegadas a la pared, más al fondo en el centro hay un sofá, un viejo tocadiscos muy buen cuidado y una cocina abierta con una tetera humeando. Solo un par de elegantes candelabros dorados, alejan la oscuridad.

 

Volteó observándonos con fijeza y fastidio y luego detuvo sus ojos azules en la mirada de Cristóbal exclamó:

 

—Supongo que si el mismísimo hijo del anterior líder hace presencia en este lugar es porque los cazadores le mendigaron que hablara conmigo ¿o no? —habló con molestia y es claro que nuestra presencia no es de su agrado.

 



A.L. Méndez

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En el texto hay: vampiros, cazadores, cruzada de sangre

Editado: 21.04.2021

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