El animal que hay en mí

Capítulo 9

El piar de los pájaros y una hermosa melodía procedente de algún instrumento, sacaron lenta y dulcemente a Diana de sus sueños. Que hermoso había sido soñar con aquella aldea élfica y con aquel elfo de ojos verdes... Había sido demasiado perfecto para ser real.

Abrió los ojos y palpó el sofá donde había dormido, envuelta en suaves mantas. La realidad le vino de golpe. 

No estaba en su habitación. No estaba en Tao.

No había sido un sueño.

Se hallaba en el cómodo sofá de una casita élfica humilde pero preciosa. Su corazón saltó de alegría y sus ojos chispearon de felicidad.

Cientos de aromas agradables inundaron su olfato y no sabía de dónde procedían. Entonces se dio cuenta de que el elfo le había dejado el desayuno en la mesita de cristal que se encontraba a su lado. Lo observó unos instantes con mirada curiosa: Nunca había visto nada igual, pero olía deliciosamente bien. Parecía una especie de dulce acompañado de unas bayas rojas. Decidió probar bocado y fue entonces cuando un sin fin de sabores estallaron en su boca, mezclándose y fundiéndose de maneras increíbles. Diana comió tan rápido como era común en ella, pero saboreando cada trozo de aquella deliciosa comida. No pudo evitar relamerse al terminar tal manjar. ¿Que había sido aquello? La comida de Tao no podría compararse con aquella.

Entonces se percató de nuevo de aquella melodía. Estaba segura de que procedía de un instrumento de viento, pero sonaba de una forma más dulce y tranquila que los instrumentos del mundo de Tao. Se aseguró de ocultar la inexistencia de orejas puntiagudas con su capa y dejó que sus oídos la guiasen. Llegó entonces al lindo jardín que visitó aquella noche. En el centro, sentado sobre un viejo tronco de árbol cortado, se hallaba el elfo que la salvó de morir congelada la noche anterior. Hizo un pequeño esfuerzo en recordar su nombre y su pronunciación.

Tocaba una flauta élfica que hacía que las notas que salían de ella bailasen con la brisa. Sus ojos estaban cerrados y su rostro era sereno. Estaba en sintonía con la naturaleza y los árboles parecían escuchar aquella melodía atentos, moviendo sus hojas y ramas para acompañar la música. Pequeños mamíferos, aves e insectos se aproximaban al flautista para oír más de cerca esa linda música.

Diana se acercó lentamente para observarlo mejor pero los animales la percibieron y salieron huyendo. Hino cortó esa melodía y se volvió hacia ella que lo miraba avergonzada. Entonces le dedicó una tierna sonrisa.

—Al fin te levantas, Diana —dijo, acercándose a ella. Ella se quedó sin aliento—. Es casi mediodía ya.

—Oh, emm... L-lo siento —se disculpó. Estar frente a un ser feérico la ponía realmente nerviosa sin saber por qué, sobre todo a uno tan alto. Pero intentó mantenerse tranquila.

—No te disculpes, seguro que estabas muy cansada. ¿Te gustó el desayuno?

—¡Sí! Estaba muy rico, muchas gracias.

—¡No las des! Me alegro de que le guste mi comida a una humana, me preocupaba que no te agradase. —Él la miró a los ojos y a ella se le paró el corazón por unos instantes.

—¿Sa-sabes que soy...? —preguntó. Su voz temblaba nerviosa y desconcertada. Él rió y apoyó su mano sobre el hombro de la confundida y temblorosa Diana.

—Por supuesto —confirmó. Su tono de voz era tranquilo y limpio—. Tu nombre no es élfico, tu acento es diferente y no supiste decir de qué bosque eras.

Diana se sintió abochornada y bajó la mirada. Lo había descubierto demasiado pronto. Tenía la esperanza de forjar una amistad con él antes de que descubriera su identidad. ¿Qué pasaría ahora? Él ya no querría ser su amiga, no iba a aceptar a una humana. ¿La entregaría a los elfos? 
Temerosa, miró un poco a su acompañante y este le dedicó una sonrisa amistosa y consoladora.

—No te preocupes, yo no guardo rencor como otros elfos —la consoló—. Tu secreto está a salvo conmigo... Pero con una condición.

—¿Cu-cuál?

Su corazón se aceleró por miedo a aquella condición. No sabía nada sobre los elfos, e Hino era todavía un desconocido.  

—Háblame sobre tu reino. —Una risa brotó de sus labios—. Aquí solo se cuentan cuentos y rumores, pero nadie sabe como está ahora el reino de Tao. Es mejor oírlo de una humana.

Diana dejó escapar un suspiro de alivio al ver que era una condición fácil, y que Hino no la delataría. Se preguntó el por qué su acompañante no guardaba rencor hacia los humanos como el resto de elfos. 

Se alegraba profundamente de haber conocido a alguien por fin. ¿La ayudaría a conseguir su objetivo?

—Me encantaría, pero tú también debes hacer lo mismo con tu reino, ¿eh?

—Por supuesto —respondió con ilusión.

Ella sonrió. Aquel elfo le inspiraba una gran confianza.



Jessie

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En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

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