El animal que hay en mí

Capítulo 13

La poderosa fuerza de la naturaleza escuchó la llamada del joven elfo y se concentró en su ser, haciéndole más fuerte y inundándolo de energía. 
Mientras sentía el poder en su sangre, recorriéndole el cuerpo con vigor, hacía grandes esfuerzos por traer agua del río más cercano, invocando ayuda a la naturaleza, a las ninfas, a los espíritus. Todo estallaba en su interior como un agitado océano en mitad de una furiosa tempestad. Poco a poco su fuerza se consumía y lo hacía sudar, lo destrozaba y le hundía en el agotamiento. Cuando notó que no podía soportar más energía, dejó salir un fuerte alarido mientras una gigantesca criatura hecha de agua irrumpía en la escena. Era del tamaño del árbol y el agua se removía en todo su cuerpo como una eterna catarata cristalina.
Respiró hondo intentando concentrarse. Aquello suponía muchísimo esfuerzo.

Hino gimió de dolor como si tuviera una pesada carga sobre sus hombros que lo estuviera aplastando de mil maneras, y mentalmente le ordenó al ser de agua atrapar las raíces que habían tragado a su mejor amiga. Este le obedeció, y luchó contra las raíces del árbol, que intentaban absorberle. Aunque la criatura cada vez era más pequeña, pudo sacar las raíces que retenían a la chica. Y cuando la criatura no pudo resistir más, se desvaneció, cayendo al suelo como una intensa lluvia  y formando un enorme charco que fue tragado por la tierra en un instante.

Hino intentaba llegar hasta Diana pero las raíces del árbol se lo impedían. Cogió su espada y empezó a cortarlas y a esquivar los ataques del árbol. 

Los árboles eran uno de los seres más puros y antiguos. Eran el pulmón del planeta, los difusores de la energía y la magia más leales, los más sabios y experimentados. ¿Cómo podía la oscura magia corrupta hacerles tanto daño y provocar tales sentimientos en ellos? 

No quería luchar contra ellos, pero no tenía más remedio. 

Antes de lanzar el siguiente ataque escuchó un grito más animal que humano que desgarró el aire como una cuchilla. Diana se había transformado en aquella bestia oscura. Logró ver como la semielfa desgarraba las raíces, mordiendo y arañando como si no supiera hacer otra cosa; abriéndose paso entre las astillas. Poco a poco se liberó de su agarre, enfrentándose a la fuerza del árbol. La enorme planta pareció rendirse y volvió a hundir sus raíces en la tierra como si nada hubiese pasado.

Ambos jóvenes permanecían en el suelo respirando con dificultad.

—¡Diana! —gritó emocionado Hino mientras se dirigía a ella—, que bien que estés bien...

No pudo continuar, porque un rayo de terror surcó sus ojos al ver a la chica transformada en aquello que le aterraba y fascinaba al mismo tiempo. A su mente llegó el recuerdo de cuando le hirió el brazo con violencia. Un escalofrío lo recorrió... 

 La chica se acercó a él para atacarle. Sus ojos de un dorado ámbar reclamaban sangre y venganza. 

—¡No, otra vez no!

La fiera estaba dispuesta a arremeter contra él sin piedad. Se abalanzó sobre él ignorando sus gritos y le atrapó los brazos para inmovilizarlo. En sus ojos brillaba una sed de sangre y peligro acompañado de una fuerza sobrenatural que haría temblar a cualquiera. Hino hizo grandes esfuerzos por sostenerle la mirada y evitar que el miedo lo despedazara antes que la chica lo hiciese. 

—¡Diana, despierta! ¡Soy tu amigo, tienes que escucharme!

La fiera penetró en su mirada, quizá buscando una razón para matarlo, quizá intentando buscar la luz de sus ojos para escapar de la oscuridad. Aflojó el agarre. Hino suspiró aliviado, pero ella volvió a soltar un largo bramido y a enseñar los dientes. 

Debía resistir. Debía concentrarse.

Cerró los ojos, respiró hondo mientras la melodía que le enseñó Arno llegaba a su mente y empezó a cantar con suavidad y firmeza. 
Cuando abrió los ojos, Diana se hallaba completamente dormida sobre él.

—Gracias a las ninfas...—soltó aliviado, mientras se la quitaba de encima con delicadeza. La cogió en brazos y la puso a la sombra de otro árbol.

Ahora le tocaba aguardar hasta que despertase.

Sus latidos resonaban en sus orejas con vigor. 

***

Abrió los ojos violentamente. Su vista estaba algo nublada al principio y todo eran destellos y formas difusas. Cuando se acostumbró a la luz pudo ver que su amigo le había dejado comida y que, cerca de un árbol había marcas de garras y desorden.

—¡Hino! —llamó, algo alterada—, ¡Hino! ¿Dónde estás?

—Estoy aquí —contestó el elfo, desde el otro lado del árbol—. Menos mal que despertaste, temía que durmieras hasta mañana. Aunque no tenemos prisa por llegar al reino de Ruhê.

—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó algo desconcertada. No entendía que había oscurrido, lo último que recordaba era estar bajo un gran árbol... y luego oscuridad. 



Jessie

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En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

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