El animal que hay en mí

Capítulo 21

Los Espíritus se iluminaron con intensidad, haciéndoles cerrar los ojos con fuerza. Se unieron y entrelazaron hasta formar una hermosa y colosal águila, con un cuerpo mágico y bello. Sus ojos parecían contener el universo y toda la energía del cosmos. Era de un potente dorado y tenía un cierto brillo celestial que emanaba de su cuerpo. Ambos lo miraron con admiración y fascinación. 
Era sorprendente.

Diana fue la primera en subirse a su lomo, con una desbordante ilusión en su rostro. Hino se sentó tras de ella y la rodeó con sus brazos.
El águila desplegó sus poderosas alas y salió volando, dejando caer vacilantes plumas doradas que se desvanecieron al tocar el suelo. Bajo la luz del sol tras salir de aquel reino el cuerpo del animal desprendía sutiles destellos de oro.

Rió de felicidad mientras el ave ascendía ligero y veloz. Después de tantos meses volvería a ver a su madre, a la anciana, a los animales de la granja que la habían consolado tanto en sus peores días... Jamás habría pensado que extrañaría el hogar donde se crió. El tiempo había pasado muy deprisa y los meses se le habían echado encima sin remedio. Ya no recordaba el aroma de su casa ni el sonido de la granja al despertar, el olor del café en las mañanas o fragancia de los viejos libros de la biblioteca. La calidez de su hogar se le hacía ahora lejana.

Pero faltaba algo que completaría aquel lugar del todo.

—Antes, ¿podemos recoger a alguien de Álfur? —preguntó.

—¿Qué pretendes, Diana? —dijo su compañero.

—Quiero darle una sorpresa a alguien muy especial para mí.

Era algo que debía hacer. Algo que su corazón le dictaba. 
Tras dar las indicaciones, el águila se perdió entre las nubes, volando a una velocidad de vértigo y surcando el reino feérico en cuestión de segundos.

***

Arno observaba el mar ensimismado, perdiéndose en las olas y en el infinito azul que se perdía en el más lejano horizonte. Su mente melancólica evocaba lejanas épocas risueñas, días de amor y rebosante alegría, recuerdos fantasmas de aventuras de las que quedaron tenues huellas. Después de tanto tiempo, de tantas lunas, los espíritus del ayer seguían apuñalándolo. El murmuro del mar a menudo se convertía en el nombre de aquella mujer que amaba, de aquel amor separado por la distancia y el tiempo. 
Aquel susurro le devolvía los latidos que creía perdidos en su corazón.

Un potente aleteo lo sacó de su mente repentinamente. Al girarse, su mirada acarició la de su hija, que montaba en una gigantesca águila. 

El águila dorada, la silueta que tomaban los grandes espíritus al salir de su reino. Sonrió aliviado: Habían conseguido llegar hasta el final a pesar de los tantos peligros que acechaban Álfur. Estaba seguro de que tendrían historias emocionantes que contarle... Pero lo que más le intrigaba era si su hija había destruido o no aquel don con el que nació.

Abrió la boca para preguntárselo, pero la voz de la chica no se lo permitió.

—Papá —lo llamó—, ven conmigo.

—¿Qué?

—Por favor —le suplicó. Sus ojos brillaban con un intenso anhelo—. No te estoy pidiendo que vuelvas con ella, solo que arregléis lo vuestro... para que podáis pasar página.

Su corazón quedó petrificado por la sorpresa, el miedo y la tristeza. Sus pensamientos se quedaron en blanco un instante. 
La volvería a ver después de tanto tiempo, de tanto dolor, de tantas noches en vela odiando cada respiro de su ser. No sabía si aquello era correcto, si las cosas debían quedarse como estaban para siempre o dar aquel importante paso. Habían transcurrido ya casi dos décadas. Para una humana como ella aquello era una eternidad. 

Una parte de él quería huir de las cadenas del pasado y olvidar todo...

Mas siempre había deseado volverla a ver, tocar sus manos, sentir su aliento. Durante años al mirar el mar había creado en su mente miles de reencuentros diferentes, algunos felices, otros tristes, otros imposibles... 

Y ahora, su preciosa hija le daba una oportunidad de hacerlo realidad.

Adela jamás lo perdonaría, eso lo tenía muy claro. Mucho menos después de tantísimos años, de tantas lunas sin dar señales de vida. Pero todo su ser ansiaba volver a ver aquellos ojos del azul del cielo que tantas veces le habían mirado. Aquel rostro que había ido envejeciendo pero que nunca había perdido su brillo. ¿Habría cambiado su voz, su manera de pensar o de sonreír?

Asintió, dudando de cada paso que daba. No podía negarse a la súplica de Diana. Ya había decepcionado demasiado a su hija como para abandonarla de nuevo. 
Trajo tres capas con la que cubrirse y se aferró a aquel sueño que latía en él.

Dos elfos volverían a pisar la tierra de humanos después de tantos años.

***

El azul del mar parecía más intenso desde aquella altura, y la brisa más gélida y punzante. Pero un enorme sentimiento de libertad y poder inundaba su pecho y la llenaba de adrenalina. ¿Cuán grande era el mundo? ¿Cuán importantes eran en realidad los problemas? Ahí, en todo lo alto, todas las preocupaciones eran minucias sin sentido. Diana sentía que cada fibra de su ser vibraba con el todo. Aquella vista era majestuosa...



Jessie

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En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

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