El Hijo del Cielo y el Hijo de la Luna

Capítulo 2

Ha pasado una semana desde que llegamos a Oaktham. Reconozco que el nuevo ambiente es pacífico, realmente agradable, lo único que extraño de Miami es la playa, el sol, el mar...

Olvídalo, no olvides por lo que ustedes pasaron ahí. Pensé. No estaba equivocado, si quiero vivir este presente debo dejar ir ese horrible pasado, aunque sé que me dejó marcado de por vida. Es innegable.

Curso el último año en la preparatoria local. Hice tres nuevos amigos, Chloe, Walter y Brooke. No les he contado las desventuras que tuve desde los trece, seguramente se alejarían de mi como lo hicieron todos esa vez. No pienso correr ningún riesgo.

—Raiden, date prisa—avisó mamá tocando la puerta de mi cuarto. 

—Odio los lunes—murmuré aún somnoliento, apagando la alarma del celular que había perturbado mi sueño.

Me duché y me arreglé, bajé hacia el comedor. Mamá preparaba el desayuno, tomé asiento para esperar a que  lo sirviera, mientras navegaría un poco en las redes sociales, como cualquier adolescente promedio. 

—¿A qué se debe tanto silencio?—inquirió. Puso los platos con los sándwiches de atún y el vaso con zumo de uva. 

—Simplemente no hay nada novedoso que reportar—me encogí de hombros. Proseguí a consumir la comida.

¿Qué quieres que cuente, madre? ¿La pesadilla que tuve anoche? Pensé sarcásticamente.

Se trataba de un chico, a quien nunca había visto siendo atacado por un lobo, lo dejó literlamente hecho pedazos. 

No me perturbó, se puede decir que estoy ligeramente acostumbrado a que en mi mente aparezcan imágenes de ese estilo, incluso peor. Por supuesto, mamá no lo sabe. No debe hacerlo, podría regresar a ese asilo mental hasta que me cure, lo cual sería jamás.

Soy incapaz de comprender lo que me pasa. Desearía obtener respuestas, pero ¿qué o quién puede tenerlas? Es evidente que los psiquiatras no son una buena opción.  Les hice creer que mejoré para no  estar en ese lugar hasta que muriera. 

Cuando terminé de comer, agarré mi mochila, salí de la casa no sin antes despedirme de mamá. Mónica ha pasado por mucho, igual que yo. Me dio a luz a la edad de dieciocho años, no había entrado a la universidad, sus padres no podían pagar sus estudios, menos dar apoyo económico para sostenernos. 

En cuanto a mi padre, no suele hablarme mucho de él. Lo conoció en un bar donde ella trabajaba como mesera, dos días después fui concebido. Desde entonces sólo hemos sido Mónica y yo. Saliendo adelante sin la ayuda de alguien. Lo que menos necesita es seguir lidiando con mis enigmáticos problemas.

Me encontré con mis amigos en el camino a la escuela.

—Hola chicos—saludé sonriendo.

—Hola Ray—dijeron al unísono.

—¿Cómo estan?

—Con nulos deseos de ir a clases—respondió Chloe, con tono de cansancio.

—¿A quién le encanta ir a la escuela? Quiero decir, podemos invertir el tiempo en algo mucho mejor—expresó Brooke—, como ver la nueva temporada de Stranger Things.

—Prefiero mil veces el rostro de Finn Wolfhard que el de la Señorita Cook.

Las dos rieron, a nadie le agrada esa maestra. Es demasiado estricta, es literalmente de la vieja escuela, enseñó a casi todos los padres de mis compañeros. Lleva mucho tiempo trabajando en el magisterio, hasta sus colegas están hartos de ella, no es muy simpática. 

—¿Y si les proponemos a Kai para que desinfle las llantas del auto de esa bruja?—sugirió Walter.

—Es el único con agallas para hacer vandalismo. Pero, ¿algo así contra la Señorita Cook entra en esa categoría?—pregunté con una sonrisa burlona.

—Claro que no—afirmó Chloe—, se llama caridad.

—Un bien a la comunidad—asintió Brooke.

Antes de dar un paso más para entrar a la escuela sufrí una repentina jaqueca, no era leve, era muy fuerte. Tanto que agarré mi cabeza con las manos, cerrando los ojos.

—¿Ray? ¿Qué te pasa?—Chloe se escuchaba preocupada.

—¿Estás bien?—Brooke estaba igual que ella.

—¿Lo llevamos a la enfermería?—Walter no fue la excepción. Sentí cómo ponia sus manos en mi hombro izquierdo.



Samarhed

Editado: 07.01.2020

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