Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 11: Peligro

*

Siento algo calentando mi cara; así como una pesadez en mi cabeza y extremidades. «¿Qué es ese fastidioso sonido?» Trato de abrir mis ojos, pero en el segundo que lo hago, vuelvo a cerrarlos. «¡¿Quién me está alumbrando en la cara?!» Pero no es ninguna bocina a alto volumen y tampoco alguien me está alumbrando.

Siento la garganta seca y un ligero sabor amargo en el paladar, relamo mis labios resecos y agrietados. Entonces, poco a poco, el dolor en mi cabeza se vuelve más agudo, el sonido de mi despertador más fuerte y la luz que se filtra por la ventana comienza a calentar mi cara, creo que ya estoy sudando. Me giro y reprimo un quejido, la cabeza me va a explotar.

Apago la alarma en mi móvil y luego de unos minutos los recuerdos de la noche anterior se abren paso en mi mente: De mí cenando en ese restaurante, aquel hombre acercándose e invitándome a bailar, los tragos que acepté, luego David aparece y a partir de ahí todo lo demás es confuso. Pero cuando mi cerebro ya ha salido de su etapa adormilada, llega otra imagen a mi cabeza: de mí y David en esta misma habitación.

—¡No me jod...! —Abro los ojos de golpe y me yergo de un rápido movimiento. Mis manos remueven la sábana que llevo encima y se cercioran de que lleve la ropa puesta.

El alivio me llena por completo al ver que estoy vestida y que, al parecer, no cometí ninguna locura ayer. O es lo que me obligo a creer ante los únicos recuerdos sucintos que poseo. «¿Cómo qué tipo de locura?», inquiere la voz en mi cabeza y yo decido ignorarla.

Me ducho a gran velocidad y preparo mis cosas, pues a las ocho en punto saldremos rumbo a Ensenada y con lo borracha que me puse ayer, me he atrasado. Creo que apenas y lograré desayunar algo. Pasadas las siete de la mañana me dispongo a bajar, pero no evito ver mi deplorable imagen en el espejo. Llevo unas grandes ojeras, los labios siguen teniendo una imagen seca y la expresión en mi cara no me ayuda en nada, por más que intenté, no pude disimular la resaca que llevo encima.

Suelto un bufido lleno de resignación y me voy a buscar algo para desayunar. Además, como si no fuera poco, la cabeza no ha dejado de dolerme y todavía tengo lagunas mentales, imágenes borrosas e inconexas, de las cuales hay algunas que me niego a creer que son ciertas. Sobre todo cuando paso por el área de piscinas y a mi cabeza viene el recuerdo de mí siendo llevada en brazos de mi compañero de trabajo. Eso no pudo haber pasado, ¿o sí?

«Solo quiero ayudarte, te estoy cuidando, Iri», el recuerdo es, no obstante, muy vago. Suelto un bufido y me froto las sienes, en un inútil intento de calmar el malestar.

—No debiste tomar de más, tonta, tonta Irania...

Empero, como si el destino estuviese empecinado en ponerme ante situaciones incómodas, cuando salgo al jardín, veo como David viene saliendo del gimnasio del hotel. No me ha visto, por lo que, antes de echarme a correr, me detengo a echarle un rápido vistazo: lleva bermudas y el torso descubierto, y tanto este como sus brazos llevan una fina capa de sudor. «Cierra la boca, Irania», se burla mi conciencia. Desvío la mirada y cruzo a la derecha, con el propósito de no encontrarnos.

—¿Irania? —llaman a mis espaldas. Me detengo en seco y cierro los ojos una fracción de segundo. Me siento tentada en ignorarlo y seguir, pero ya es demasiado tarde porque él trota hasta alcanzarme—. Buenos días, ¿a qué hora viene el trasporte por nosotros? —cuestiona, está de pie a uno de mis costados, tiene la cabeza ligeramente inclinada con la intención de verme a la cara, la cual no quiero darle.

—Buenos días, a las ocho en punto —respondo y finjo ver algo al otro lado, donde no está él—. Bueno, nos vemos... —Estoy a punto de marcharme, cuando él me afianza del antebrazo y me gira con cuidado.

—¿Te encuentras bien?, ¿dormiste bien? —inquiere, buscando mi rostro.

Intento zafarme, pero él acuna mi barbilla y me obliga a verlo. Hago una mueca con mis labios y asiento repetidas veces, logrando que libere mi cara. Siento el regusto de la vergüenza asomándose por mi tráquea, ya que, por alguna razón, que no quiero —y temo— saber, no deseaba que me mirara a la cara, no en estas circunstancias por lo menos.

—Sí, solo quiero ir por algo de desayunar y una píldora para el dolor de cabeza —decido confesar lo último. David asiente y yo aprovecho para añadir—: Por cierto, gracias por llevarme a mi habitación, porque fuiste tú, ¿verdad?

Su mirada me revela perspicacia y algo más.

—Sí fui yo, ¿no lo recuerdas? —Frunzo los labios y niego.

—No, no recuerdo casi nada de hecho.

David enfurruña la frente y parece que repasa mis facciones con sus ojos verdes, lo cuales están ligeramente cansados y ojerosos, pero igualmente se ven bonitos y, además, limpios de arrogancia. «Ni las borracheras le afectan, ¡ah, lo detesto!»

—Me iré a duchar rápido para bajar a desayunar. ¿Te molestaría que comiéramos juntos? —Yo abro la boca para ¿hablar, coger aire o gritar?, ¡no lo sé!, pero nada sale de esta. Él añade—: De paso te traigo una píldora para la resaca —informa, dando un par de pasos en reversa. Sonríe de lado y luego de una última mirada, se va.



Therinne

Editado: 30.10.2020

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