Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 20: Recuerdos

Deep end - Ruelle

Deep end - Ruelle

Deep end - Ruelle        

«No escuché bien. No. Me niego a creerlo». La enfermera me dedica una mirada curiosa, pero la ignoro y en seguida me doy media vuelta, y salgo corriendo en dirección del baño. Paso frente a Carlos, pero no consigo emular una palabra y menos una oración. A mis espaldas escucho mi nombre, pero su voz es tan lejana que no logra hacer eco en mi cabeza. Entro a uno de los cubículos libres y sobre el váter, repaso la previa conversación.

De inmediato siento una punzada atenazar mi pecho, mi corazón específicamente. Las palabras engaño y mentira resuenan en mi cabeza como el retintineo del agua que sale de los lavabos de este lugar. Suelto una inspiración y me obligo a creer que debe de haber una explicación. No obstante, ante tal salvedad, se explicarían muchas cosas.

Como la mala relación con mamá.

Las peleas constantes entre mis padres a causa mía. Sin embargo, a mi cabeza llega un recuerdo en específico, como una epifanía que siempre me obligué a ignorar: la imagen de mi papá defendiéndome y a mi mamá diciéndole que «ella nunca pidió que yo llegara a esa casa». Y es, este último juego de palabras, que me hace convencerme de que debo preguntarle a Teodoro, a mi papá, si soy su hija o no. Cierro los ojos y suelto una risa quebrada, porque, ¿a quién engaño?, qué otra opción podría haber para explicar que no poseo su sangre.

Y que no tengo ningún otro parecido.

Mis ojos liberan un par de lágrimas, el dolor se explaya por todo mi interior y, a su vez, no puedo dejar de sentir miedo: a las respuestas y a la situación médica de Teo. Salgo del individual y me acerco a los lavabos, abro el grifo y me echo pocos de agua al rostro. Miro mi reflejo, deplorable y lastimero a través del espejo sucio y empañado que yace frente a mí.

A continuación a mi cabeza llega otra retahíla de recuerdos de mi infancia: como la vez que me caí de un árbol, mientras Estela —mi mamá, si es que sí lo fue—, apodaba las rosas del jardín. Tengo muy viva la imagen de la mirada que me dedicó, cargada indiferencia, al verme llorando, con las rodillas ensangrentadas, llenas de tierra y piedras incrustadas. Y, asimismo, no puedo olvidar de que me curaron hasta que Teodoro llegó a la casa, de nueva cuenta, se desató una gran pelea que hizo que mi mamá saliera de la casa, amenazando con que se iría para siempre. Además que, tras haberse marchado, ella jamás volvió: porque tuvo el accidente donde falleció.

Me seco la cara y agradezco no llevar ni una pizca de maquillaje, porque de lo contrario sería un rotundo desastre. Ladeo el rostro y ruego hacía mis adentros porque todo tenga una explicación. Sin embargo, en este momento, detesto ese sexto sentido del que tanto presumo y me fío... Tomo otra inspiración, pero siento que mi celular comienza a vibrar: Es Carlos. Cierro los ojos y miro al techo, es una suerte que no haya escuchado nada. Espero a que la llamada termine y cuando lo hace, noto que tengo otros mensajes de David.

Chasqueo la lengua y siento el pesar embargarme; así como el repelús a todo lo que David me provoca, y porque él me provoca más de lo que me algún día admitiré, pero se siente tan incorrecto. Abro su casilla de mensajes y leo los últimos dos que me envió.

Energúmeno: ya estoy en el país.

Energúmeno: No me ignores. No tengas miedo.

Siento como un escalofrío repta por toda mi espalda: es de estrés. Me digo, entonces, que no tengo ánimos para lidiar con David y toda la catarsis que me genera. Porque suficiente tengo con todo lo que acabo de enterarme, con las sospechas de que mis raíces son una mentira. Decido no responderle, y solo espero que él tome este visto como esa respuesta que tanto me exige. Espero que con esto me deje en paz.

Aunque no es lo que quiero.

Salgo del baño y afuera se encuentra Carlos, va de un lado a otro, como un león enjaulado. Me aclaro la garganta y logro que se detenga y vuelva a ver en mi dirección. Y de inmediato su rictus de preocupación me golpea, me enternece. Se acerca a mí, empero, antes de que lo haga demasiado, doy un paso hacia atrás. Se detiene.

—¿Qué pasó?, ¿estás bien? —Ha extendido una mano, con el propósito de tomar una de las mías.

En respuesta me abrazo a mí misma y lo observo con atención. Miro su rostro intranquilo y su mano. Siento, entonces, un vacío abrirse paso en mi pecho, como una grieta que solo estaba esperando el empuje necesario para sucumbir. Sacudo la cabeza y muerdo mi labio inferior, siento una hilera de lágrimas deslizarse por mis mejillas, y es lo único que necesito para saber que yo también estoy por ahogarme en un mar lleno de incertidumbre y miedo.



Therinne

Editado: 30.10.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar