Monina, Un Amor Musical

Navidad

NAVIDAD

 

 

      “Vamos pastores vamos, vamos a Belén…” –era lo que cantaban Mónica, Esteban, Patricia, Andrés, Arturo y Silvia al lado de los padres de la joven pianista, su hermana Marcela y su novio Edgar. El diecinueve de diciembre había sido la fecha escogida por el baterista número uno de Los Cuarenta y su novia, para celebrar una pequeña Novena navideña. Ese día los jóvenes músicos se olvidaron de sus instrumentos, y con las voces de quienes jamás han tenido un micrófono por delante, y con el ritmo de quien considera que cualquier clase de música no es más que un ruido infernal, entonaron los villancicos que obligatoriamente los había hecho cantar el papá de la joven pianista. Al parecer, Mónica y sus amigos estaban más interesados en romper el record mundial de gritería, antes de tenerse que acordar de entonaciones, colores de voz, melismas, ritmos y melodías. “El Burrito Sabanero” había sonado más como “El Cuartetazo” y “Tutaina” como “Morena de Quince años”.

     –No les vuelvo a dar aguardiente antes de rezar la novena –dijo el papá de Mónica cuando culminó la sesión de villancicos; frase que hizo soltar la risa de todos los invitados.

     –Qué pena con usted don René, pero es que la entonación se nos quedó en Cartagena de vacaciones –bromeó Arturo.

     –Pero a Moni le alcanzó para su fiesta de quince –dijo la mamá de esta.

     –Serían las chichiguas mami –comentó Mónica.

     –Pero si cantaste lindo esa noche mi amor.

     –Gracias mami, es que tampoco podía hacer el oso delante de mis tíos y la gente del colegio.

     –Yo le digo a Moni que por más que ella quiera, nunca va a hacer el oso –dijo Esteban.

     – ¡Ay nene! En el colegio yo no hago más que hacer el oso –protestó Mónica.

     – ¿Y eso porqué nena? –le preguntó el papá.

     –Porque no hemos parado de hacer un oso de peluche en clase de artes –contestó Mónica entre la carcajada de todos.

     Y los buñuelos y la natilla fueron servidos para acompañar  las voces destempladas,  al lado de gaseosas para algunos y aguardiente y whisky para otros.

     –Bueno, ¿quién quiere ver el partido? –preguntó René.

     – ¿Qué partido? –preguntó Silvia.

     –Juegan el América de Cali y el Unión Magdalena, si el América gana quedaría campeón por primera vez en su historia.

     –Ojalá que pierdan, con eso queda campeón Santafecito lindo –dijo Esteban saboreando su aguardiente.

     – ¡Ay sí! Que quede Santafé, son los mejores de todos –opinó Mónica observando la perfección en la redondez de su buñuelo.

     –Yo más bien poco de fútbol, pero si quieren lo vemos, toca tener una mente amplia –dijo Arturo.

     –Y Millitos este año nada que ver… –dijo Andrés.

     –Eso te pasa por ir por equipos malos –bromeó Patricia.

     – ¿Cuáles malos? –protestó Andrés–, ¡once veces campeones!

     –Yo si voy por el Unión, me gustan los equipos de la costa –dijo Edgar.

     –Con esa afición al vallenato…, como raro que no te gustaran –sonrió Marcela.

     – ¿Ustedes nunca han visto un partido de fútbol con música de fondo en lugar de escuchar la narración? Se ve genial, parece que los jugadores estuvieran bailando –dijo Edgar.

     –Debe ser hasta bueno –intervino Silvia–, por lo menos no se tiene uno que aguantar la gritería de esos narradores.

     –Entonces si quieren, pasen a la sala de juegos y lo ven allá –sugirió la mamá de Mónica.

     –Me parece lo mejor, y los que no quieran verlo pueden jugar ping pong mientras tanto –dijo el papá de Mónica.

     Y dos horas más tarde, el América de Cali se coronó campeón por primera vez en su historia, al vencer al Unión Magdalena por dos goles a cero mientras Marcela se coronaba campeona del torneo de ping pong que las mujeres del grupo habían organizado, mientras los hombres mezclaban los tragos con los goles, los buñuelos y la poca natilla que había sobrado.

 

     El grupo había sido citado en el estudio para el viernes a las tres de la tarde. El director aprovechó que ya todos se encontraban en vacaciones para reunirlos un poco más temprano. Para esos días de ambiente de fiesta nadie quería saber nada de corcheas y semi corcheas, pero todos sabían que más que un ensayo, se trataba de la última ocasión en la que iban a estar reunidos antes de finalizar el año. Los miembros de Los Cuarenta se habían destacado siempre por su puntualidad, con contadas excepciones, pero ese día esa cualidad había sido olvidada por más de uno. Finalmente a las tres y veinte Arturo pudo contar con la asistencia de todo el grupo. Adriana llegó caminado por sus propios medios, y mostrándoles a todos que su lesión era algo del pasado. Sergio y Melissa, que estrenaban noviazgo, no se querían separar ni por un segundo, actitud que era imitada por Andrés y Patricia y Mónica y Esteban. Para Juan Carlos, al menos por esa tarde, sus ojos habían sido creados para no despegarse de la atractiva figura de la niña del pelo cobrizo. Y Sandra lo primero que hizo cuando llegó fue darle a cada uno de sus compañeros un pequeño chocolate. –Feliz navidad…, próspero mil novecientos ochenta–, le iba diciendo a cada uno a medida que les entregaba el pequeño detalle y les daba un pico en la mejilla, pico que en el caso de Adriana estuvo más cerca de los labios que de la mejilla. Ismael, que siempre había sido muy puntual, fue el último en llegar  en compañía de su novia. –Queridos cuarentones –dijo desde la parte de arriba del estudio–, directamente desde el departamento del Chocó, y para toda Colombia, les presento a Indira, una de las futuras miembros de este grupo–. Todos interrumpieron lo que estaban haciendo para fijarse en la linda niña de pelo rizado, que parada junto al destacado vocalista, trataba de ocultar la pena que sentía con una pequeña sonrisa. Los aplausos y la gritería fueron la bienvenida que recibió la atractiva visitante. Daniel la saludó con un fuerte abrazo y un pico en la mejilla, más propios de amigos de toda la vida, que de dos personas que se ven por primera vez. A Mónica se le ocurrió pararse detrás del piano y tocar la “Marcha Triunfal de Aida” de Giuseppe Verdi, para acompañar el recorrido hacia la parte baja del estudio que hizo Ismael en compañía de su novia. Luisa, en medio de la risa y los aplausos de los demás, no tardó en aproximárseles; le dio la bienvenida a Indira, saludó a su compañero, y no tuvo mayor reparo en soltar una cascada de preguntas más propias de un interrogatorio judicial que de cualquier otra cosa. Minutos más tarde, Arturo pidió la atención de todos.



carlosdiazdc

Editado: 15.01.2021

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