Reino de olvido y sombras

4: Bienvenida a Parargeon, de nuevo

Por un momento dejó de sentir el frío del agua, dando lugar a una calma extraña que le aseguraba que no iba a morir... O quizás  estaba alucinando previamente a su muerte. Fuera lo que fuera, hacía que el proceso fuese más tranquilo y suave, como si el agua le envolviera en una esfera y le regresara el aire a los pulmones. Sintió la respiración nuevamente, salvándole de la asfixia y luego el roce del viento golpeando en su rostro, moviéndole los cabellos y despertándola de su sueño extraño. 

Ya no estaba en el agua, su ropa estaba seca igual que su cabello, era como si nunca se hubiera mojado. Se incorporó hasta sentarse y vio que estaba rodeada de un césped oscuro, como si el color se hubiese apagado, y tierra seca. Los árboles también estaban secos, y las hojas que quedaban aferradas a sus ramas estaban oscuras. No había nieve, y estaba segura de que era el mismo lugar pues el lago estaba a solo unos metros de sus pies, la habían arrastrado, la habían sacado del lago aunque no mostraba señales de que hubiera caído. 

Buscó con la mirada a sus compañeros, pero no estaban por ningún lado. Se levantó sacudiéndose el polvo del pantalón y siguió buscando. 

—Esto no es divertido chicos, ¿dónde están? —preguntó pero como era de esperarse nadie contestó. 

—¿Esto no te parece divertido? —preguntó una voz detrás de ella. 
Alasdair. Recordó que él también había caído con ella. 

—¡Alasdair! —exclamó sorprendida... No por verlo, sino por sentir alegría cuando lo escuchó. Se volvió para tenerlo de frente pero esa felicidad se esfumó rápidamente—. ¿Alasdair?

—¡¿Te parece divertido?! —gritó él. Rachel retrocedió asustada. 

Alasdair era el mismo gruñón de siempre, pero físicamente no se veía igual, su piel pareció palidecer más de lo que era, sus ojos originalmente verdes pasto ahora eran como las hojas de las árboles, conservaba el cabello blanco aunque esta vez le caía por la espalda hasta la cintura. Sus músculos y altura aumentaron, y sus orejas... Terminaban en punta. Rachel nunca había conocido a un elfo, pero sabía que existían. 

—¿Eres un elfo? —preguntó para asegurarse. 

—No, genio, soy una sirena. 

—¿De verdad?

—¡No! ¡Está claro que soy un elfo! —estalló—. ¡Soy Alasdair Primsriver, segundo príncipe de Parargeon! 

—¿Es necesario gritar? 

—Es para que me escuches bien. 

Rachel suspiró.

—Así que... ¿Esto es Parargeon?, ¿dónde está la nieve? 

—Este no es el Parargeon que conoces, ni yo el Alasdair que conoces. 

—Eso no me importa, solo necesito saber, ¿cómo regreso a casa? 

—No se puede. La puerta se cerró. 

—Entonces ábrela. 

Alasdair quiso darse de golpes con un árbol. 

—No es tan simple, hay que hacer un par de rituales antes, y Lucy no está aquí para eso... 

—¿Lucy, tu novia? 

—N-No es mi novia... Lucy es la sacerdotisa encargada de el ritual de transportación, pero por tu culpa se quedó en el otro lado. 

—¿Me estás culpando? —preguntó sintiéndose ofendida—. Yo no empecé a discutir por la nada, ese fuiste tú, yo patinaba tranquila. 

—Tú viniste en el lugar de Lucy, fue tu culpa por entrometerte, si nunca hubieras aparecido... 

—¿Y yo cómo iba a saber que te fugarías con tu novia la sacerdotisa? No es que lea la mente. 

—Porque tenías que venir a este lugar precisamente, entrometerte de nuevo como en tus otras vidas, Rachel. 

Ella parpadeó desconcertada. 

—No dejaré que tu presencia provoque más problema. Llévensela. —Ordenó, y un grupo de guardias la rodeó en seguida, no había notado que estaban allí, ni siquiera supo en qué momento habían llegado. 

O si Alasdair ya tenía todo planeado.

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Aquello era un auténtico calabozo, estaba viviendo lo que era estar encerrada en un real... Y no era bonito. No tenía pánico a las ratas, sino a las enfermedades que traían ellas, quizás jamás limpiaron el suelo y las paredes parecían chorrear sangre. Estaba oscuro y frío, Rachel agradeció tener ropa gruesa que le cubriera y protegiera.

Permaneció de pie a pesar de estar agotada, todo aquel suceso había agotado sus energías y sentía el cuerpo pesado, deseaba que la sacaran de ahí pronto para regresar a casa. 

La puerta se abrió y entró el guardia seguido de un hombre que venía armado. Ella no pudo evitar tensarse. El guardia salió dejándolos a ambos. 

—Tu nombre.

—Rachel Faure-Dumont. ¿Cuándo podré salir? 

—¿De dónde eres y a qué viniste? —preguntó ignorándola. 

—Austron, y fue el idiota de Alasdair el que me trajo, yo no quise intervenir en su escape con su novia Lucy. 

—¿Escape? ¿Lucy? 

—¿Te suena? 

El hombre resopló como si aquella pregunta fuera demasiado obvia. 



Epsilion Crescent

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En el texto hay: fantasia, dimensiones, magia brujas hechiceros aventura romance

Editado: 16.12.2020

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