Medusa – John Michael Howell
Rhett
Miércoles 10 de mayo 2028 (o 96 días para que se vaya).
¿Qué carajos fue eso?
Hace cinco minutos que Maia salió del box de las caballerizas, prometiéndole a Storm que vendría mañana, y yo sigo parado aquí como un perfecto idiota con la mirada fija en el semental negro que tengo delante.
El infeliz me mira de reojo y suelta un relincho bajo. Se está burlando de mí. Estoy seguro de que se está burlando de mí.
Maldigo el día en que me hice amigo de Hunter.
Llevo cinco años aguantando caídas, coces que casi me mandan al hospital, mordiscos en el hombro y pisotones que me han dejado los dedos de los pies morados, todo para lograr amansar a la bestia más intratable del rancho. ¿Y para qué? Para que venga la princesita de la ciudad con su perfume dulce a playa, le susurre un par de cursilerías al oído y el maldito caballo se le derrita en los brazos como si fuera un cachorro faldero.
Bien sabemos que tú te derretirías en esos brazos si ella te dejara. ¿Viste cómo le acariciaba la crin? Ya quisieras que fuera tu cabello.
Sacudo la cabeza con fuerza, espantando el estúpido pensamiento intrusivo antes de que eche raíces en mi cerebro. No necesito pensar en sus dedos, ni en su risa, ni en la forma en que su top blanco dejaba al descubierto una curva condenadamente tentadora a la altura de su cadera.
Aseguro cada pestillo de los boxes por última vez para obligar a mi mente a concentrarse en otra cosa. Camino por el pasillo de tierra batida hasta llegar al box que está justo al lado del de Storm.
- Vendré mañana, muchacho –murmuro en un tono mucho más suave, pasando la palma de mi mano por el lomo de pelaje castaño brillante de mi caballo.
Flint. Un cuarto de milla castaño de pecho ancho y patas firmes. Papá me lo regaló poco después de mi accidente con la cuatrimoto, cuando casi se me perfora el pulmón, sentía que el mundo se me venía abajo. No sé dónde estaría hoy si no fuera por este animal.
Flint resopla, dándole un par de golpes rítmicos al suelo con el casco delantero y moviendo la cabeza de arriba a abajo. Su forma de decirme que ya es hora de que me largue a descansar.
Cierro la gran puerta de madera del establo, dejando la penumbra atrás, y tiro mi mochila de lona en el asiento del copiloto de la pick-up. El motor ruge en el silencio de la noche mientras enfilo el camino de tierra.
Solo me toma cinco minutos de carretera rural conducir de regreso a nuestra propiedad. A esta hora, la chimenea de la forja en el taller de Vance Iron & Fencing ya está apagada y el olor a hierro templado se mezcla con el aire frío que baja de las montañas. Estaciono en el garaje de la casa principal y apago el motor.
En cuanto pongo un pie fuera de la cabina, puedo escuchar las notas lentas y arrastradas de un blues rústico que se escapa por la ventana del salón, acompañado por el suave arrastrar de pasos rítmicos sobre el suelo de madera. Mis padres están bailando. Otra vez.
Desde que tengo memoria, ellos dos han sido la definición de una pareja perfecta. No es que no discutan; viviendo en este valle aprendes que las diferencias son tan inevitables como las tormentas de nieve, pero siempre se han asegurado de solucionarlas antes de sentarse a cenar.
Abro la puerta que conecta el garaje con el pasillo interior de la casa y el calor del hogar me golpea de lleno, impregnado con el aroma dulce de los hotcakes recién hechos que mamá prepara cuando sabe que tuve un día largo.
- Hasta que el doctor de los animales decide regresar a casa –truena la voz profunda de mi padre desde el centro del salón, deteniendo su lento balanceo con mamá para mirarme con una ceja alzada y una sonrisa de suficiencia.
- ¿Cómo te fue hoy, hijo? –pregunta mamá, soltándose del agarre de papá para acercarse a mí. Me toma el rostro entre sus manos cálidas, examinándome con esos ojos de un verde claro idéntico al que me heredó–. Sarah me llamó hace un rato. Me dijo que tuviste que ir a buscar a la hija de Robert a Bozeman.
- Ah, sí –chasqueo la lengua y ruedo los ojos con fastidio, dejando la mochila sobre la encimera de la cocina–. Tuve que hacer de chofer de la princesita de Miami –mascullo entre dientes, intentando sacarme de la nariz el recuerdo de su perfume a coco y playa.
- Vaya… parece que alguien llegó de muy mal humor de las caballerizas –se burla papá, apoyándose contra el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre su enorme pecho de herrero.
- Es la dueña de Storm –mascullo, sirviéndome un vaso de agua fría directo del grifo para enfriar la molestia que todavía me quema el pecho.
- ¿El semental negro que está en el box contiguo a Flint? –pregunta papá, frunciendo el ceño con genuina curiosidad.
- Sí, papá. El mismo. El mismísimo caballo que me soltó una patada el primer día que intenté ponerle una herradura y que casi me rompe la tibia… ese animal literalmente se derritió sobre su hombro en cuanto ella lo abrazó.
Mamá suelta una risita baja mientras coloca un plato con tres hotcakes humeantes frente a mí en la encimera.
- Así que la princesita de Miami logró domar al gran semental negro en dos minutos… –dice mamá, apoyando los codos sobre la mesa y mirándome con una chispa de pura burla en sus ojos verdes–. Y a ti te tomó tres años, una cicatriz en el hombro y medio bote de pomada para los golpes. Vaya, Rhett, parece que la chica tiene mejor mano para los caballos que el mismísimo futuro veterinario de la familia.
- No tiene mejor mano –mascullo, clavándole el tenedor al primer hotcake con más fuerza de la necesaria–. Tuvo suerte. El caballo seguro estaba cansado.
- Claro, mi amor, seguro fue eso –se burla ella, dándome un beso en la mejilla–. Anda, come y vete a la cama. Mañana tienes que estar temprano en el rancho de Arthur, y no me gustaría que te quedes dormido frente a la "princesita".