PUNTO DE VISTA DE DIDIER
Desde que mi hermano Bastián formó esta familia, con quien más tiempo he pasado es con Alessia.
Nuestra relación siempre ha sido especial, cercana, como la de verdaderos hermanos a pesar de no compartir lazos de sangre directos. Cuando Alesso, el hermano mayor de Alessia, estaba, los tres éramos inseparables.
Éramos como los tres mosqueteros, enfrentando juntos los desafíos de crecer en una familia reconstruida.
Alessia, siendo la menor, siempre buscaba nuestra protección y guía. Alesso y yo competíamos sanamente por ser su favorito, lo que a menudo resultaba en situaciones divertidas.
Sin embargo, hace dos años, nuestro trío se vio alterado cuando Alesso partió al extranjero.
Su padre, insistió en que estudiara en uno de los colegios más prestigiosas de los Estados Unidos.
Apenas terminó la educación básica, Alesso se embarcó en esta nueva aventura. Fue un cambio drástico para todos nosotros, especialmente para él.
Desde entonces, Alessia y yo nos hemos convertido en un dúo inseparable.
Nos hemos apoyado mutuamente en la ausencia de Alesso, fortaleciendo aún más nuestro vínculo. Juntos hemos lideado con los traviesos gemelos, Anthony y Bladimir, los hijos de mi hermano y la mamá de Alessia.
Esos pequeños son como una mezcla de ángel y demonio.
Cuando se lo proponen, pueden ser un amor, mostrando una dulzura que te hace olvidar todas sus travesuras anteriores. Pero la mayor parte del tiempo, parecen la reencarnación de algún espíritu travieso, siempre listos para su próxima broma.
Dejando de lado a mis sobrinos maldosos y chillones, regreso a mi cercanía con Alessia.
Desde que éramos pequeños, siempre me sentí como el hermano mayor, el tío protector, el que quería cuidar a todos de cualquier cosa que pasara. Me esforcé por mostrarme fuerte y feliz, evitando pensar en mi madre. En realidad era feliz cuando estaba con Alesso y Alessia. Porque pasar tiempo con ellos, todo eso que extrañaba se iba momentáneamente.
Sin embargo, las noches eran diferentes. Cuando me quedaba solo en mi habitación, la máscara se caía y me permitía ser vulnerable.
Lloraba desconsoladamente en mi cama porque, aunque tenía a mi hermano y mi hermana que me querían y siempre me lo hacían sentir con un abrazo, yo anhelaba que mamá o papá estuvieran presentes.
Era en esos momentos de soledad cuando los pensamientos más oscuros me invadían.
Me acurucaba en la cama y me preguntaba qué habría sido de mi madre si yo me hubiera ido con ella. Si no la hubiera abandonado.
La culpa me carcomía, pensando que quizás, si hubiera tomado una decisión diferente, ella no se habría suicidado.
Tal vez aún estaría viva. Enferma de su cabecita, encerrada en un manicomio, sí, pero viva, y capaz de darme esos abrazos que todo niño o adolescente necesita de su madre.
Les explicó un poco. Soy... Hermano de Bastian y Joanne solo por parte de padre. Mi madre, siendo empleada de mi padre, se enamoró de él, se embarazó y terminó quedándose con mi padre, destruyendo el matrimonio que este tenía con la madre de mi hermano.
Aunque mi hermano no parecía aceptarme al principio, a pesar de que nunca perdonó a mi padre y madre por lo que hicieron, cuando papá murió, y mamá se volvió loca porque no se quedó con todo, Bastian peleó mi custodia y me dió un hogar. Luego mi madre se asesinó, de tristeza, por soledad. Por mi culpa. Porque la dejé sola.
A pesar de que Bastián insistió todo este tiempo en que la decisión de mi madre no tenía nada que ver conmigo, yo siempre sentí que era mi culpa que ella hubiera tomado esa terrible decisión.
Estos pensamientos me atormentaron en las noches oscuras, pero durante el día, la presencia de Alessia era como un bálsamo para mi alma herida.
Ella tenía una manera especial de detectar cuando la tristeza me embargaba, y sin decir una palabra, me envolvía en un abrazo que parece decir "Estoy aquí para ti".
Con el tiempo, esos gestos de cariño y comprensión hicieron que Alessia se convirtiera en mi persona favorita de entre toda la familia.
Alessia y yo hemos compartido innumerables momentos felices a lo largo de los años. Hemos hecho travesuras juntos, nos hemos reído hasta que nos dolía el estómago, y hemos creado recuerdos que atesoraré por siempre.
Recuerdo aquellas tardes de verano en las que nos escabullíamos al parque cercano con un par de helados, sentándonos en el césped a hablar durante horas sobre nuestros sueños y temores.
También están esas ocasiones en las que subíamos al Panecillo, esa colina que domina el paisaje de Quito. Desde allí, con el viento despeinándonos y la ciudad a nuestros pies, gritábamos saludos a todos los transeúntes como si fuéramos los reyes del mundo.
Sin embargo, a medida que Alessia fue creciendo y convirtiéndose en una señorita, noté que algo comenzaba a cambiar en nuestra dinámica.
Antes de cumplir los catorce, ya tenía una figura de adolescente, y muchas cosas se volvieron diferentes.
Sus abrazos, que antes me reconfortaban, ahora me generaban una incomodidad que no sabía cómo manejar.
Me encontré luchando contra pensamientos que sabía que no debía tener.
Intenté distanciarme, creyendo que era lo mejor para ambos, pero descubrí que era imposible.
Cuando no estaba cerca, cuando no la veía durante las vacaciones que solía pasar en Estados Unidos con su padre, o cuando yo me iba de viaje con mi hermana, la extrañaba intensamente.
Pasábamos horas hablando por teléfono, compartiendo cada detalle de nuestros días. Era como si la distancia física solo hubiera fortalecido nuestra conexión emocional. Sin embargo, estos sentimientos me hacían sentir culpable y confundido.
Cuando entré a la universidad, me propuse buscar relaciones con personas de mi edad. En un semestre, salí con varias chicas, pero de todas me aburría rápidamente.
A pesar de mis esfuerzos por distanciarme emocionalmente, Alessia y yo seguíamos siendo inseparables.
Continuamos con nuestras tradiciones: correr por el parque, comer helados, subir al Panecillo y gritar como locos saludando a todos.
Nuestra relación evolucionó hasta convertirnos en grandes amigos y confidentes. Podíamos hablar de cualquier cosa, desde nuestros miedos más profundos hasta nuestras aspiraciones más locas.
Sin embargo, a medida que Alessia se acercaba a la adolescencia, comencé a notar cambios sutiles en nuestra interacción.
Había miradas que duraban un seguando más de lo necesario, roces "accidentales" que enviaban escalofríos por mi columna.
Me negaba a creer que pudiera haber algo más que un cariño entre nosotros, convenciéndome de que sus deseos de pasar tiempo conmigo eran simplemente resultado de nuestra cercanía desde la infancia.
Pero aquí estamos ahora, en una situación que nunca imaginé.
Nos encontramos besándonos. Alessia, Jadea cuando mis manos presionan sus nalgas, las cuales se han metido debajo de su falda de uniforme y recorren su suave piel.
-¡Alessia! ¡Alessia! -digo con voz jadeante porque siento que me corro en los pantalones.
No. No. Esto no puede estar ocurriendo, si Bastián se entera, o la misma Amaia, me matarán.
Alejo a Alessia que parece una Drácula por mi cuello.
¡OH, Dios santo!
Ella sí que sabe cómo hacerme correr sin siquiera tener contacto físico.
Alessia se aleja y nos miramos, baja la mirada y vuelve a mirarme.
-Siento algo húmedo y caliente ahí abajo -trago grueso antes su insinuación, y suelto una carcajada cuando dice-. ¿Te measte Didier?
-No seas tonta, se llama eyacular -explico tirándola a su asiento.
Se golpea la cabeza y se queja. Sé que está exagerando, siempre lo hace. Aunque debo reconocer que muchas veces me vuelvo brusco cuando intento simular lo que estoy sintiendo.
-Pero... eyaculan los hombres ¿así?
-No. Pero tu hiciste que sucediera pronto.
Discutimos como siempre, lanzándonos la culpa uno al otro. Ya luego de bromear con aquello y abrazarnos, sobre todo besarnos por muchos minutos, me sereno y pienso.
-Sabes que las cosas van a cambiar, ¿cierto?
Ella asiente, sus ojos llenos de preguntas.
-¿Qué haremos? ¿Se lo diremos a alguien?
-No -respondo casi gritando-. No podemos decirle a nadie. Nosotros... no podemos estar juntos de esta manera. Somos familia.
-No somos familia de sangre -argumenta ella.
-Eso no importa, Alessia. Hemos crecido como familia. Esto... esto no está bien.
Veo el dolor en sus ojos y me siento terrible por ser yo quien lo causa. Pero sé que tengo que ser el adulto en esta situación, tengo que hacer lo correcto.
-Solo... en casa, tratemos de no encontrarnos a solas por un tiempo -sugiero, intentando sonar razonabl.
-Necesitamos tiempo para pensar, para aclarar nuestros sentimientos.
Alessia asiente lentamente, aunque puedo ver que no está completamente de acuerdo.
Nos damos un último abrazo.
De camino a casa, le pido a Alessia que mire por la ventana. Necesito concentrarme en conducir y en poner mis pensamientos en orden.
Al llegar a casa, Alessia me recuerda que tenga cuidado con las bromas de los gemelos.
-Didi, revisa que no haya baldes de agua al abrir la puerta -dice, refiriéndose a las frecuentes travesuras de Anthony y Bladimir.
-Hoy no, Alessia. Bastián y Amaia están en casa -le recuerdo, agradecido por el cambio de tema.
Entramos y, tal como esperábamos, encontramos a los gemelos sentados en la sala, fingiendo ser dos pequeños caballeros leyendo revistas.
-Voy a cambiarme y ya bajo -anuncio después de saludar.
-No corras, Didier. Los escalones no son juego -advierte uno de los gemelos con un tono exageradamente maduro.
-Soy tu tío -le recuerdo desde lo alto de las escaleras- no me tutees.
Aprovechando que Bastián no lo ve, me saca la lengua. Típico de ellos.
Mientras subo las escaleras, mi mente da vueltas tratando de procesar todo lo ocurrido.
Joder, la he cagado, la he cagado bien feo.
Debí irme del país apenas salí del cole, pero con eso de que mi hermana Joanne se marchó sin avisarnos, Bastián no quiso dejarme ir a ningún lado.
Quizás ahora que ya soy mayor de edad, que ya las aguas se han calmado y sabemos que nuestra hermana está bien, pueda dejarme ir a Inglaterra y así, poner fin a eso que nunca debió tener comienzo.
Bajo a la sala cambiado, evito la mirada de Alessia, pero me siento a su lado como siempre, porque cambiarme sería sospechoso para un Bastián que siempre parece que no está viendo, pero sí que lo está.
En más de una ocasión parece estar viendo a otra parte y suele cachar a los gemelos con sus gestos groseros hacia nosotros.
Voy a beber del jugo cuando Ale lleva su mano a mi pierna, ese simple contacto hace que escupa el jugo y me ponga rojo.
-¿Qué asco! -dicen los gemelos mientras con elegancias pasan la servilleta por sus rostros limpiando estos, ya que a ellos le cayó el jugo que escupí.
-Lo siento -miro de reojo a Alessia y puedo verla que sonríe disimuladamente.
-¿Estás bien, Didier? -Inquiere Amaia preocupada.
-Si, solo que... me recordé un chiste -explico tragando grueso.