PUNTO DE VISTA DE ALESSIA
Escucho lo que mi madre dice y siento mi corazón romperse. Mientras miró a Didier, la empleada informa del que desayuno está listo.
-Vamos a desayunar.
Didier se excusa que olvidó algo y vuelve a subir. Quiero seguirlo pero mi madre insiste que vaya a desayunar.
En el comedor, me mantengo en silencio, revolviendo la comida que me resulta insípida. El nudo en mi garganta dificulta tragar y, después de dos bocados forzados, termino rechazando el resto.
Mi madre me observa desde el otro lado de la mesa. Puedo sentir su mirada clavada en mí mientras rechazo el plato de huevos revueltos que tanto me encantan.
-Come Alessia, no es bueno que te vayas sin desayunar.
-No tengo hambre -respondo en voz baja, apartando la mirada.
-Pero que ocurre. ¿Estás enferma?
Miró a Didier, que recientemente se sentó en el comedor, quien baja la mirada a su plato.
-No estoy enferma, mamá. Solo... Hoy no quiero comer.
¿Cómo explicarle que la razón de mi desánimo es el inminente viaje de Didier?
¿Cómo hacerle entender que mi corazón se está rompiendo por alguien que se supone debería querer solo como un hermano?
Me levanto del comedor pidiendo permiso, sintiendo las miradas de todos sobre mí.
Llego a la sala, tomo mi mochila con desgana, revisando que llevo todo lo necesario para el día escolar que se avecina.
Libros, cuadernos, lápices... objetos cotidianos que de repente parecen insignificantes pero que suelen ser necesarios en mi uso escolar.
Salgo de la sala dirigiéndome directamente a la puerta principal.
Me siento en los escalones de la entrada, esperando que Didier salga. Sé que no tardará en hacerlo porque ingresa temprano a la universidad, y no es el típico alumno que le guste llegar atrasado.
Conozco su rutina de memoria, cada detalle de su vida diaria grabado en mi mente como si fuera la mía propia.
El sol de la mañana comienza a calentar, pero yo siento un frío interior que ningún rayo solar puede disipar.
Observo el vecindario despertar lentamente: los vecinos saliendo a trabajar, los niños caminando hacia la parada del autobús escolar.
Mamá también sale junto a los gemelos para llevarlos a la escuela, de paso pasar por Patty: está es mi otra hermana, bueno, en realidad es mi prima, hija de la hermana fallecida de mamá.
A Patty le ha dado por quedarse en casa de los abuelos, y mamá debe irla a recoger y dejar cada día, por eso no puede dejarme a mi en el colegio.
Los gemelos pasan corriendo hacia el auto.
-¡Adiós, Alessia! -gritan al unísono, saludando con sus manitas.
Fuerzo una sonrisa y les devuelvo el saludo.
Mamá me mira una vez más, la preocupación visible en sus ojos.
-¿Segura que estás bien, cariño? -pregunta, su mano descansando suavemente sobre mi hombro.
Asiento, incapaz de confiar en mi voz para no quebrarse.
Ella suspira, no del todo convencida, pero decide no presionar más. Con un beso rápido en mi frente, se dirige al auto.
En cuanto a Bastián, sale para ir al trabajo, su traje impecable y su maletín en mano. Me dedica una sonrisa cálida al pasar.
-Que tengas un buen día, Alessia -dice, revolviendo cariñosamente mi cabello como lo ha hecho desde que era pequeña.
No puedo evitar sentir una punzada de culpa por todo lo que dije con mi hermano en el pasado. Cuando lo odiabamos por haber llegado a la vida de mi madre.
Bastián ha sido un padrastro maravilloso, siempre cariñoso y atento. Él no se merecía nada de lo que hicimos.
No fue su culpa que mi padre traicionara a mamá con la propia sobrina de ella. Bastián ni siquiera llegaba a su vida cuando eso sucedió. ¿Cómo pudimos responsabilizarlo de destruir el matrimonio de nuestros padres?
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Después de lo que parece una eternidad, sale Didier. Mi corazón da un vuelco al sentir sus pasos.
Giro lentamente para mirarlo. Está tan guapo como siempre, con su cabello perfectamente peinado y su ropa casual.
Por un momento, nuestras miradas se cruzan, y puedo ver un destello de algo en sus ojos... Pero desaparece tan rápido que me pregunto si lo he imaginado.
Me despido de los gemelos y de mamá, incluso de Bastián que están a punto de salir.
Subo al auto de Didier y desde dentro observo como cada uno se va.
Cuando Didier ingresa no me mira, solo acomoda su cinturón y enciende el coche.
-¿Esa era la solución?
Él sigue sin mirarme, sus ojos fijos en el camino frente a nosotros
- ¿Irte? ¿Dejarme sola?
Veo cómo sus manos se tensan alrededor del volante. Por un momento, creo que no va a responder, que va a ignorar mi pregunta como ha estado ignorando mis sentimientos.
-No estarás sola -dice-. Estarás con tu mamá, con tus hermanos, con toda la familia.
Sus palabras, aunque ciertas en un sentido literal no hacen nada para aliviar el dolor en mi pecho.
¿Cómo explicarle que ninguno de ellos puede llenar el vacío que dejará su partida?
-Si que me dejas sola -insisto, luchando contra las lágrimas-. ¿Por qué? -le miro esperando que dé una respuesta clara, una explicación que pueda entender, que pueda aceptar. Pero lo único que dice es:
-Esto es lo mejor, Alessia.
Siento que mi corazón se contrae dolorosamente ante esas palabras. ¿Lo mejor? ¿Cómo puede ser lo mejor destrozar mis sueños, mis esperanzas de nosotros juntos?
-No -niego, mi voz quebrándose-. No es lo mejor, Didi. Podemos decirles, ellos lo aceptarán, estoy segura de que...
-No -me interrumpe, su mirada encontrándose con la mía por un breve segundo.
Didier se detiene a unos metros, colocando el freno de mano.
-No vamos a decirle nada porque no sé lo que quiero, Alessia -dice-. Tampoco sé lo que tú quieres.
¿Cómo puede decir eso? ¿Cómo puede dudar de mis sentimientos?
-Yo si sé lo que quiero -declaro, las lágrimas finalmente escapando de mis ojos-. Y lo que quiero es estar contigo, quiero ser tu novia.
Veo cómo Didier se tensa ante mis palabras, como si le hubiera golpeado físicamente. Su expresión se endurece aún más.
-¿Novia? -repite-. No puedes ser mi novia. No quiero que seas mi novia -sentencia, y cada sílaba es como una puñalada directa a mi corazón.
Las lágrimas fluyen libremente ahora, cayendo sobre mis manos. No puedo creer lo que estoy escuchando.
Yo creí que le gustaba, que sentía lo mismo que yo. Pensé que después de los besos que compartimos ayer, él le diría a su hermano que me quiere. Imaginé que juntos hablaríamos con mi mamá, que al ser ella la esposa de su hermano, todos estarían de acuerdo en que saliéramos.
Pero Didier ha decidido no decir nada, no comentarle a Bastián que ayer me besó, que siente cosas por mí. Ha decidido irse del país, abandonar la casa y olvidar lo que pasó entre nosotros.
Dice que no me quiere como su novia, que... ¿No me quiere?
El dolor es tan intenso que por un momento me cuesta respirar. Siento como si mi mundo entero se estuviera desmoronando a mi alrededor.
-Creí que me querías -logro articular entre sollozos-, que querías lo mismo que yo. Ser novios.
-Te quiero -responde de inmediato-. Pero no puedo convertirte en mi novia, Alessia. Entiende que no podemos dañar la hermosa familia que tenemos.
¿Cómo puede decir que me quiere y al mismo tiempo rechazarme de esta manera?
-No la vamos a dañar -argumento, aferrándome a cualquier esperanza.
-Si que la podemos dañar -insiste-. ¿Sabes lo que pasará si tenemos una relación? ¿Sabes que corremos con la posibilidad de tener discusiones, peleas de enamorados y, eso afectará la relación de mi hermano con tu madre? Y si llegamos a terminar en malos términos, nuestra familia nunca volverá a ser la misma. ¿Lo entiendes?
Escucho sus argumentos, pero no puedo aceptarlos.
¿Por qué está tan seguro de que las cosas saldrán mal? ¿Por qué no puede ver lo hermoso que podría ser?
-¿Por qué piensas en terminar cuando ni siquiera empezamos?
-Porque son los riesgos de una relación -responde tajante, como si estuviera explicando algo obvio a una niña pequeña.
-Pues yo solo pienso en estar contigo por el resto de mi vida -declaro, poniendo todo mi corazón en esas palabras.
Didier suspira, pasándose una mano por el cabello en un gesto de frustración que he llegado a conocer bien.
-Eres muy joven para pensar en pasar el resto de tu vida con alguien, Alessia -dice, su voz más suave ahora-. Solo tienes catorce.
Su condescendencia enciende una chispa de enojo en mí.
Estoy cansada de que me trate como a una niña, de que use mi edad como excusa para invalidar mis sentimientos.
-Pronto cumpliré quince -le recuerdo, alzando la voz-. Y tú tampoco es que estés viejo. Solo me llevas cuatro años.
Didier se queda en silencio, su mirada fija en algún punto frente a nosotros. Suspira profundamente y habla:
-Lo siento Alessia, pero yo no voy a arruinar esta relación maravillosa que tenemos como familia -dice.
-Yo me iré a estudiar la universidad a Inglaterra, tú te quedarás aquí, seguirás estudiando el colegio y madurando. Quizás cuando ya no me veas, cuando ya no compartas tiempo conmigo, descubras que eso que sientes por mí solo es una ilusión.
Sus palabras me golpean con fuerza. Didier se va, y no hay nada que pueda hacer para detenerlo.
Hace una pausa, como si estuviera reuniendo fuerzas para lo que va a decir a continuación.
-No quiero que hables con nadie de lo sucedido ayer -continúa, su tono volviéndose más duro-. Has de cuenta que no pasó. Porque si mi hermano o tu mamá se enteran. No te volveré a hablar.
La amenaza en sus palabras me sorprende y me hiere profundamente. ¿Cómo puede pasar de decir que me quiere a amenazarme de esta manera?
Aparto la mirada, incapaz de soportar la dureza en sus ojos. Las lágrimas caen libremente ahora, y ni siquiera intento detenerlas.
-Bien, no diré nada -logro decir-. Ahora llévame al colegio.
Didier arranca el auto sin decir una palabra más. A medida que avanzamos, limpio mis lágrimas, tratando de recomponerme antes de llegar al colegio.
Cuando el auto se detiene frente a la entrada, bajo de prisa sin despedirme de Didier. No puedo soportar estar un minuto más en ese espacio cerrado con él.
Entro corriendo al colegio, ignorando las miradas curiosas de mis compañeros. Mi único objetivo es llegar a los baños antes de que el llanto que he estado conteniendo explote.
Me encierro en uno de los cubículos y finalmente dejo fluir todas las lágrimas que he estado sosteniendo.
Los sollozos sacuden mi cuerpo mientras apoyo la frente contra la fría pared del baño. El dolor en mi pecho es casi físico, como si alguien hubiera abierto un agujero justo en el centro de mi corazón.
Sabía que no debía decirle lo que sentía. Sabía que era un error darle a conocer mis sentimientos, pero lo hice, lo hice arriesgándome con todo. Sin embargo, Didier no quiere aceptarlos, no quiere tener nada conmigo, y eso me hace sentir completamente destrozada.
Paso varios minutos en el baño, tratando de calmarme lo suficiente para enfrentar el día escolar. Cuando salgo, ingreso al salón evitando el contacto visual con los demás. Algunas de mis amigas se sientan a mi lado, pero mantengo la mirada fija en un libro, fingiendo estar absorta en la lectura. Las escucho hablar animadamente sobre nuestras próximas "víctimas", y de cómo le joderemos la vida a las feas del salón, pero hoy no estoy para nada de maldades. Hoy solo quiero llorar porque el chico que me gusta no me quiere, porque mi mundo se está desmoronando y nadie parece notarlo.
El maestro ingresa, y agradezco la distracción. Imparte sus conocimientos. Cuando se va, el salón a mi alrededor se convierte en un descontrol.
Chicos corriendo, otros saltando en las bancas y algunos besándose sobre el escritorio con sus parejas. La escena normal de cualquier día de escuela, pero hoy me parece aburrida, como si estuviera observando todo a través de una gruesa capa de niebla.
-¿Qué sucede contigo? -inquiere una de mis amigas.
-Nada, solo déjame sola -respondo irritada, mi cabeza aún apoyada sobre el pupitre.
Afortunadamente, no insiste más. La llegada de la siguiente profesora pone fin a cualquier intento de conversación.
Al sonar la campana soy la primera en abandonar el salón. Necesito aire, necesito espacio. Busco un rincón apartado en el patio, un lugar donde pueda estar sola con mis pensamientos, con mi dolor.
Me siento en un banco solitario, mi mirada perdida en la cancha de fútbol donde algunos chicos juegan animadamente.
No los veo realmente, mi mente está muy lejos, reviviendo una y otra vez la conversación con Didier en el auto.
-Alessia, dijiste que hoy nos contarías sobre el chico que besaste ayer -dicen mis tres amigas, parándose frente a mí.
No respondo, ni siquiera las miro. Siguen mi mirada hacia la cancha de fútbol.
-¿Es el capitán? -comenta una, emocionada.
-Oh, si es él está guapo -añade otra.
-No más que el arquero -opina la tercera.
Sus voces suenan distantes, irrelevantes. No saben que ninguno de esos chicos puede compararse con Didier. No entienden que mi corazón está roto, que el chico que besé, el chico que amo, me ha rechazado de la manera más dolorosa posible.
Me levanto sin decir palabra, dejándolas con sus especulaciones. No puedo soportar sus entusiasmos, sus fantasías románticas.
A la salida, camino despacio, como no queriendo llegar al auto. Cada paso me acerca más a casa, a la realidad de que Didier se irá pronto. Cada hora que pasa es un acercamiento inminente de su partida.
Al salir, me sorprende encontrar el auto de mi padre estacionado. Verlo ahí, esperándome, provoca emociones en mí.
-Princesa -dice con una sonrisa, abriendo la puerta para que suba.
-¿Cuándo volviste? -pregunto mientras me acomodo en el asiento-. ¿Alesso vino contigo?
-No, Alesso no vino -responde, arrancando el auto-. Tiene mucho que estudiar, está a punto de graduarse, así que no puede distraerse.
Escucho su explicación y no puedo evitar sentir una punzada de envidia hacia mi hermano.
Antes me alegraba que papá no me hubiera enviado a estudiar a Estados Unidos como a Alesso. No quería apartarme de Didier, de mamá, ni de mis hermanos. Pero ahora, con Didier yéndose, con mi corazón roto, la idea de estar lejos, de estar cerca de Alesso, suena tentadora.
-¿Has llorado, amor? -pregunta papá de repente, levantando mi mentón.
¿Tan obvio es mi estado de ánimo? Rápidamente, invento una excusa.
-No, es por las muchas horas que nos tuvieron en la computadora, en la hora de informática -miento, sabiendo que papá no tiene forma de verificar esta información.
-Debes usar los lentes.
-Y verme como Betty -bromeo sin gracia.
Él me abraza, y el gesto casi me hace romper en llanto.
Quiero llorar, quiero contarle todo, desahogar este dolor profundo que siento en el pecho. Pero no puedo. No puedo decirle la verdad sin traicionar a Didier, sin arriesgarme a perderlo para siempre.
-¿Por qué viniste?
-Tu mamá me escribió -explica-. Dijo que estará fuera del país, y que necesitaba que me quedara contigo unos días. Así que me tomé unos días para venir a solucionar unos asuntos laborables y pasar tiempo con mi hija.
Su respuesta me sorprende. No sabía que mamá se iba de viaje.
-¿Pero me vas a llevar ahora mismo a tu casa?
Una parte de mí espera que diga que no, que podemos pasar por casa primero, que tal vez pueda ver a Didier una última vez antes de irme.
Papá asiente y siento cómo la decepción se instala en mi pecho. No veré a Didier esta noche. No tendré la oportunidad de hablar con él una vez más, de intentar hacerle cambiar de opinión.
-Pero antes pasaremos por las cosas que necesitarás los siguientes días de clases.
Mientras papá conduce, miro por la ventana, viendo pasar las calles familiares.
Didier se irá a Inglaterra, yo me quedaré aquí, atrapada entre el amor que siento y el que se supone que debo sentir.
Las lágrimas amenazan con caer nuevamente, pero las contengo. No puedo llorar frente a papá.
Así que me trago el nudo en la garganta, fuerzo una sonrisa y me preparo para fingir que todo está bien. Porque eso es lo que se espera de mí, ¿no? Ser fuerte, ser madura, olvidar este "enamoramiento pasajero" como Didier lo llamó.
Llegamos a casa y encuentro el auto de Didi ya estacionado. No fue por mí a la escuela, seguro mi padre le informó a mi mamá que pasaría por mí y ella le dió aviso a Didier.
-Ve pronto cariño -aconseja papá. Voy de prisa, porque sé que es difícil para él estar frente a la casa en la que ahora mi madre y yo vivimos. Sé que eso le recuerda la familia que tuvo con mamá y perdió.
Subo las gradas y voy a mí habitación, agarro las cosas que necesitaré toda la semana. Al salir, encuentro a Didi en el pasillo observando por la ventana. De pronto me mira y sonríe.
-¿Te vas con tu papá? -asientó y sin esperar más tiempo me voy, porque verlo y no poder tocarlo, me hace doler el corazón.