Cicatriz de Colmillo y Luna

PRÓLOGO — La noche de la Convocatoria

La luna llena colgaba sobre el valle como una moneda de plata, y el bosque entero olía a miedo.

Nerea tenía nueve años y estaba metida en el hueco de un roble caído, con las rodillas pegadas al pecho. Su madre se arrodilló frente a ella. Llevaba el cuello vendado con una tela que ya no era blanca, y le temblaban las manos mientras le abrochaba el abrigo hasta la barbilla.

—Mírame, Nerea.

—Tengo frío.

—Ya lo sé. Mírame.

La niña levantó la cara. Maelis le sujetó la cabeza con las dos manos, con una fuerza que no era de cariño, sino de urgencia.
—Si alguien con el apellido Draven te pregunta quién eres, no digas mi nombre. No digas de quién eres hija. ¿Me entiendes?

—No.

—Mejor. Así no tendrás que mentir bien.

Le puso algo en la palma: una llave pequeña de latón, atada con un hilo rojo. Cerró los dedos de Nerea alrededor de ella, uno por uno.

—Guárdala. Cuando seas grande, sabrás qué abre.

—Mamá, ven conmigo.

—Voy a hacer que me sigan. No salgas hasta que sea de día, aunque oigas aullar. Aunque me oigas a mí.

La besó en la frente. Olía a mandarina y a hierba pisada. Después se fue, y el ruido de sus pasos se deshizo entre las ramas.

Nerea contó hasta cien, y luego otra vez, y otra más. Los aullidos empezaron lejos y se fueron acercando, uno detrás de otro, hasta que el valle pareció respirar con ellos.

Una sombra grande pasó junto al tronco. Ella apretó la llave contra el pecho y no se atrevió a mirar. Cuando por fin levantó los ojos, había un lobo parado en el claro, a tres pasos: joven, flaco, de pelaje gris oscuro y ojos claros fijos en el hueco donde ella se escondía.

Olfateó una vez. Dos veces.

Nerea dejó de respirar.

—¿Qué huele ahí, hijo? —preguntó una voz de hombre desde la oscuridad, grave y tranquila.

El lobo no se movió. La miró un largo rato, y ella supo, con la certeza que solo tienen los niños y los animales, que la había visto.

Después dio media vuelta y caminó hacia la voz.

—Nada —dijo el hombre—. ¿Nada, de verdad?

Se oyó el chasquido de unas mandíbulas y un quejido, uno solo, que se apagó enseguida.

Nerea esperó hasta que el cielo se aclaró, tal como le habían pedido. Su madre no volvió. La llave seguía en su mano mucho después de que los dedos dejaran de sentir el frío.




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