Cicatriz de Colmillo y Luna

Ley de Custodia

Mireya no leyó la solicitud. La sostuvo con dos dedos, como se sostiene algo caliente, y la dejó boca abajo sobre el escritorio.

El despacho olía a tinta y a menta, igual que cuando Nerea tenía diez años y venía a esperar a que su tutora terminara de firmar. Las estanterías llegaban hasta el techo. En la pared del fondo, un reloj de péndulo marcaba las seis y cuarto.

—¿Cuándo llegó?

—Esta tarde. Estaba en mi bandeja.

—¿Lo ha visto alguien más?

—Hugo no. La guardé enseguida.

Mireya se quitó las gafas y se apretó el puente de la nariz. Fue un gesto breve, casi invisible, pero Nerea llevaba quince años aprendiendo a leerla.

—Déjamela a mí.

—Es el nombre de mi madre.

—Lo sé. Por eso mismo. —Se puso las gafas otra vez, y con ellas, la cara de jueza—. No hables de esto con nadie. Con nadie, Nerea. Si vuelven a preguntar, el expediente está en revisión.

—¿Lo está?

—Desde ahora, sí.

Nerea esperó una explicación que no llegó. En su lugar, Mireya señaló la puerta con la barbilla.

—Mañana hay asamblea en la plaza del Consejo. Vas a ir. Quiero que oigas a ese hombre con tus propias orejas, y después quiero hablar contigo a solas.

—Parece una orden.

—Lo es. De las que se dan por tu bien.

La plaza se llenó al atardecer. Habían encendido las farolas aunque todavía quedaba luz, y en cada esquina había guardias de la casa Draven con los brazos cruzados. Al fondo se alzaba la tribuna de piedra gris, con las tres lunas del Consejo talladas en el frontón. Delante, los alfas. A los costados, los betas. Y al fondo de todo, detrás de una cuerda de terciopelo atada a postes de hierro, las omegas. Un cartel decía que era por su comodidad.

Nerea llegó con Tobías, que había traído a seis del refugio. Entre ellas iba Inés, de diecinueve años, que no soltaba el borde del chal ni cuando el viento se lo levantaba.

Con los supresores, Nerea olía poco, pero la plaza le llegaba entera de todos modos: el calor de tres mil cuerpos juntos, el humo de las antorchas, el pelo mojado de lobos que habían corrido hasta allí para no perderse el discurso. Su loba se removió, nerviosa. Nerea la sujetó con la misma firmeza de siempre y siguió caminando.

Los consejeros subieron a la tribuna en fila. Mireya iba entre los betas, de gris, con la media luna de plata prendida en la solapa. No miró hacia el fondo.

Octavio Draven subió el último.

Tenía sesenta y dos años, el pelo plateado peinado hacia atrás y un abrigo negro que le caía sin una arruga. No era el más alto de la tribuna ni el más ancho. Pero cuando se detuvo en el centro, tres mil personas dejaron de toser. A su derecha, medio paso atrás, había un hombre más joven con las manos cruzadas a la espalda: alto, de pelo oscuro, con un traje que no le sobraba un pliegue. Escuchaba con la cara de quien se sabe el discurso de memoria. Recorrió con los ojos la hilera de omegas del fondo, sin detenerse en ninguna, y Nerea apartó la cabeza sin saber por qué.

—Cuando yo era joven —empezó Octavio—, la fiebre de luna se llevó a una de cada dos omegas de estas montañas.

No levantó la voz. No lo necesitó.

—No se lo cuento por los libros. Se lo cuento porque cavé alguna de esas tumbas. Y aprendí algo allí abajo: que un pueblo que no protege a quienes lo sostienen acaba por desaparecer.

Un murmullo de asentimiento pasó entre los alfas como una corriente. Nerea sintió que Inés, a su lado, se encogía.

—La Ley de Custodia Plena no le quita nada a nadie. Pone un nombre junto a cada nombre. Un alfa responsable por cada omega, un techo, un sustento, un cuidado. No hay ley más vieja que esa, y llevamos años fingiendo que no la necesitamos.

Aguardó. Los guardias, en las esquinas, no se movían.

—El Consejo votará dentro de tres lunas. Mientras tanto, pido calma, y pido a las familias que acudan al Registro Provisional cuando se abra. Orden, cuidado, familia. Gracias.

La tribuna rompió en un aullido. Fue bajo al principio, un solo alfa, luego otro, luego una docena. La plaza lo repitió por reflejo, como se repite un bostezo, hasta que el suelo vibró. La loba de Nerea contestó desde el fondo de la garganta, y ella cerró la mandíbula con tanta fuerza que se mordió la mejilla por dentro.

—Cuenta los que no aúllan —le susurró Tobías al oído.

Nerea contó. Todas las omegas de la cuerda estaban calladas. Y entre los betas había bocas que se abrían y se cerraban sin sonido, para parecer lo que no eran.

Se desperdigaron por las calles laterales con la prisa de quien no quiere ser visto. Tobías se llevó a las del refugio hasta la fuente de la esquina y las dejó descansar en el borde de piedra. Inés temblaba.

—Catorce camas —dijo Tobías en voz baja, solo para Nerea—. Treinta y una personas. Esta semana entraron tres más, y cada una cuenta lo mismo con otras palabras: que las colocaron. Es lo que dicen. «Me colocaron». Las llevan a una casa, y en la casa te dan cuarto, ropa, comida, un nombre nuevo para el contrato. Y lo demás lo adivinas tú.

—No hay ninguna ley que lo permita.

—No hay ninguna ley que lo prohíba. —Tobías se pasó la mano por el pelo rizado—. Eso es lo que no entiendes de lo que acabamos de oír, Nerea. Esa ley no inventa nada. Le pone sello a lo que ya ocurre, y de paso lo hace respetable.

—¿Y Lía?

—Escribió otra vez. Dos líneas. Letra redonda.

No hizo falta decir más. Nerea le apretó el hombro y él cerró los ojos un segundo.

—Voy a llevármelas de aquí —dijo, mirando a las chicas—. Pásate por el refugio cuando puedas. Y no te quedes sola esta noche, ¿me oyes?

—Tengo trabajo.

—Siempre tienes trabajo. Es tu forma de no tener miedo.

Se fue sin esperar respuesta. Nerea lo vio alejarse con las seis omegas detrás, como una fila de patos en un lago que les quedaba enorme, y sintió una punzada de cariño tan fuerte que casi le dolió.

Mireya la esperaba en el Archivo, en el despacho, con la lámpara encendida y dos tazas de té que se habían enfriado. Nerea cerró la puerta a su espalda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.