Lo primero que Nerea hacía cada mañana era tapar la cicatriz.
Lo hacía sin café, con la ventana cerrada y la cabeza todavía a medias en el sueño. Se inclinaba hacia el espejo del baño con la cabeza ladeada y buscaba la línea con la yema de los dedos: una franja de piel más lisa y más clara que el resto, del largo de un pulgar, justo debajo de la oreja izquierda. Después, el polvo. Una capa, otra más, y una tercera mezclada con agua para que no se agrietara. Había tardado cinco años en dar con el tono exacto.
Encima iba la blusa, siempre de cuello alto, abotonada hasta arriba. Por último, la llave. Colgaba de una cadena fina y tenía un hilo rojo anudado al ojo, desteñido de tanto roce. Nerea la dejó caer dentro de la blusa y esperó a que el latón entrara en calor contra su pecho. Siempre tardaba.
La pastilla fue lo último: blanca, pequeña, sin agua. La tragó de pie, frente al calendario de la cocina, donde las lunas de Valcorvo estaban marcadas con un círculo de tinta. La próxima caía dentro de nueve días.
Su loba lo sabía. Se removía bajo las costillas con una inquietud sorda, como un animal que oye pasos en el piso de arriba. Hacía años que Nerea no la dejaba salir, y lo manejaba como manejaba todo lo demás: la ignoraba hasta que se cansaba de pedir.
Valcorvo despertaba oliendo a piedra mojada y a humo de carbón, y debajo de eso, a todo lo demás: pan, lana húmeda, sudor, el rastro de cientos de manadas que habían cruzado las mismas calles. Para cualquiera con buena nariz, la ciudad era un libro abierto. Nerea caminaba por ella casi a ciegas. Los supresores no solo apagaban el celo; le apagaban también el olor propio, y con él, media nariz. Ese era el precio, y lo pagaba cada mes con receta firmada.
Lo único que llevaba a la vista era la cédula gris prendida en la solapa. Los alfas la tenían blanca; los betas, azul. En la casilla de abajo, donde las omegas debían declarar quién respondía por ellas, la letra era pequeña y clara: Tutora: M. Ashdown.
El Archivo de Linajes ocupaba un edificio de otra época, en lo alto de la calle de los Notarios, con una cabeza de lobo tallada sobre la puerta y escalones tan gastados por siglos de pasos y de garras que el centro de cada uno se hundía como una cuchara. Dentro olía a papel, a cera y a pelo de lobo viejo. Nerea siempre había pensado que era la mejor mezcla del mundo.
—Llegas tarde —dijo Hugo desde el mostrador, sin levantar la cabeza.
—Llego a mi hora. Tú llegaste temprano.
—Eso es peor.
Hugo Lauder era beta, tenía cuarenta años, una barba que nunca terminaba de decidirse y una paciencia infinita con las fichas mal archivadas. Se quedaba con el mostrador de consultas y le dejaba a Nerea el trabajo de fondo, el que no exigía hablar con nadie: expedientes de linaje, actas de nacimiento, registros de marcas y de uniones. Papeles de todas las casas de las Cumbres. Nerea conocía el orden de aquel edificio como otros conocen el de su propia cocina.
A media mañana, el mostrador se llenó de voz.
—Necesito el acta de marca de los Vallejo, y la necesito hoy.
El hombre era un alfa de mediana edad, ancho, con un traje bueno y un olor que llegaba antes que él: cuero, tabaco, el fondo agrio de un lobo acostumbrado a que le abran paso. Le había hablado a Hugo, pero tenía los ojos puestos en Nerea, que pasaba detrás con una carpeta.
—Tú. Chiquilla. ¿Sabes dónde queda eso?
—Archivista Sol —dijo ella, sin detenerse—. Y sí, sé dónde queda. Pero el acta de marca de una casa no sale sin sello del Registro. Artículo cuarto.
—Tengo prisa.
—Pues llévele la prisa al Registro, que abre a las diez.
El alfa inhaló despacio, buscándole el olor, y se quedó sin nada. Eso era trabajo de la pastilla. Frunció el ceño con la incomodidad de quien no sabe en qué casilla poner a alguien. Hugo intervino con la fórmula cortés de siempre, estampó un recibo en el cuaderno y el hombre se fue arrastrando el abrigo.
—Un día te vas a topar con uno que no lea el reglamento —murmuró Hugo.
—Para eso lo tengo yo leído.
—No sé si eso te salva o te condena.
Nerea no contestó. Se llevó la carpeta al fondo, donde nadie la veía, y se tocó el cuello por encima de la tela.
Hacia el mediodía llegó Tobías, con la nariz roja de frío y una bolsa de papel de panadería. Tobías Reyes era omega, como ella, pero a diferencia de ella lo llevaba a la vista: veinticinco años, pelo rizado, una cédula gris que lucía como una medalla. Dirigía el refugio de la calle Cantera y vivía convencido de que, si hablaba lo bastante alto, el mundo terminaría escuchándolo.
Comieron en el patio de servicio, sentados en los peldaños de piedra, donde la pared los resguardaba del viento.
—Pan de nueces —dijo él—. Y debajo del pan, lo tuyo.
Entre las hogazas había dos cajas de supresores sin etiqueta. Nerea las escondió en el bolso sin mirarlas.
—Los de reserva —explicó Tobías—. Para que no dependas de que Mireya firme a tiempo.
—Mireya siempre firma a tiempo.
—Mireya firmaba. Pregúntame cómo se lo van a poner cuando entre la gente del Consejo.
—¿Qué gente del Consejo?
—Ah, todavía no lo sabes. —Tobías partió el pan con más fuerza de la necesaria—. Esta semana me llegaron tres omegas al refugio. Tres. Una se escapó de una casa de custodia de Valcorvo con los zapatos en la mano. Dicen que en el Consejo están preparando un registro.
—Un registro de qué.
—De nosotras, Nerea. De qué va a ser.
Se quedó callado un momento. Después sacó del bolsillo de la chaqueta un papel doblado en cuatro y lo alisó sobre la rodilla.
—Lía me escribió. Por fin. Dice que está bien, que la colocaron con una familia buena y que no me preocupe.
—Eso es una buena noticia.
—Usó la letra redonda. La que usa cuando miente.
Nerea le puso una mano en el brazo y él la dejó ahí, sin decir nada, hasta que se le pasó. Era una de las pocas cosas que sabían hacer bien los dos: acompañar sin explicar.