Cicatriz de Colmillo y Luna

Olor a ceniza

Mireya Ashdown lo recibió de pie, con una mano en el picaporte, como se recibe a quien no se piensa dejar pasar.

—Jueza.

—Señor Draven.

—Vengo por el expediente de Maelis Sol. La solicitud salió hoy con mi firma.

—La recibimos. El expediente está en revisión.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy.

Era la respuesta que su padre le había anticipado en el coche, de camino a la plaza, sin apartar la vista de la ventanilla. "Te dirá que está en revisión. No discutas. Espera fuera y fíjate en quién sale." Ciro había asentido sin preguntar por qué. Hacía años que no preguntaba por qué. Era más limpio.

—Entiendo —dijo.

—Dudo que lo entienda, pero se lo agradezco. Buenas noches.

La puerta se cerró sin portazo. Mireya Ashdown cerraba así, sin ruido y sin posibilidad de apelación.

Ciro había mandado al chófer a casa. Prefería esperar solo, al volante, con el motor apagado y las manos sobre las rodillas, mirando la puerta del Archivo a través de la llovizna. La calle de los Notarios no tenía mucho que ofrecer: farolas, adoquines, un gato que cruzó sin prisa. A los veinte minutos, una mujer joven subió los escalones con el abrigo cerrado hasta la barbilla, entró sin mirar atrás, y no volvió a salir.

Tenía tiempo para pensar. Era lo que menos le convenía.

Aún le zumbaban los oídos del aullido de la plaza. Él no había aullado en la tribuna, y nadie lo había notado salvo Nilo, que lo conocía desde hacía veinte años y supo sin mirarlo que su lobo se había quedado callado dentro. "Orden, cuidado, familia." Ciro había escuchado esas tres palabras escritas en el borrador, corregidas por su padre con tinta azul, y las había oído otra vez en la plaza, pronunciadas con la misma calma. Todo lo que su padre decía sonaba a razonable. Ese era su talento.

Mañana, a primera hora, le esperaban dos traslados por firmar. Había firmado muchos. Leído, menos.

Apartó el pensamiento con la misma mano con la que se apartaba el pelo mojado de la frente.

A las once menos diez, se encendió la luz del vestíbulo del Archivo. La puerta se abrió. Salió la misma mujer del abrigo cerrado, sola, con un bolso colgado del hombro, y bajó los escalones con una lentitud de cansancio, uno por uno, con la mano en la barandilla.

Ciro abrió la puerta del coche.

Cruzó la calle sin prisa, para no parecer lo que era. Ella se detuvo en el último escalón. Aunque llevaba el pelo recogido, un mechón se le había soltado y se le pegaba a la sien por la humedad. Era alta, para ser omega, de hombros rectos y manos escondidas en los bolsillos del abrigo, y cuando él habló, ella dio medio paso hacia atrás, hasta que la espalda tocó la piedra del edificio.

—Archivista Sol. Creo que tenemos que hablar de un expediente.

Dijo la frase con la voz con la que daba órdenes en el despacho. Se arrepintió en cuanto salió de su boca.

—No sé de qué expediente me habla.

—Del que llegó esta tarde a su bandeja, firmado por mí.

—Los expedientes los gestiona la jueza Ashdown. Dice que está en revisión.

—Me lo dijo hace dos horas. La solicitud llegó a las tres. Se revisa deprisa en este Archivo.

—Se revisa cuando hace falta.

Hablaba despacio, sin levantar la voz, con una frialdad pulida que no había aprendido en una escuela. Él conocía ese tono: lo usaba su padre. Eso lo incomodó más que cualquier insolencia.

El viento giró.

Fue apenas una corriente de aire que le trajo, desde la mujer, un olor que no debía estar ahí. Los supresores hacían su trabajo; de ella no llegaba el rastro de piel ni de casta que cualquier omega dejaba en una calle. Pero por debajo, como una voz oída a través de una pared, subía algo más pequeño y más limpio: mandarina. Cáscara abierta con la uña. Hierba pisada.

Su lobo levantó la cabeza dentro de él con una brusquedad que no le conocía.

Un hueco de tronco, de noche. Un olor igual, escondido entre las raíces. Una voz de hombre a su espalda, tranquila: ¿Qué huele ahí, hijo?

Ciro no visitaba ese recuerdo. Era un cuarto al que había puesto una tapa encima hacía quince años, y la tapa había aguantado. Ahora crujía. Bajo la camisa, en el hombro izquierdo, la cicatriz se encendió como si alguien le hubiera acercado una brasa.

—¿Se encuentra bien? —preguntó la mujer.

—Sí.

—Parece que no.

—Estoy bien. —Se obligó a mover los hombros y a mirarla de nuevo—. Huelo a ceniza, supongo. Es lo que me dicen.

—Huele a ceniza —asintió ella—. No era un cumplido.

—Tampoco lo tomé como tal.

—Mis supresores me dejan la nariz que necesito.

Lo dijo sin querer, probablemente. Ciro vio cómo se arrepentía: el gesto de apretar los labios, de cerrar el cuello del abrigo con dos dedos. Se fijó en eso, en el cuello. Era una noche de octubre, no de las más frías, y llevaba la blusa abotonada hasta la barbilla, y encima la bufanda. También se fijó en cómo se había colocado: de espaldas a la piedra, con la salida más cercana a su derecha, a un paso. Era la postura de quien ha tenido que aprender a salir corriendo.

—Sol —dijo él—. Es el apellido del expediente.

—Hay muchos Sol en las Cumbres.

—Hay una Maelis Sol en un expediente que se cerró hace quince años.

—Entonces pregúnteselo a quien lo cerró.

—Se lo pregunto a usted.

—Y yo le respondo que sin orden del Consejo no se consulta ningún expediente de este Archivo. Ni el suyo ni el de nadie. Tampoco para decirle si existe.

—Mi padre preside el Consejo.

—Su padre preside el Consejo —repitió ella—. No el reglamento.

Nadie le hablaba así a un Draven en Valcorvo, ni siquiera los alfas de otras manadas, que le sonreían con los dientes y le temían por debajo. Ciro se descubrió dando medio paso hacia ella, para ver si se movía. No se movió. Seguía con la espalda contra la piedra y los ojos color miel fijos en él, tan quietos que parecía que no pestañeaba. Una de sus manos había salido del bolsillo y tanteaba el aire junto al muslo, con los dedos abiertos, como quien busca una pared a oscuras.




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