Piedras golpeaban el agua del río que desembocaba al puerto Dorian.
Estas saltaban tras ser arrojadas.
—¿Es un niño?
Preguntó Vaelion.
—Sí.
Respondió seco Nyros.
—Deberías estar feliz, tienes un hermano.
—¿Por qué debería? Ese niño ahora representa un obstáculo en mi sucesión.
Dijo Nyros para después arrojar otra piedra.
—Es un bebé. Hasta que tenga la mayoría de edad, tú ya habrás sido rey.
Nyros miró la piedra que traía en la mano, lista para lanzar.
—Tienes razón.
Vaelion se preparaba para lanzar otra piedra.
—¿Qué sucedió en Vaelis? Escuché que estaban en medio de una ceremonia.
—El general Cassian mató a Aziel.
—¿Aziel?
—Un hemaryn que formaba parte del ejército.
Dijo Vaelion, aún mirando al frente, para después arrojar una piedra.
Nyros miró a su amigo y notó que, de alguna forma que él desconocía, aquella muerte lo había afectado, así que decidió acompañarlo con el silencio.
El sonido de las piedras al golpear el agua era lo único que los mantenía tranquilos por ese momento, hasta que llegó la hora de despedirse y cada uno siguió por su camino.
Cuando Nyros llegó a su casa, le molestaba tener que escuchar a todos moverse de un lado a otro solo por el nuevo príncipe, y eso era lo único que escuchaba.
Se dirigió a ver a su padre.
—Padre, ¿puedo preguntar algo?
Su padre levantó la vista. Lo vio, vio el nerviosismo que Nyros planeaba esconder.
—¿Qué sucede?
—¿Mi posición está en peligro?
Aereth no respondió inmediatamente.
Se levantó.
Caminó lentamente alrededor del escritorio.
—¿Tú qué crees?
Nyros dudó.
—No lo sé.
Aereth sonrió apenas.
—Entonces averígualo.
—¿Cómo?
—Sigue como hasta ahora y quizás tu hermano crezca como un verdadero líder.
—¿De qué hablas? Soy el mejor.
Dijo con notoria superioridad impuesta.
—Mientras sigas perdiendo contra un simple soldado, al cual llamas amigo... no puedes llamarte el mejor.
Nyros se quedó mudo al escuchar esas palabras.
—Cuando le ganes, aceptaré que sí eres el mejor de entre los soldados, pero aun así estarías por debajo de Cassian.
—Entonces, ¿solo tengo que vencer a Vaelion?
Su padre asintió en respuesta.
Nyros asintió y, con alivio, abandonó la habitación.
—Así es. Nadie debe ser más fuerte que el rey, y menos un hemaryn.
Nyros asintió.
—Me retiro, padre.
*
Vaelion caminaba solo a casa.
Su mente no estaba tranquila; lo atormentaba el recuerdo de Aziel.
Una figura se acercaba a él, depositando su mano en el hombro de Vaelion.
Era Alkimo, un hemaryn cuyo fuerte era el rastreo y mutare.
—Vaelion, necesitamos hablar contigo.
—¿Necesitamos?
Dijo confundido.
—Vamos, te diré todo allá.
Vaelion siguió a Alkimo con más preguntas en la cabeza. Sentía que las cosas poco a poco iban cambiando en la utopía que él vivía en Solmara.
—Entra.
Le abrió paso a través de la puerta, divisándose un pasillo y, al final de este, una luz tenue.
Vaelion entró con cautela.
Solo escuchaba el crujir de la madera con cada paso que daba. Pero, a medida que el pasillo se iba acortando, escuchaba murmullos.
Al final del pasillo vio unos cuantos hemaryn. Algunos portaban uniforme como él y otros no. Pero todos lo miraban a él.
—¿Qué es todo esto?
Alkimo se paró a su lado, dándole un ligero empujón para que se acercara a ellos.
—Necesitamos que te unas a nosotros.
Vaelion no se atrevía a hablar. Sentía que estaba en una jaula. En su mente, las palabras cobarde y traidor hacían más ruido, y el rostro de Aziel aparecía en su mente.
—¿Viste lo que hicieron a Aziel?
Vaelion era consciente de que Aziel no se merecía ese final.
Su vista bajó a los mapas y escrituras en la mesa.
—¿Planean alzarse contra Solmara?
—Alzarnos, no.
Habló una figura adulta. Lo conocía; era el padre de Aziel.
—Nos iremos. Los hemaryn dejaremos Solmara.
—Y necesitamos de tu ayuda.
Añadió Alkimo.
—¿Irnos?
—Ya no podemos llamar hogar a este sitio.
Veía a todos con miradas bajas y temerosas.
—Loah nos dijo que hay una comunidad hemaryn fuera de Solmara, hacia el norte, más allá de Velkyn.
—...
—Sé que te llevas bien con el príncipe Nyros, Vaelion. Pídele que nos deje ir.
Vaelion dudaba.
—No te pido una respuesta ahora... pero eventualmente lo haré y espero que estés de nuestro lado.
Vaelion se retiró de ahí, sintiendo un peso en el pecho.
Caminó, al parecer sin rumbo.
Mirando el distrito.
Escuchando el silencio.
Entonces decidió ir a Loah.
Vaelion se detuvo al llegar frente a la puerta del líder hemaryn.
Levantó la mano y tocó la puerta.
—Vaelion.
Dijo Loah al abrir la puerta y verlo.
—¿Qué haces aquí?
Vaelion levantó la mirada, conectando con Loah.
—Quiero aprender.
No dudó, pero sí había un atisbo de miedo en su voz.
—Enséñame a dirigir a los hemaryn de Vaelis, de la mejor forma.
Vaelion parpadeó varias veces y, por fin, algunas lágrimas salieron de sus ojos.
—Me niego a servir a la Solmara que acabo de conocer. Pero quiero mejorarla, para nosotros.
Loah se hizo a un lado.
—Entra.
Vaelion cruzó el umbral.
La puerta se cerró lentamente tras él.
Vaelion recorrió la habitación con la mirada.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera oscura.
Pergaminos.
Mapas.
Instrumentos de medición.
Y decenas de libros.
Muchos más libros de los que había visto en toda su vida.
Frunció el ceño.
—¿Todo esto...?
Un golpe seco lo hizo girarse.
Loah acababa de dejar una gruesa pila de libros sobre la mesa.
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Editado: 14.09.2026