Dynasty Of The Damned: The Fallen Sun

CAPÍTULO 4: VELKYN

El sol apenas comenzaba a asomarse sobre Solmara cuando dos jóvenes ya entrenaban.

En un extremo de la nación, en la arena militar, el sonido del acero al chocar rompía el silencio del amanecer.

En el otro, en Vaelis, el eco de las espadas de madera golpeándose resonaba entre las casas hemaryn.

Dos caminos distintos.

Un mismo objetivo.

Volverse más fuertes.

Nyros lanzó una estocada.

Cassian la desvió con facilidad.

Antes de que el príncipe pudiera recuperar el equilibrio, el general golpeó el costado de su espada, obligándolo a retroceder varios pasos.

—Otra vez.

Nyros respiró profundamente.

El sudor descendía por su frente.

Volvió a colocarse en guardia.

Esta vez fue él quien atacó primero.

Cassian bloqueó el golpe.

Otro.

Y otro más.

Hasta que encontró una abertura y empujó el pecho del príncipe con la empuñadura de su espada.

Nyros cayó de espaldas.

—Otra vez.

El príncipe apretó la mandíbula.

No respondió.

Simplemente volvió a levantarse.

En Vaelis...

Nael jadeaba, apoyándose sobre sus rodillas.

Frente a él, Vaelion mantenía la espada baja.

—¿Qué hiciste mal?

Nael permaneció unos segundos en silencio.

—Bajé la guardia...

Vaelion negó.

—No.

Caminó hasta él.

—La bajaste después de atacar.

El enemigo nunca deja de moverse.

Le devolvió la espada.

—Otra vez.

Nael asintió.

Esta vez consiguió resistir algunos golpes más.

Los demás hemaryn observaban atentos.

Ya no iban únicamente a entrenar.

Iban a aprender.

Los días comenzaron a repetirse.

Y con ellos...

también el esfuerzo.

Nyros entrenaba hasta que sus manos sangraban.

Vaelion entrenaba hasta que el último hemaryn abandonaba la arena.

Nyros practicaba con los mejores soldados valen.

Vaelion entrenaba con cualquiera que quisiera aprender.

El tiempo pasaba. Cuatro lunas ya habían transcurrido.

En la sala del Consejo Real, Nyros permanecía de pie frente a una enorme mesa cubierta de mapas.

A su alrededor se encontraban varios consejeros.

Ellian tomó una pequeña pieza de madera y la colocó sobre uno de los caminos comerciales.

—Príncipe, un reino vecino amenaza con bloquear esta ruta. ¿Qué haría?

Nyros observó el mapa.

Pensó unos segundos.

—Enviaría tropas.

Uno de los consejeros negó con la cabeza.

—Eso iniciaría una guerra.

Otro intervino.

—¿Y si simplemente aceptamos sus condiciones?

Nyros volvió a mirar el mapa.

Su mirada recorrió los ríos.

Las montañas.

Los puertos.

Finalmente, habló.

—Buscaría otra ruta comercial. Si Solmara depende de un solo camino... ese camino deja de pertenecernos.

Ellian sonrió apenas.

—Correcto. Nunca dependas de una sola opción.

En Vaelis...

Loah extendió un viejo mapa sobre la mesa.

Bosques.

Refugios.

Montañas.

—Vaelion, si un ejército invade Vaelis... ¿dónde llevarías primero a los niños?

Vaelion recorrió el mapa con la vista.

Su dedo pasó por varias zonas.

Finalmente, señaló un valle rodeado de bosque.

—Aquí.

Loah levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Hay agua, bosque suficiente para ocultarlos y solo existe una entrada. Es más fácil defender una entrada que cuatro.

Loah asintió.

—Bien. Ahora dime... ¿quién sería el último en abandonar Vaelis?

Vaelion no respondió de inmediato.

Miró nuevamente el mapa.

—Yo.

Loah negó lentamente.

—No.

Vaelion lo miró confundido.

—El líder debe ser el último...

—Pero solo si eso garantiza que podrá seguir guiando a los demás. Morir junto a tu pueblo puede convertirte en un héroe. Vivir para protegerlo... te convierte en un líder.

Vaelion guardó silencio.

Aquellas palabras quedaron grabadas en su memoria.

Las estaciones comenzaron a cambiar.

El verano dio paso al otoño.

El otoño, al invierno.

Y con el invierno...

llegaron los resultados.

Nael logró derribar por primera vez a Alkimo.

Los hemaryn estallaron en aplausos.

Nael miró incrédulo su espada.

Luego buscó a Vaelion.

Este simplemente sonrió.

—Bien hecho. Pero no te acostumbres. Mañana volveré a derribarte.

Las risas llenaron la arena.

Ese mismo día...

Nyros consiguió tocar el pecho de Cassian con la punta de su espada.

Fue apenas un instante.

Pero suficiente.

Cassian bajó el arma.

Observó la pequeña marca en su armadura.

Después volvió a mirar al príncipe.

—Has mejorado.

Fue el primer elogio que Nyros escuchaba de él.

Y, por primera vez en mucho tiempo...

sonrió.

Aquella noche...

Nyros y Vaelion volvieron a encontrarse en el mismo lugar de siempre.

El río reflejaba la luz de la luna.

Ninguno habló durante varios minutos.

Ambos observaban el agua correr.

—¿Cómo van tus entrenamientos?

Preguntó Vaelion.

Nyros lanzó una piedra al río.

Esta rebotó cuatro veces.

—Cada vez estoy más cerca.

Vaelion sonrió.

—Yo también.

Nyros lo miró.

—¿Listo para perder?

Vaelion soltó una pequeña risa.

—Eso tendrás que demostrarlo en la arena.

Caminaron hacia la plaza central.

Al pasar, observaron las calles.

Los negocios.

—¡Vaelion! ¿Cómo te va?

—Todo bien, señor.

—Toma. Iba a llevártelo a la arena, pero mejor te lo doy ahora.

Vaelion no pudo responder. Aquel hombre le dejó un saco de frutas.

—¿Y esto?

—Por tu trabajo. Mi hijo está en tu tropa y lo veo más motivado desde que practica contigo.

—No hay de qué.

Sonrió para luego despedirse y seguir con Nyros, quien se había mantenido en silencio, observando aquella escena.




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