El ángel rebelde [libro 4]

Capítulo 8: el desespero de Jael.

Capítulo 8: el desespero de Jael.

Jael era veloz cuando corría, pero en esta ocasión percibió que le sacaba el máximo provecho a sus piernas.

—¡No puede ser, no puede ser! —decía Jael en voz alta luego de haber dejado las Luces atrás—. ¡Tuve que haberle dicho algo! ¡Debí haber hablado con él! —exclamaba dejándose llevar por las emociones que había experimentado al darse cuenta de que en realidad no estaba sola en Hogar y había alguien más como ella —¡Seguro disimuló ser como los otros por miedo, ¡No puede ser, que tonta fui!

Se había adentrado en el bosque con gran emoción y sin darse cuenta ya estaba dentro de la Caverna. Todos la miraban con los ojos bien abiertos, algunos otros se atrevieron a saludarla pero fueron ignorados de manera automática, para ella los Rebeldes Cautivos eran invisibles en ese momento, su prioridad era comunicarle a Doya lo que estaba ocurriendo allá afuera.

—¡Doya! ¡Doya! ¡Doya, ¿dónde estás? —gritaba desesperada mientras corría por todo el interior de la caverna, repasando las tiendas en donde los rebeldes alados habitaban.

Llegó hasta una que era más grande que las otras, si no se equivocaba aquella era la indicada.

—¡Doya! ¡¿Estás aquí?! —gritó entrando sin pedir permiso.

Jael miró alrededor y no lo vio, solo estaba la gran mesa rectangular y los tres asientos, uno para Doya y los otros dos del lado opuesto destinados a sus entrevistadores. Jael no había reparado bien en aquel ambiente, pero sacudió la cabeza, no era momento de reflexionar en los cambios que comenzaba a percibir, necesitaba revelar información de suma importancia.

—¡¿Doya?! —gritó de nuevo como si este pudiera aparecer de pronto.

—¿Qué ocurre? —preguntó Doya luego de haber descorrido una especie de puerta hecha con ramas y hojas.

—¿Qué hacías? ¿Dónde estabas? —indagó asombrada al verlo salir de repente.

—Estaba acostado —respondió este, no se mostraba muy dispuesto a conversar en ese momento—. No deberías de estar aquí aún, es muy pronto.

—¿Qué es «acostado»? —preguntó ella, pero enseguida volvió a sacudir su cabeza al recordar que había asuntos más importantes que atender en ese momento— ¡No importa, me dices luego! ¡He…!

—¿Cómo llegaste tan rápido? —interrumpió Doya y la sujetó por el brazo tratando de llamar su atención.

—¡Corrí! ¡Pero eso no importa!

—¿Pero…?

—Doya, ¡he visto a alguien! He visto a alguien! —gritó alzando ambos brazos hacia arriba y para el asombro de Doya comenzó a dar pequeños saltos por toda la habitación.

Doya miró a los lados como preocupado de que alguien la hubiera escuchado.

—¡Shhh, baja la voz! —pidió acercándose a ella.

—¡No puedo! ¡Estoy emocionada! ¡Había alguien allá! ¡Otro de…!

Doya se abalanzó sobre Jael, con un brazo la rodeó y con la mano disponible le cubrió la boca.

Jael quiso soltarse al instante pero al momento escuchó que Doya le hablaba al oído.

—Debes dejar de gritar, ¡haz un esfuerzo en calmarte! —reprimió con firmeza— Hablemos acá dentro. Te voy a soltar, pero deja de gritar. ¿Entiendes?

Jael, con los ojos bien abiertos, asintió con la cabeza.

Doya condujo a Jael por un pasillo oscuro y entraron a otra habitación en donde cierta cantidad de troncos y hojas secas formaban una especie de lecho. Jael reparó entonces en unas antorchas que iluminaban el lugar, iguales a las de la gruta, pero estas eran más pequeñas y su luz era amarilla. Había una silla de troncos y una mesa irregular, se veía menos elaborada que la de la habitación principal.

—Por favor no vuelvas a gritar —pidió y procedió a acostarse y cerró sus ojos.

Jael se puso de pie a su lado como esperando a que algo ocurriera.

—¿Cómo es esto de que has visto a alguien? No puede ser que tan pronto haya otro —decía alargando las palabras y sin pistas de profesar el entusiasmo que manifestaba su alumna—. ¿No te habrás equivocado? Has llegado demasiado pronto, tal vez era un Fiel común…

—Te digo que lo vi, estaba muy cerca del límite —aseguró ella interrumpiendo tratando de reprimir su emoción.

—Pero, ¿por qué?, ¡¿por qué hay otro tan pronto?! —exclamó Doya y se cubrió el rostro con ambas manos.

—Tu eres el líder, eres el más antiguo. ¿Cómo es que no lo sabes?

—Se sale del molde, esto no debería de ser así —aseguró negando con la cabeza.

—¿Eso es malo? —interrogó Jael que se mostraba ahora preocupada.

—No debería de estar hablando estas cosas contigo, y no debes contarle a ninguno de allá afuera lo que te estoy diciendo, tampoco les digas lo que viste.

—¿Por qué?

—¡Solo obedece! —gritó y al instante abrió los ojos sorprendido de haber reaccionado de aquella manera—. Escucha, apenas estoy procesando que tu llegaste el primer día de tu existencia, ahora me cuentas esto. Se sale del molde, más de lo que he llegado a considerar «normal». Tu llegaste ayer, ¿cómo es posible que ya haya otro? —repitió alzando su cuerpo pero enseguida volvió a acostarse como si todo aquello fuera una enorme molestia.




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