El derrumbe del Privilegio

Capítulo 1

Capítulo 1

El aire de la ciudad huele a incienso, cuero y polvo. Las campanas de la iglesia replican como si quisieran recordar a todos que Dios vigila desde lo alto. En las calles, los indígenas caminan cabizbajos, cargando mercancías que no les pertenecen, mientras los soldados españoles patrullan con arrogancia.

En lo alto de una casa señorial, Andrés de Ávila observa todo desde su ventana.

“Estamos a mediados del siglo XVI, cuando la colonización de Nueva España alcanza su máximo esplendor; cada jornada trae consigo nuevas tierras, nuevos pueblos y nuevas almas por evangelizar”, según mi padre.

Pero yo no pienso en almas. Pienso en gloria. En batallas. En el día en que todos esos soldados que ahora entrenan en el patio me obedezcan sin cuestionar.

Mi padre ha partido rumbo al norte esta mañana. Dicen que hay riquezas aún no reclamadas, tierras que esperan ser marcadas por estandarte de la corona. Como capitán general, su deber es expandir los límites de la civilización.

Yo quería acompañarlo, por supuesto. ¿Qué mejor forma de demostrar mi valor que cabalgar junto a él, conquistar junto a él? Pero su negativa fue absoluta. “Todavía no estás listo”, dijo. Como si el hijo del capitán general necesitara permiso.

—Disculpe, joven amo, pero se le hace tarde para asistir al colegio.

La voz del sirviente me interrumpe como una mosca en medio de un banquete. Me giro con lentitud, sin molestia, pero con la clara intención de recordarle su lugar.

—¿Y tú quién eres para decirme la hora? ¿Acaso el sol te obedece a ti?

El sirviente baja la mirada, como debe ser. Me pongo de pie y camino hacia la puerta, sin prisa.

—Prepara mi alazán. Y asegúrate de que esté limpio. No quiero que me vean montando un animal que parezca salido del campo.

—Sí, joven amo.

Salgo de mi morada, una casa señorial en el corazón de la ciudad, y monto con torpeza. Aún estoy aprendiendo a domar las riendas como mi padre, pero eso no importa. Lo que importa es que todos me vean sobre ese corcel rojizo que, bajo el sol, parece de cobre.

Al llegar al colegio, bajo entre trastabillones. Los sirvientes se apresuran a tomar las riendas, como si el mundo girara en torno a mi llegada. Y en cierto modo, así debe ser.

Al llegar al colegio de San Juan de Letrán, veo a los hijos de otras familias: encomendaderos, funcionarios reales, criollos. Pero mi mirada busca a Gabriel de Cárdenas, mi amigo desde que aprendimos a leer juntos.

Su padre gobierna la ciudad, y aunque a veces competimos por quién tiene más poder, sabemos que juntos somos intocables.

—Llegas tarde, Ávila. ¿Tu caballo se cansó de cargar tanto ego? —dice Gabriel con una sonrisa burlona.

—No, solo me detuve a admirar cómo los demás se arrastran cuando paso.

Nos reímos. Los frailes nos saludan con respeto, los demás nos miran como si fuéramos príncipes. Y en cierto modo, lo somos.

Nos adentramos en el colegio como si fuera nuestra propiedad. Los muros de piedra, los vitrales, los pasillos silenciosos… todo parece inclinarse ante nosotros.

En el aula principal, los frailes ya están preparados. Uno de ellos, fray Alonso, nos recibe con una sonrisa forzada.

—Bienvenidos, señores de Ávila y de Cárdenas.

Andrés y yo tomamos nuestros lugares en la primera fila, no por asignación, sino por costumbre. Nadie se atreve a ocupar esos asientos.

La clase comienza con latín. Fray Alonso recita una frase y pide que la traduzcamos. Un criollo, nervioso, se adelanta y se equivoca.

—“Dominus vobiscum” no significa “el señor está cansado”, idiota —susurra Gabriel, lo bastante alto para que los de alrededor lo escuchen.

Las risas se esparcen como pólvora. Yo no río, pero sonrío.

Luego viene escritura. El fraile dicta una frase y todos la copian. Yo tardo más en elegir la pluma que en escribirla. Gabriel dibuja un escudo en el margen de su hoja.

—¿Crees que algún día enseñen algo útil? —me dice en voz baja.
—Solo si algún día enseñan a gobernar.

En religión, los frailes se entusiasman. Hablan de la conversión de los pueblos, de la gloria de evangelizar. Gabriel y yo intercambiamos miradas.

—¿Crees que los indígenas entienden algo de esto? —pregunta.
—No. Pero entienden el miedo. Y eso basta.

Al mediodía, salimos al jardín interior. Los demás alumnos se agrupan en mesas comunes. Nosotros nos dirigimos a la banca bajo el naranjo, donde nadie se atreve a sentarse sin invitación.

—¿Has oído que traerán nuevos alumnos? —dice Gabriel mientras parte un trozo de pan.
—Sí. Dicen que algunos vienen del campo.
—Espero que no huelan como el campo.

Nos reímos. El mundo es nuestro. O al menos, eso creemos.

El sol comienza a descender, tiñendo los tejados de la ciudad con tonos dorados. Cabalgo por las calles empedradas sobre mi alazán.

Todos se apartan al verme pasar. Algunos bajan la mirada, otros se quedan quietos como estatuas. Me gusta eso. Me gusta que el mundo sepa quién soy.



#1515 en Otros
#271 en Relatos cortos
#275 en Novela histórica

En el texto hay: historia corta, clasismo

Editado: 22.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.