Capítulo 3
Camino hacia mi alcoba con pasos lentos, como si mis pies pesaran más que antes. Cada rincón de la casa parece distinto, aunque todo esta en orden me da la impresión de que todo está fuera de lugar e incorrecto. Mientras que en mi mente vuelve a aparecer su maldita sonrisa.
Al llegar, empujo la puerta con desgano solo para encontrarme con aquello que menos he esperado. Junto a mi cama, perfectamente alineada, hay otra.
Igual de grande. Igual de tendida, con algodón blanco, bordes dorados, almohadas bordades.
Por un instante, pienso que es una broma. Que algún sirviente ha cometido un error. Mi mente comienza a idear todas las posibles explicaciones racionales ante lo que tengo enfrente de mí. Desde la idea de que a lo mejor me asignaron un guardia personal, hasta la tonta opción de que Gabriel se halla mudado a mi casa.
Pero no.
Sobre la nueva cama hay una camisa doblada, un cinturón de cuero, y una daga envainada. La daga no es de adorno. Es real.
Me acerco, la tomo, la examino. Tiene marcas en la empuñadura, algunas cicatrices de uso.
—¿Qué es esto? —susurro, aunque no hay nadie para responder.
Me giro hacia mi cama. La mía. La única que había en esta habitación desde que nací.
Y ahora hay otra.
Otra cama. Otro ocupante.
Otro igual.
Me siento en el borde de mi cama, aún con la ropa sudada, mirando esa otra cama como si fuera una amenaza silenciosa.
¿Igual?
¿Desde cuándo alguien puede ser igual a mí?
Entonces la puerta se abre y Tomás entra.
Lleva una camisa de lino abierta, aún húmeda en los bordes, y el cabello mojado le cae sobre la frente en mechones desordenados. Está limpio, tranquilo, como si acabara de volver de un paseo.
Me mira, sonríe.
—¿Ya te cambiaste? —pregunta, como si fuéramos amigos de toda la vida.
—No.
—Ah, pensé que los nobles no toleraban el sudor.
—No lo toleramos.
—Entonces estás tardando.
Camina hacia la nueva cama, la acaricia con la punta de los dedos antes de alejarse de ella.
—Bonita habitación. Mucho mejor que el cuarto de servicio. Aunque ese tenía buena vista al patio… si uno se asomaba por el hueco de la pared.
No respondo. Él nota el silencio y continua.
—¿Te molesta que esté aquí?
—¿Tú qué crees?
—Creo que sí. Pero también creo que se te va a pasar.
Me giro hacia él, molesto.
—¿Y tú? ¿No te molesta haber perdido tu libertad y estar a mi servicio?
Tomás se detiene a medio camino, aún con el cabello mojado y la camisa húmeda pegada al pecho. Me mira con una ceja levantada.
—¿Mi libertad?
Se ríe. No con burla. Con ligereza.
—¿Tú crees que estoy a tu servicio?
—Vives en mi casa. Duermes en mi habitación.
—Y tú vives en la sombra de tu padre. ¿Eso te hace su sirviente?
Me quedo en silencio.
—Además, si esto fuera esclavitud, no me darían una cama con sábanas de algodón.
Camina hasta la cama, se sienta en el borde, se estira como si fuera suya desde siempre.
—¿Sabes qué es lo mejor de esta casa? Que huele a poder. Pero también a miedo.
—¿Miedo?
—Sí. El miedo de perder lo que uno cree que le pertenece.
Me quedo quieto.
Por alguna razón, su presencia no me molesta tanto como debería.
Tal vez porque no me mira como los demás.
Tal vez porque no me juzga por fallar.
Tal vez porque, por primera vez… no soy el centro.
Y eso, extrañamente, se siente como un descanso.
Tomás se acomoda en su cama, aún con el cabello húmedo. Se pasa la mano por la nuca, dejando caer unas gotas sobre la almohada. No parece preocupado por mojarla.
Me observa de reojo, con una sonrisa apenas dibujada.
—¿Siempre estás así de serio? —pregunta.
—¿Así cómo?
—Como si te debieran una disculpa.
No respondo. Me acomodo en mi cama, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No es crítica —añade—. Solo curiosidad.
Tomás se estira, gira los tobillos, como si estuviera soltando el cuerpo después de un largo día.
—¿Y tú? ¿Siempre tan… indiferente?
—No es indiferencia. Es costumbre. Cuando uno vive entre golpes, aprende a no reaccionar a cada uno.
Me giro hacia él, sin saber por qué.
—¿Te golpearon mucho?
Tomás se queda quieto. No responde de inmediato. Mira el techo como si buscara la respuesta en las vigas.