Capítulo 4
El sol apenas se cuela por las cortinas cuando abro los ojos.
Por un momento, olvido que ya no estoy solo. Luego escucho la respiración tranquila de Tomás, y el recuerdo de la noche anterior vuelve como una sombra suave.
Me incorporo con lentitud. Él sigue dormido, boca arriba, con una mano sobre el pecho y el cabello revuelto.
Me levanto sin hacer ruido, como si no quisiera despertar algo que aun no entiendo del todo.
Camino hacia el perchero, tomo mi uniforme, lo doblo con cuidado sobre la cama.
—¿Siempre tan ceremonioso? —dice Tomás, con voz ronca, sin abrir los ojos.
Me sobresalto.
—¿Ya estás despierto?
—Desde que te levantaste. Caminas como si el suelo fuera de cristal.
Se sienta en la cama, se estira, y en un solo movimiento toma su camisa y se la pone sin mirar.
—Vamos al colegio, ¿no? —pregunta, como si fuera algo que siempre hubiera hecho.
—Sí.
—¿Y hay que ir con cara de funeral o se permite sonreír?
No respondo, aunque supongo que lo dice por la expresión de tengo. Me siento demasiado tenso.
Tomás se levanta, se pone los zapatos sin calcetines, y se pasa la mano por el cabello aún húmedo.
—¿Tú tardas mucho en arreglarte?
—No.
—Entonces te espero afuera.
Sale de la habitación como si fuera suya.
Me quedo solo por unos segundos. Me miro al espejo y me veo igual. Pero algo en mí sabe que hoy… nada será como antes.
Termino de abotonarme el uniforme frente al espejo. Cada pliegue está en su lugar, cada hebilla ajustada.
Tomás ya ha salido de la habitación. No sé cómo se arregla tan rápido. Ni siquiera sé si se arregla.
Bajo las escaleras con paso firme, como siempre.
En la entrada, Tomás me espera. No está junto al corcel. Está junto a la puerta.
—¿Listo? —pregunta.
—Sí. El caballo está preparado.
—¿Y si vamos a pie?
Lo miro como si hubiera propuesto cruzar el océano nadando.
—¿A pie?
—Sí. El aire está fresco. El camino no es largo.
—Los nobles no caminan.
—¿Y los mestizos sí?
—Siempre.
Sonríe con autosuficiencia ante mi respuesta. Apenas la noche anterior su sonrisa me pareció un gesto odioso, pero por algún motivo, el día de hoy ya no me molesta. Cuando él vuelve a hablar lo hace intentando convencerme de algo que hasta apenas hoy por primera vez estoy considerando.
—Además, si vas en corcel, todos te ven. Si vas a pie, tú ves a todos.
Me cruzo de brazos.
—¿Y eso qué importa?
—Importa si quieres entender el mundo en el que vives.
Me quedo en silencio y Tomás se encoge de hombros.
—Pero si prefieres ir montado, está bien. Yo camino.
Se gira, abre la puerta, y deja que la luz de la mañana lo envuelva.
Me quedo quieto.
Miro el corcel.
Miro la calle.
Y por primera vez… no sé cuál de los dos me representa mejor.
Tomás ya camina por el sendero de piedra que lleva al portón. No se ha girado para ver si lo sigo. No ha preguntado si voy con él. Camina con las manos en los bolsillos, la camisa ligeramente arrugada, el cabello aún húmedo cayéndole sobre la nuca. Parece no tener prisa, como si el tiempo le perteneciera.
Lo observo desde el umbral. Podría montar. Podría alcanzarlo en segundos y dejarlo atrás. Podría seguir siendo el hijo del capitán general, el que llega al colegio sobre un caballo imponente, con la mirada alta y los zapatos limpios.
Pero no lo hago.
Doy un paso fuera de la casa. Luego otro. El suelo bajo mis botas se siente distinto. Más real. Más inestable. Como si cada piedra del camino me preguntara si estoy seguro de lo que hago.
Tomo el mismo sendero que él, sin decir una palabra. Lo alcanzo a los pocos metros. Tomás no se detiene, pero ladea apenas la cabeza, lo suficiente para saber que me ha notado. Sonríe, sin mirarme directamente.
—¿Ves? El aire es mejor cuando no lo respiras desde arriba —dice, como si la conversación hubiera empezado hace rato.
No respondo. Camino a su lado, en silencio.
Las calles del barrio aún están despertando. Un panadero barre la entrada de su tienda. Una mujer indígena con un rebozo azul oscuro carga un canasto de frutas sobre la cabeza. Un niño corre descalzo, riendo, con una cometa de papel que apenas se sostiene en el aire. Tomás los saluda con la cabeza, con una naturalidad que me desconcierta. Algunos le devuelven el gesto. Otros simplemente lo miran con curiosidad.