Capítulo 2
El portón de la casa se abre con el crujido habitual. Entro al patio con la cabeza en alto, el sol aún acariciando mi capa.
Me deslizo del alazán con un movimiento que he practicado frente al espejo más veces de las que admitiría, aunque sigue siendo imperfecto para el deslumbrante futuro que me espera. Uno de los sirvientes se apresura a tomar las riendas.
—Límpialo bien. Que no le quede ni el polvo de los plebeyos.
Camino hacia el corral, como siempre hago, para acariciar la crin del caballo de mi padre. Es un ritual. Un gesto de respeto hacia el hombre que algún día superaré.
Pero entonces lo veo.
Junto al corcel negro del capitán general que tiene su montura de cuero y el escudo familiar grabado en oro, hay otro caballo. Más joven, más pequeño. De aspecto desaliñado.
No es de la casa. No es de los soldados. No es de nadie que yo reconozca.
Me detengo.
El animal tiene las patas manchadas de barro seco, la crin enredada, y una mirada que no se deja domar.
Frunzo el ceño.
¿Quién se atrevería a atar a esta bestia junto al corcel de mi padre? ¿Qué clase de insolencia es esta?
Por un instante, pienso que tal vez es un error. Un mensajero, un sirviente nuevo… pero algo en el cuero de la montura, en la forma en que está atado, me dice que no.
Entro a la casa con el paso firme. Los sirvientes se apartan, las puertas se abren sin que yo las toque puesto que los demás lo hacen por mí, pero algo no cuadra.
En el salón principal, mi padre está de pie, los brazos cruzados, la mirada fija en alguien. Frente a él hay un muchacho. No un soldado. No un noble. Sino un intruso.
Me acerco sin hacer ruido, como cuando espío a los frailes discutiendo en voz baja.
El chico parece apenas unos años mayor que yo. Su camisa está raída, su cinturón de cuero gastado, pero tiene la postura de alguien que ha peleado más veces de las que ha dormido tranquilo.
No es español. Pero tampoco es del todo indígena.
Mestizo.
—Andrés —dice mi padre al verme—. Este es Tomás. Viene conmigo.
Tomás apenas baja la cabeza como saludo. No sonríe. No habla. Solo se mantiene firme, con las manos detrás de la espalda, como si estuviera ante un juez.
—¿Y qué hace aquí? —pregunto, sin molestarme en ocultar el filo de mi voz.
—Porque ahora forma parte de la casa —responde mi padre con calma.
¿Parte de la casa? ¿Este? ¿Este hijo del barro?
Tomás no reacciona de inmediato. Solo me mira. No con desafío. No con sumisión. Con neutralidad.
Y eso me ofende más que cualquier insulto.
—Un gusto —dice al fin, con tono seco.
Lo observo con detenimiento. Su piel tostada, sus ojos oscuros, su expresión neutra.
¿Y este qué hace aquí? No parece español, ni siquiera parece limpio. ¿Mi padre lo trajo como si fuera un regalo? Qué humillación.
Me cruzo de brazos, imitando la postura de mi padre.
—¿Y qué se supone que va a hacer? ¿Limpiar los establos?
Mi padre no responde. Solo camina hacia la puerta que da al patio.
—Desde hoy tendrás un instructor de espada —dice sin mirarme—. No un fraile. No un soldado. Alguien que sabe pelear desde la experiencia.
Tomás camina hasta el umbral. Ya no lleva las manos en la espalda. Y por algún motivo no baja la cabeza en mi presencia, a pesar de que lo miro con toda la ira que puedo transmitir.
—Él te enseñará —dice mi padre—. Y tú aprenderás. No hay discusión.
Me quedo quieto. La espada de mi padre, su legado, su gloria… ¿y me la va a enseñar este mestizo?
—¿Él? ¿Por qué?
Mi padre se gira para verme a la cara.
—Porque él ha sobrevivido cosas que tú ni siquiera entiendes. Porque quiero que aprendas a pelear como si tu vida dependiera de ello. Porque algún día… lo hará.
El capitán general camina hacia la puerta que da al patio. Tomás y yo lo seguimos, aunque yo lo hago con pasos más pesados, porque sé que algo está a punto de cambiar.
Al llegar al centro de la arena de entrenamiento, mi padre se detiene. El sol cae de lleno sobre nosotros, y por un momento, el silencio es absoluto.
—Aquí entrenan mis hombres —dice, sin girarse—. Aquí se forjan los que sobreviven.
Se vuelve hacia Tomás.
—¿Estás listo?
—Siempre, mi capitán —responde Tomás, con una reverencia impecable.
Su tono es respetuoso, su postura recta, su mirada baja. Casi parece un fraile.
—¿Siempre? —repito con sorna.
—Cuando uno no tiene nada, lo único que le queda es estar listo —dice Tomás, sin mirarme.
Mi padre asiente, satisfecho.