El hijo de dos mentiras

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Capítulo 1

El hombre que no podía ser padre

—Si hubieras podido tener hijos, ¿crees que estaríamos terminando?

Gabriel Ferrer miró a Laura sin responder.

La pregunta había quedado entre los dos, sobre la mesa de aquel restaurante donde, unas semanas antes, habían celebrado la posibilidad de comprar una casa. Ahora el café estaba frío y la mujer que había elegido para compartir su vida esperaba una respuesta que ninguno de los dos deseaba escuchar.

—No lo sé —dijo finalmente.

Laura bajó los ojos.

—Yo tampoco.

Gabriel sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—Entonces, ¿por qué nos estamos separando?

—Porque quiero ser madre.

—Lo sé. Nunca te he dicho que no podamos buscar otras alternativas.

—Pero tú sabes que no serán las mismas.

Él se inclinó hacia ella.

—Podemos consultar a otro especialista. Podemos adoptar. Podemos encontrar una manera de formar una familia.

—¿Y si yo quiero tener un hijo mío?

Gabriel dejó de hablar.

Laura tenía los ojos enrojecidos. No parecía una mujer cruel ni alguien que hubiera dejado de quererlo de un día para otro. Eso hacía más difícil escucharla.

—Quiero sentirlo crecer dentro de mí —continuó ella—. Quiero tener un hijo y reconocer algo de mí en él. Sé que no debería decirlo así, pero es lo que deseo.

—¿Y yo qué soy para ti?

Laura se llevó una mano a la boca. Una lágrima le resbaló por la mejilla.

—Eres el hombre al que quiero. Pero no sé si puedo renunciar a ese sueño sin terminar resentida contigo.

Gabriel miró sus manos. Había imaginado muchas veces aquel momento, aunque siempre había esperado que llegara de otra manera. Quizá con una conversación más larga, con una explicación menos dolorosa. Quizá con una mujer que lo abrazara y le dijera que encontrarían juntos la forma de seguir adelante.

No había ocurrido.

—No te estoy pidiendo que renuncies a nada —dijo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué te vas?

Laura respiró profundamente.

—Porque tampoco quiero quedarme esperando que algún día deje de dolerme algo que para mí es importante.

Gabriel quiso tomarle la mano. Ella la retiró antes de que pudiera alcanzarla.

Fue un gesto pequeño, casi involuntario. Pero él lo reconoció. Era el mismo movimiento que había visto en otras mujeres cuando comenzaban a despedirse.

—¿Todo lo que vivimos no significa nada? —preguntó.

—Significa mucho. Por eso me cuesta tanto.

Laura se levantó, tomó su bolso y se quedó unos segundos junto a la mesa.

—Perdóname, Gabriel.

Él no respondió.

La vio alejarse entre las mesas mientras los demás clientes seguían conversando. Un camarero pasó junto a él y retiró una taza vacía. En otra mesa, una pareja discutía sobre el destino de sus próximas vacaciones.

La vida continuaba.

Gabriel permaneció sentado.

No había perdido a Laura porque fuera un mal hombre, porque no la hubiera querido o porque hubiera dejado de esforzarse. La había perdido por algo que no podía cambiar.

Y lo peor era que comenzaba a creer que aquello sería siempre suficiente para que alguien se marchara.

Dos años antes, el diagnóstico había llegado en una consulta médica que Gabriel esperaba terminar con una receta y algunas recomendaciones.

Tenía treinta y dos años. Un empleo estable, un apartamento propio y una vida que, sin ser extraordinaria, parecía avanzar en la dirección correcta.

El especialista revisó los resultados antes de hablar.

—Los estudios confirman que presenta azoospermia.

Gabriel miró el informe.

—¿Eso significa que no puedo tener hijos?

El médico le explicó que no se habían encontrado espermatozoides en las muestras analizadas. Le habló de estudios adicionales, de posibles causas y de alternativas que podían evaluarse según su situación particular.

Gabriel hizo varias preguntas. Escuchó las respuestas. Pidió que le repitieran algunos datos.

No lloró.

Tampoco discutió.

Salió del consultorio con una carpeta bajo el brazo y caminó hasta el estacionamiento. Se sentó dentro del automóvil, cerró la puerta y permaneció allí casi una hora.

Su padre había muerto cuando él tenía veinticuatro años. Recordaba sus manos grandes, la paciencia con que reparaba cualquier objeto de la casa y las tardes en que lo llevaba a pescar, aunque muchas veces regresaran sin haber atrapado nada.

Una vez, cuando Gabriel era pequeño, su padre le había dicho:

—Algún día tendrás que enseñarle a tu hijo a montar bicicleta. Y procura tener más paciencia que yo.

Había sido una conversación cualquiera. Una de tantas que un niño escucha sin imaginar que algún día volverá a ellas.

Ahora aquellas palabras pesaban de otra manera.

Gabriel había querido tener una familia. No porque su padre se lo hubiera exigido, sino porque había crecido creyendo que algún día compartiría con un hijo las cosas que él había recibido.

Aquella mañana comprendió que quizá no podría hacerlo de la manera que había imaginado.

Llamó a su madre.

—¿Todo está bien, hijo?

—Sí, mamá. Solo quería saber cómo estabas.

Ella comenzó a hablarle de una vecina enferma, de una gotera en la cocina y de una receta que quería preparar el domingo. Gabriel la escuchó agradecido. Estuvo a punto de contarle lo que acababa de descubrir, pero no encontró las palabras.

—¿Vas a venir este fin de semana? —preguntó ella.

—Claro, mamá.

Colgó sin haberle dicho nada.

Todavía no estaba preparado para pronunciarlo en voz alta.

Después de Laura hubo otras mujeres.

No todas las relaciones llegaron a ser importantes, pero algunas sí. Una de ellas le dijo que no estaba dispuesta a renunciar a la maternidad biológica. Otra aseguró que lo quería demasiado para arriesgarse a terminar resentida. Una tercera aceptó al principio la posibilidad de adoptar, pero cambió de opinión cuando comprendió que Gabriel no deseaba pasar el resto de su vida entre tratamientos, consultas y esperanzas médicas.




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