El hijo de dos mentiras

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Capítulo 3. La noche que lo cambió todo

Clara había guardado el vestido de novia en el armario de su madre, protegido dentro de una funda blanca.

A veces lo sacaba solo para mirarlo.

Todavía faltaban varias semanas para la boda, pero ya había elegido las flores, los zapatos y hasta las canciones que sonarían durante la celebración. En una libreta anotaba los pequeños detalles de la casa donde viviría con Gabriel: las cortinas de la sala, el color de los platos, el lugar donde pondrían una fotografía de los dos.

Quería una familia. No una familia perfecta, porque había aprendido desde niña que esas no existían, sino una donde nadie tuviera que marcharse para encontrar un poco de paz.

Aquella tarde, mientras terminaba de ordenar la libreta, recibió un mensaje.

Tenemos que hablar. Es importante. No se lo cuentes a nadie.

Clara leyó las palabras dos veces.

El número no estaba registrado entre sus contactos, pero el remitente insistió.

Sé dónde encontrarte.

Sintió una punzada de inquietud.

Pensó en bloquearlo. Después decidió que quizá se trataba de alguien que se había equivocado de número. Dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a sus preparativos.

No quería permitir que una tontería le arruinara el día.

A las seis, Gabriel la llamó.

—¿Cómo va todo, futura esposa?

Clara sonrió al escuchar su voz.

—Estoy haciendo una lista de las cosas que todavía nos faltan.

—¿Otra lista?

—Esta es importante.

—Todas tus listas son importantes.

—Te estás burlando de mí.

—Un poco. Pero te quiero incluso cuando intentas organizar el mundo entero en una libreta.

Clara soltó una carcajada. Luego se quedó callada, pensando en el mensaje.

—Gabriel, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Alguna vez has sentido que algo malo va a pasar, aunque no tengas ninguna razón para pensarlo?

Él guardó silencio un instante.

—¿Te ha ocurrido algo?

—No. Solo recibí un mensaje extraño.

Clara estuvo a punto de contárselo. Sin embargo, recordó que Gabriel llevaba días preocupado por los gastos de la boda y decidió no añadirle otra inquietud.

—Seguramente no es nada —dijo.

—Si alguien te molesta, me lo cuentas. No tienes que resolverlo todo sola.

Aquellas palabras la hicieron sentirse querida.

—Lo sé.

Y cambió de tema.

El sábado siguiente, Clara salió para hacer unas compras. Necesitaba recoger unos documentos y pasar por una tienda antes de regresar a casa.

Su madre le había ofrecido acompañarla, pero Clara se negó.

—No voy a estar siempre pegada a ti, mamá.

—No he dicho que vayas a estarlo. Solo que me gustaría que me avisaras cuando llegues.

—Te llamaré.

La abrazó antes de salir.

No sabía que aquel abrazo se convertiría, durante mucho tiempo, en uno de los últimos recuerdos tranquilos que conservaría de ese día.

La tarde transcurrió sin contratiempos. Clara terminó sus diligencias, compró algunas cosas para la casa y, cuando se disponía a regresar, recibió otra llamada de un número desconocido.

Esta vez contestó.

—¿Sí?

—Por fin respondes.

La voz masculina le resultó desagradable. No supo explicar por qué, pero sintió que debía terminar la conversación.

—¿Quién habla?

—Alguien que quiere conocerte mejor.

—Se ha equivocado de número.

—No. Sé perfectamente quién eres.

Clara miró a su alrededor. Había gente entrando y saliendo de los comercios, vehículos pasando por la calle y una pareja discutiendo cerca de una parada de autobús. Todo parecía normal.

Demasiado normal para el miedo que empezaba a crecerle en el pecho.

—No vuelva a llamarme —respondió.

Colgó.

Sus dedos temblaban cuando guardó el teléfono.

Pensó en llamar a Gabriel, pero no quería asustarlo sin tener una explicación. Caminó hacia el lugar donde esperaba encontrar transporte y volvió a revisar la pantalla.

No había mensajes nuevos.

Se obligó a respirar con calma.

Quizá aquel hombre solo pretendía intimidarla. Quizá no volvería a saber de él.

Clara todavía creía que el peligro siempre avisaba antes de llegar.

Cuando comprendió que estaba en peligro, ya no podía controlar lo que sucedía.

El hombre ignoró sus negativas. No le importaron sus ruegos ni el terror que ella intentó ocultar bajo una voz que apenas reconocía como propia.

Clara luchó por escapar.

Le pidió que la dejara ir. Le dijo que no quería hacerle daño a nadie, que tenía una vida, que estaba comprometida, que alguien la esperaba.

Nada lo detuvo.

La violó.

Después, cuando finalmente pudo alejarse de él, Clara se quedó inmóvil durante unos segundos. Su cuerpo parecía pertenecerle a otra persona. Tenía la garganta dolorida y las manos heladas. Quería levantarse, correr, gritar, pero no conseguía ordenar sus pensamientos.

El hombre se marchó.

No hubo disculpas. No hubo arrepentimiento. Ni siquiera se volvió para mirarla.

Clara permaneció allí, tratando de comprender cómo podía seguir existiendo el mundo después de algo semejante.

A lo lejos, alguien reía.

Un vehículo pasó por la calle.

La vida continuaba.

Y ella no sabía cómo regresar a la suya.

Llegó a casa entrada la noche.

Su madre abrió la puerta y la recibió con una pregunta cotidiana:

—¿Por qué tardaste tanto, hija?

Clara intentó contestar, pero la voz no le salió.

Su madre la miró con atención. La sonrisa se le borró lentamente del rostro.

—¿Clara? ¿Qué te pasó?

—Estoy cansada.

—Pero estás temblando.

Clara retrocedió cuando su madre intentó tocarla.

El gesto fue involuntario. Apenas ocurrió, las dos se quedaron sorprendidas.

—Perdóname —murmuró Clara.

—No tienes que pedirme perdón. ¿Te hizo algo alguien?




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