Capítulo 2
La mujer que creyó en él
—Si algún día tenemos una hija, quiero que se llame Lucía.
Gabriel levantó la mirada del plato.
Clara estaba sentada frente a él, con las piernas recogidas debajo de la silla y una sonrisa que parecía guardar un secreto delicioso. Habían terminado de cenar, pero ninguno tenía prisa por levantarse. Afuera llovía y, de vez en cuando, los faros de los automóviles cruzaban las cortinas de la pequeña sala.
—¿Y si tenemos un hijo? —preguntó él.
—Mateo.
—¿Lucía y Mateo?
—Lucía y Mateo.
Gabriel sonrió.
—Ya les has elegido los nombres a nuestros hijos y todavía no me has dado permiso para casarme contigo.
Clara soltó una carcajada.
—¡Yo no he dicho que vaya a casarme contigo!
—Acabas de elegir los nombres de nuestros hijos.
—He dicho que me gustan esos nombres. No es lo mismo.
—Comprendo. Así que, cuando llegue el momento, tendré que presentar una solicitud formal.
—Con referencias personales, antecedentes y una entrevista con mi madre.
—¿Y qué posibilidades tengo de superar la entrevista?
Clara fingió examinarlo.
—Todavía no lo sé.
Gabriel se inclinó sobre la mesa.
—Tendré que esforzarme.
Ella volvió a reírse, pero cuando él le tomó la mano, su expresión cambió. No se apartó. Sus dedos se acomodaron entre los de él y permanecieron así, en silencio, mientras la lluvia golpeaba los cristales.
Gabriel había imaginado muchas veces una escena semejante. Una mujer que hablara de un futuro compartido sin que él tuviera que esconderse detrás de respuestas vagas. Una mujer con la que pudiera pensar en una casa, en celebraciones familiares y en un niño que algún día corriera por el pasillo.
Por unos instantes, olvidó el diagnóstico, las despedidas y las conversaciones que todavía no se atrevía a tener.
—Clara, quiero preguntarte algo.
—Dime.
Él estuvo a punto de hacerlo.
Bastaba con pronunciar una frase. Bastaba con decirle que había algo importante que necesitaba conocer antes de seguir imaginando aquel futuro.
Pero ella le acarició el dorso de la mano.
—¿Qué pasa?
Gabriel la miró y sintió miedo.
No quería que aquella sonrisa desapareciera.
—¿Tú crees que una persona puede cambiar por amor?
Clara frunció ligeramente el ceño.
—Depende de lo que quieras cambiar.
—No sé. Sus costumbres, sus planes, su manera de ver la vida.
—Creo que el amor puede ayudarnos a cambiar, pero no debería obligarnos a convertirnos en otra persona para que alguien se quede con nosotros.
La respuesta le produjo una incomodidad que no supo explicar.
—¿Y si hay algo de nosotros que la otra persona no puede aceptar?
Clara dejó de sonreír.
—¿Te refieres a algo concreto?
Gabriel tuvo su oportunidad.
Podía contarle lo que había ocurrido. Podía explicarle que llevaba años temiendo que una mujer lo abandonara al saber que no podría tener hijos biológicos con él. Podía decirle que no estaba seguro de qué alternativas tendría en el futuro, pero que no quería empezar otra relación ocultando algo tan importante.
Clara esperaba su respuesta.
Él bajó la mirada hacia sus manos.
—No. Solo estaba pensando en voz alta.
Ella no insistió.
—Bueno, cuando descubras qué es lo que te preocupa, me lo cuentas.
Después se levantó para recoger los platos.
Gabriel permaneció sentado, escuchando el ruido del agua en el fregadero.
Había estado a punto de decirle la verdad.
Y había vuelto a callar.
Clara no era una mujer que creyera en los cuentos de hadas. Había visto demasiadas parejas discutir por dinero, demasiados matrimonios sostenerse por miedo a empezar de nuevo y demasiadas personas confundir la costumbre con el amor.
Sus padres llevaban años separados. Aunque ambos seguían presentes en su vida, Clara recordaba las discusiones de su infancia y las ocasiones en que su madre se encerraba en el dormitorio para llorar sin que nadie pudiera consolarla.
Por eso había tomado una decisión mucho antes de conocer a Gabriel: si algún día se casaba, quería hacerlo con un hombre con quien pudiera hablar incluso de las cosas que le dieran vergüenza.
No esperaba una vida sin problemas.
Quería una vida en la que los problemas no tuvieran que esconderse.
Cuando conoció a Gabriel, le gustó que no intentara impresionarla con dinero ni presumiera de sus logros. Era atento sin resultar invasivo, recordaba lo que ella le contaba y tenía una paciencia que a veces la sorprendía.
También había algo triste en él.
No era una tristeza constante. Gabriel sabía bromear, disfrutar de una buena comida y emocionarse con las pequeñas cosas. Pero, de vez en cuando, Clara percibía que se retiraba a un lugar interior al que no permitía entrar a nadie.
Nunca lo había presionado para que le contara sus preocupaciones.
Pensaba que, cuando estuviera preparado, lo haría.
Esa noche, mientras lavaba los platos, decidió que quería conocerlo mejor.
No porque creyera que podía salvarlo de algo, sino porque comenzaba a imaginar una vida a su lado.
Y eso la asustaba un poco.
El domingo siguiente, Gabriel volvió a acompañarla a la iglesia.
Clara estaba contenta. No le había pedido que cambiara sus creencias ni que fingiera una fe que no sentía. Simplemente, le había abierto una puerta a una parte importante de su vida.
Al terminar el culto, una mujer mayor se acercó a saludarlos.
—Clara, hija, ¿este es el joven del que me hablaste?
Clara se sonrojó.
—Él es Gabriel, doña Elvira.
La mujer lo observó con una sonrisa afable.
—Mucho gusto, hijo.
—Igualmente.
—Clara es una muchacha muy especial. Espero que la trate bien.
—¡Doña Elvira!
La mujer se rio.
—¿Qué? ¿Acaso he dicho algo malo?