La calle seguía siendo su mejor aliada.
No porque fuera buena con él.
La calle nunca es buena.
Solo sabe recibir sin hacer demasiadas preguntas.
No le preguntaba por qué no quería llegar temprano a casa.
No le reclamaba por sus errores.
No le pedía explicaciones sobre sus hijos.
No le recordaba infidelidades.
No le enseñaba videos que prefería olvidar.
No le hablaba de lo que había perdido.
La calle simplemente abría los brazos y decía:
“Quédate un rato más.”
Y él se quedaba.
El alcohol ya no era solamente parte de una noche divertida.
Era compañía.
Una bastante mediocre, pero fiel.
Nunca faltaba cuando él quería dejar de pensar.
Una botella no preguntaba si estaba bien.
No discutía.
No reclamaba.
No exigía amor.
No le recordaba que en algún momento había querido construir una familia.
Solo hacía exactamente aquello por lo que él la buscaba:
volver todo un poco menos importante durante unas horas.
Al menos hasta la mañana siguiente.
Porque el alcohol tenía una curiosa política de servicio.
Por la noche prestaba olvido.
Por la mañana cobraba con intereses.
Y estaba el billar.
Su lugar seguro.
La mesa.
Las bolas chocando.
El sonido seco del taco.
El humo de algunas conversaciones.
La música.
Las botellas.
Las apuestas.
Los hombres hablando de negocios como si estuvieran diseñando imperios mientras alguno apenas podía sostener correctamente el vaso.
Él se sentía cómodo ahí.
No tenía que ser esposo.
Ni padre ejemplar.
Ni hombre arrepentido.
Ni hijo.
Ni víctima.
Ni culpable.
Solo él.
O la versión de él que prefería mostrar.
Seguro.
Sociable.
Conocido.
Capaz de cerrar un negocio entre un trago y una partida.
Y vaya que aprendió a hacer negocios en lugares donde nadie habría recomendado celebrar una reunión empresarial.
Mientras algunos hablaban de oficinas, contratos y reuniones formales, él podía salir de un billar con una oportunidad.
Un contacto.
Un trabajo.
Una venta.
Un favor.
Una nueva idea.
Las malas amistades tenían una extraña utilidad.
Podían llevarte directo al desastre...
pero también conocían exactamente a quién llamar cuando había dinero de por medio.
Qué red profesional tan impecable.
LinkedIn, pero con cerveza y cuentas pendientes.
Él entendía el lenguaje de esos hombres.
No necesitaban demasiados documentos.
A veces bastaba una palabra.
Una llamada.
“Yo conozco a alguien.”
“Yo te consigo.”
“Déjame ver.”
Y de pronto aparecía una oportunidad.
Era bueno moviéndose en ese ambiente.
Sabía hablar.
Sabía observar.
Sabía cuándo insistir.
Sabía cuándo quedarse callado.
Había pasado tantos años entre personas complicadas que había desarrollado un talento especial para leer habitaciones.
Sabía quién tenía dinero.
Quién estaba fingiendo tenerlo.
Quién hablaba demasiado.
Quién era peligroso.
Quién podía servir para un negocio.
Y quién solamente servía para beber.
Aunque a veces confundía ambas categorías.
La noche se hacía día con una facilidad insultante.
Entraba al billar cuando todavía había gente regresando del trabajo.
Salía cuando otros ya estaban despertando.
Las horas desaparecían.
Una partida.
Otra.
Otra botella.
Una conversación.
Después otra mesa.
Otro lugar.
Una mujer.
Una llamada.
Un amigo diciendo:
“Vamos.”
Y él iba.
Siempre iba.
Porque quedarse quieto seguía siendo demasiado parecido a pensar.
Las mujeres nunca faltaban.
Habían estado presentes casi toda su vida adulta.
Algunas llegaban.
Otras regresaban.
Algunas sabían perfectamente quién era.
Otras conocían solamente la versión encantadora.
Él había aprendido a seducir sin demasiado esfuerzo.
Una conversación.
Una broma.
Una mirada.
Un poquito de atención bien colocada.
Y listo.
Nada demasiado novedoso.
El problema era que también había dejado de sorprenderse.
La conquista, que alguna vez alimentó su ego, se había vuelto rutina.
Otra mujer podía despertar deseo.
Pero ya no necesariamente curiosidad.
Y esa diferencia empezaba a pesar.
Podía pasar una noche con alguien y al día siguiente recordar poco más que una conversación incompleta.
Podía recibir un número y no escribir.
Podía coquetear sin intención real de volver.
Todo aquello que durante años le había servido para sentirse deseado empezaba a parecer repetición.
El mismo guion.
Distintos nombres.
Distintos perfumes.
Distintos rostros.
La misma sensación vacía cuando terminaba.
Pero él seguía.
Porque las costumbres no desaparecen simplemente porque dejen de hacerte feliz.
A veces continúan mucho después.
Por comodidad.
Por ego.
Por miedo a quedarte solo.
Su hogar ya era prácticamente una herida abierta.
La amante seguía esperando un puesto que nunca llegaba.
Los negocios eran inestables.
El dinero se movía como si tuviera patas.
Las amistades servían tanto para abrir puertas como para meterlo en problemas.
Y él seguía viviendo con esa convicción absurda de que mientras pudiera producir, beber, reír y acostarse al final de la noche, todavía tenía cierto control.
No lo tenía.
Pero qué bonito se veía desde lejos.
Entonces apareció ella.
Y por primera vez en mucho tiempo, una mujer le produjo algo que no sabía resolver con una habitación ni una frase bonita.
Curiosidad.
No era del sector.
Eso fue lo primero que lo desconcertó.