Hubo un tiempo en que una cerveza era apenas el principio.
Una significaba dos.
Dos podían convertirse en cuatro.
Cuatro terminaban en una llamada.
La llamada reunía amigos.
Los amigos traían más alcohol.
Alguien proponía ir al billar.
Después aparecía otra persona.
Luego otra.
Y cuando quería darse cuenta, la noche ya había cambiado de fecha y él estaba en cualquier parte menos donde había dicho que estaría.
Así había aprendido a beber.
No por sabor.
Por ambiente.
Por costumbre.
Por calle.
Por esa necesidad absurda de que cada momento tuviera ruido alrededor.
Durante muchos años, tomarse una cerveza solo le habría parecido triste.
Ahora había descubierto algo curioso.
La tristeza no estaba en beber solo.
A veces estaba precisamente en necesitar veinte personas alrededor para no escucharse a uno mismo.
Ahora podía llegar del taller.
Quitarse la ropa de trabajo.
Bañarse.
Comer.
Y si algún día quería una cerveza, abría una.
Una.
No necesitaba una caja.
No necesitaba llamar a nadie.
No había que organizar una fiesta para justificarla.
Se sentaba en el marco de la puerta de su casa.
Y ahí se quedaba.
Mirando afuera.
Tranquilo.
La escena habría resultado irreconocible para algunos de sus antiguos amigos.
Aquel hombre que podía convertir una cerveza en una madrugada ahora podía tenerla en la mano durante un buen rato sin que de pronto apareciera una multitud.
Qué decadencia.
Según ciertos criterios.
Había cambiado la mesa de billar por la entrada de su casa.
La música alta por el ruido normal del barrio.
Las conversaciones de borrachos por sus propios pensamientos.
Y curiosamente no sentía que hubiera perdido demasiado.
A veces su esposa salía y lo encontraba ahí.
“¿Qué haces?”
Él levantaba la botella.
“Tomando.”
Ella miraba alrededor.
“Ya veo. Pensé que había una convención.”
Él sonreía.
“Una cerveza nomás.”
“Eso dices siempre.”
“Pero ahora sí es verdad.”
Ella se quedaba observándolo unos segundos.
Tenía argumentos históricos para desconfiar de la frase.
Después se sentaba cerca.
Ella no era de beber.
Nunca lo había sido.
No necesitaba alcohol para divertirse.
Tampoco lo buscaba como excusa para socializar.
Si acaso, socializar demasiado ya le parecía castigo suficiente estando completamente sobria.
Para ella una casa llena de gente, ruido, botellas y conversaciones cruzadas no era fiesta.
Era una razón perfectamente válida para cerrar la puerta con llave.
“¿Quieres?”
Él le ofrecía.
Ella hacía una mueca.
“No.”
“Prueba.”
“Ya sé a qué sabe.”
“Entonces acompáñame.”
“Te estoy acompañando.”
“Pero toma un poquito.”
Ella aceptaba algunas veces.
Un sorbo.
Quizá medio vaso.
Nada más.
No porque de pronto hubiera desarrollado pasión por la cerveza.
Porque quería compartir con él.
Y ahí estaba la diferencia.
Ella no bebía porque necesitara pertenecer a su mundo.
Se acercaba porque él formaba parte del suyo.
Una pequeña diferencia capaz de cambiarlo todo.
Algunas noches él se sentaba solo.
Otras ella aparecía unos minutos después.
Tal vez con algo para comer.
Tal vez simplemente a conversar.
Y aquella cerveza dejaba de ser una puerta hacia otra noche perdida.
Se convertía en eso.
Una cerveza.
Nada más.
Qué descubrimiento.
Durante años había creído que el problema era el alcohol.
Después comprendió que muchas veces el problema era lo que construía alrededor del alcohol.
La gente.
Los excesos.
Los horarios.
Las decisiones.
Las conversaciones que se volvían provocaciones.
La confianza mal puesta.
La falta de límites.
Una botella no había llevado sola a sus amigos hasta su antigua casa.
Ellos habían abierto la puerta.
Y una vez abierta, parecía que nadie recordaba cómo cerrarla.
Su antigua relación era diferente.
Muchísimo.
Y sí.
Comparaba.
A veces intentaba no hacerlo.
Pero comparar es casi inevitable cuando has vivido dos formas opuestas de llamar hogar a un lugar.
Su ex disfrutaba recibir gente.
Amigos.
Conocidos.
Personas que aparecían.
Alcohol.
Reuniones.
Risas.
Música.
Más gente.
La casa podía convertirse fácilmente en punto de encuentro.
Ella asumía el papel de anfitriona con una naturalidad que al principio quizá incluso resultaba agradable.
“Que vengan.”
“Invítalos.”
“Compramos algo.”
“Nos tomamos unas.”
Perfecto.
Hasta que las “unas” dejaban de poder contarse con facilidad.
El problema nunca empezaba mal.
Ese era el detalle.
Todo iniciaba con risas.
Conversaciones.
Una mesa.
Algo de música.
Alguien contando una historia.
Los niños quizá en otro espacio.
Una casa llena.
Una imagen casi normal.
Después el alcohol hacía lo suyo.
Las voces subían.
Las bromas empezaban a perder elegancia.
Las distancias entre ciertas personas comenzaban a reducirse.
Las miradas duraban más.
Las confianzas crecían más rápido que el sentido común.
Y cuando el alcohol ya había hecho suficiente diplomacia...
los límites empezaban a desaparecer.
Años después él recordaba aquellas reuniones y pensaba:
¿Cómo permitimos que eso fuera normal?
No encontraba una respuesta bonita.
Tal vez porque ambos lo habían normalizado.
Él con sus amigos.
Ella con su manera de recibirlos.
Todos entrando.
Todos sabiendo demasiado.