El Hijo Que No Estaba En Los Planes

Los amigos que nunca fueron tan amigos

La calle volvió a llamarlo.

Claro que sí.

La calle tiene una memoria excelente para quienes alguna vez le pertenecieron.

No le importa que uno consiga trabajo.

Que forme una familia.

Que tenga un hijo en camino.

Que empiece a llegar temprano.

Que descubra la tranquilidad.

La calle no se ofende por los cambios.

Solo espera.

Con esa paciencia peligrosa de quien sabe exactamente qué botones presionar.

Un mensaje.

Una llamada.

“¿Dónde andas?”

“Desaparecido.”

“Ya no te acuerdas de los pobres.”

“Ven, juguemos una partida.”

Las mismas frases.

Los mismos lugares.

A veces hasta las mismas personas.

Solo que él ya no era exactamente el mismo.

Antes bastaba poco.

Una invitación.

Una cerveza.

La promesa de un negocio.

El nombre de alguien que tenía dinero.

Una partida de billar.

Y ya estaba poniéndose zapatos.

Ahora miraba el mensaje.

Pensaba.

Y muchas veces dejaba el teléfono donde estaba.

La calle seguía llamándolo.

Él había empezado a no contestar.

Eso sorprendía hasta a su pareja.

“¿No vas a salir?”

“No.”

Ella lo miraba con una sospecha casi ofensiva.

“¿Estás enfermo?”

“Qué graciosa.”

“Pregunto.”

“Quiero quedarme aquí.”

Ella sonreía.

“¿Quién eres y qué hiciste con mi marido?”

“Todavía no soy tu marido.”

“Entonces no abuses de la confianza.”

Él se reía.

Y se quedaba.

No siempre había sido así.

Durante años la calle había ganado prácticamente todas las votaciones.

Casa o billar.

Ganaba el billar.

Dormir o seguir tomando.

Ganaba la botella.

Pareja o amigos.

Dependía de quién estuviera pagando la siguiente ronda.

Una planificación de vida impecable.

Ahora llegaba cansado del taller y algo dentro de él prefería bañarse, comer y quedarse en casa.

Escuchar a su pareja.

Hablar del niño que venía.

Dormir.

Normalidad.

Aquella palabra que años atrás le habría parecido sinónimo de aburrimiento ahora sonaba casi como premio.

Porque ya había probado suficiente caos.

Y el caos, después de muchos años, pierde glamour.

Empieza a verse exactamente como es.

Cansancio.

Dinero desperdiciado.

Problemas.

Personas aprovechándose.

Conversaciones que no llevan a nada.

Amigos que existen únicamente mientras tienes algo que ofrecer.

Y mañanas donde nadie se acuerda de quién pagó la última botella.

Los amigos también empezaron a desaparecer.

No todos.

Quedaron algunos.

Pocos.

Los que podían llamarlo sin necesitar nada.

Los que preguntaban cómo estaba.

Los que no requerían alcohol como requisito para mantener una conversación.

Esos quedaron.

Los otros se fueron cayendo solos.

Y aquello le permitió descubrir algo bastante interesante.

Tal vez nunca habían sido amigos de él.

Durante años había tenido gente alrededor.

Mucha.

Hombres entrando a su casa.

Sentándose en su mesa.

Bebiendo con él.

Riéndose.

Escuchando problemas.

Hablando de negocios.

Tratándose de “hermano”.

Palabra generosa.

Aparentemente se podía ser hermano de alguien por la noche y olvidar el parentesco apenas aparecía una mujer de por medio.

La fraternidad tenía horarios.

Cuando terminó la relación con su ex, ocurrió algo curioso.

Muchos de esos hombres dejaron de llamarlo.

No progresivamente.

Casi naturalmente.

Como si la amistad hubiera perdido utilidad.

Él al principio no prestó demasiada atención.

Estaba reorganizando su vida.

Trabajo.

Dinero.

Nueva relación.

Hijo en camino.

Tenía demasiadas cosas para ponerse a contar quién había dejado de enviar mensajes.

Pero con el tiempo empezó a notar el patrón.

Los mismos hombres que antes aparecían con frecuencia por su casa seguían circulando.

Solo que ya no alrededor de él.

Alrededor de ella.

Su ex.

Ahí entendió.

O creyó entender.

Y la conclusión no fue precisamente bonita.

Tal vez algunos nunca habían ido a visitarlo realmente a él.

Tal vez él había sido únicamente la puerta de entrada.

El anfitrión.

El hombre que compraba bebidas.

El amigo conveniente.

El dueño temporal del lugar donde realmente estaba aquello que les interesaba.

Su mujer.

Qué descubrimiento tan elegante.

Años creyendo que tenía un grupo de amigos.

Y al final varios parecían haber estado haciendo networking sentimental.

Muy profesionales.

Él recordó reuniones.

Noches.

Alcohol.

Miradas que en su momento no interpretó.

Excesos de confianza.

Bromas.

Conversaciones.

La forma en que algunos se quedaban más de la cuenta.

Y después todo empezó a encajar con recuerdos que habría preferido mantener desordenados.

Porque algunas cosas duelen menos mientras no tienen explicación.

Según lo que había llegado a saber y a vivir dentro de aquella relación, algunos de esos amigos habían cruzado límites íntimos con su entonces pareja.

No simples comentarios.

No coqueteos inocentes.

Límites reales.

Y cuando la relación terminó, dejaron de necesitar fingir demasiado interés por él.

Podían acercarse directamente a ella.

Qué eficiencia.

Se habían eliminado al intermediario.

Una tarde uno de aquellos antiguos conocidos le escribió después de mucho tiempo.

“Brother, perdido.”

Él miró el mensaje.

Sonrió.

La palabra brother tenía un sentido bastante flexible entre ciertas personas.

Respondió:

“Trabajando.”

“Ya no sales.”

“No.”

“Te cambiaron.”




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