El frío de la noche en Huamantla no era un frío común; era una corriente densa y húmeda que bajaba desde las faldas de La Malinche, metiéndose entre las costuras de la ropa y congelando el aliento antes de que pudiera convertirse en palabra. El rugido grave y gutural de la Harley-Davidson reverberó contra las fachadas de cantera roja y adobe de la calle Juárez, rompiendo la calma silenciosa que solía envolver al pueblo pasadas las diez de la noche.
Mateo ajustó el agarre en el manillar y redujo la velocidad. El motor petardeó en un eco seco que hizo que un par de perros callejeros ladrarán con rabia detrás de un zaguán de madera podrida. Levantó la visera de su casco y dejó que el aire helado le golpeara el rostro. Tenía la piel curtida por el sol de Texas y los ojos cansados tras un viaje de más de doce horas en carretera desde la frontera.
Cinco años. Ese era el tiempo exacto que llevaba fuera de Tlaxcala. Cinco años desde que vendió lo poco que le quedaba, besó a Amada en los labios bajo la sombra de la reja colonial y abordó un autobús hacia el norte con la promesa de hacer dinero rápido y regresar para construir una vida juntos.
En los primeros meses, las llamadas eran diarias. Luego, semanales. Después llegaron las noches de fiesta en Houston, el dinero fácil en las obras de construcción, las mujeres de paso en los bares de música tejana y la paulatina y conveniente amnesia. La voz de Amada se había vuelto una molestia lejana, un recordatorio incómodo de una juventud ingenua que Mateo creía haber dejado atrás. Dejó de responder los mensajes, cambió de número y enterró la culpa en el fondo de botellas de tequila barato.
Ahora, de vuelta en el pueblo mágico para cerrar la venta definitiva del terreno de sus padres, Huamantla le parecía extrañamente ajena, como una escenografía olvidada que se resistía a envejecer. Las bombillas del alumbrado público parpadeaban con un zumbido eléctrico, proyectando sombras alargadas y grotescas sobre el empedrado.
Avanzó a vuelta de rueda por el centro. Las calles estaban desiertas. No había una solo alma caminando por las banquetas, ni siquiera los trasnochadores habituales que solían rondar la plaza principal. Lo único que acompañaba su trayecto era el crujido de las llantas sobre las piedras desiguales y un extraño sonido que juraría haber escuchado al fondo del pasaje: un fino sonido metálico, como el chocar tenue de dos piezas de hierro.
«Debe ser la cadena de la moto», pensó, tratando de desestimar el escalofrío que le recorrió la nuca.
Aceleró un poco más hasta detenerse frente al pequeño Hotel que había reservado cerca de la parroquia de San Luis Obispo. Apagó el motor. El silencio cayó de golpe, pesado y sofocante, como una manta húmeda sobre sus hombros.
Se quitó el casco y se pasó la mano por el cabello desordenado. Al bajar de la moto, el tintineo metálico volvió a escucharse. Esta vez, más claro. No venía de la máquina. Parecía brotar de la esquina superior de la calle, donde la sombra de un enorme fresno cubría la fachada de una casona antigua. Mateo agudizó el oído. El sonido recordaba al roce de unas espuelas contra los estribos de una montura, o al golpe rítmico de la empuñadura de un sable contra la reja de una ventana.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Mateo, con la voz rasposa por el polvo del camino.
Nadie respondió. Solo el viento silbó entre los cables de luz, trayendo consigo un olor penetrante y dulce, casi empalagoso, como el de las flores de cempasúchil marchitas o la tierra recién removida.
Mateo frunció el ceño y sacó la llave del hotel de su bolsillo. Al girarse para abrir la puerta de madera del hostal, dirigió una última mirada hacia el fondo de la calle. A unos cincuenta metros, envuelta en la penumbra de una lámpara fundida, se alzaba la Casona de los Barrotes. La casa donde Amada solía esperarlo.
Por un segundo, una fracción de parpadeo, creyó ver una silueta blanca de pie tras el hierro forjado de la ventana principal. Una figura inmóvil, erguida, con el rostro bañado por la luz impecable de la luna llena que comenzaba a asomarse por encima del techo de la parroquia.
Mateo sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Sacudió la cabeza, frotándose los ojos con fuerza. Al abrir los ojos de nuevo, la ventana estaba vacía; solo se veían las maderas carcomidas y la oscuridad del interior.
—Estás cansado, Mateo. Solo es el viaje —se dijo a sí mismo en un murmullo bajo.
Empujó la puerta del hotel y se adentró en el zaguán iluminado, sin percatarse de que, en el tanque de gasolina de su motocicleta, justo donde descansaba la luz reflectante de la luna, una fina capa de escarcha helada acababa de formarse con la forma exacta de una mano humana.