Capítulo 1: La Sombra del Patriarca
La mansión Moretti era una fortaleza de piedra y secretos, pero esa noche, el ambiente era inusualmente pesado. El aire acondicionado apenas lograba mitigar el calor sofocante de la sala de juntas, donde las sombras de los candelabros danzaban sobre las paredes de caoba. Yo, Andrielys, estaba sentada a la cabecera, sintiendo el peso de un legado que apenas estaba empezando a comprender. A mi lado, Dante mantenía una postura rígida, sus ojos recorriendo cada rincón de la habitación como si esperara un ataque de un enemigo invisible.
Frente a nosotros, mi padre, Don Valerio, servía un trago de whisky con una parsimonia que me ponía los nervios de punta. No era un hombre de palabras vacías. Cada vez que abría la boca, el mundo de la mafia se movía bajo nuestros pies.
—Ustedes dos creen que esto es un conflicto de clanes —comenzó mi padre, rompiendo el silencio con una voz que resonaba como un trueno lejano—. Creen que la guerra es por territorio, por rutas de contrabando o por quién tiene el arma más grande. Pero la verdadera guerra, la que realmente importa, se libra en la mente de quienes nos rodean.
Dante apretó la mandíbula, sus nudillos tornándose blancos. —Marco está moviendo sus piezas, Valerio. Mis hombres me han dicho que ha estado reuniéndose con los clanes del sur. Si no hacemos algo, el puerto será suyo antes de que termine el mes.
Mi padre soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier rastro de humor. Caminó hacia el gran ventanal que daba al acantilado y observó las luces de la ciudad que brillaban como brasas en la oscuridad. —Marco es un niño jugando con cerillas en un bosque seco. Él cree que es el arquitecto de su propia revolución, pero lo que no sabe es que yo mismo puse las cerillas en sus manos. Él es la marioneta que nos llevará a la cima, porque mientras él esté ocupado intentando derrocarme, nadie mirará hacia ustedes. Ustedes son el futuro, pero primero, tienen que aprender a ser los titiriteros.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. La idea de usar a Marco, el hermano de Dante, como un peón desechable, era una estrategia fría, pero necesaria. Dante me miró, buscando una señal, y yo le sostuve la mirada. En ese momento, no éramos solo dos jóvenes enamorados; éramos los herederos de un imperio que exigía sangre, lealtad y, sobre todo, una inteligencia superior a la de cualquier enemigo.
—Si vamos a hacerlo —dije, mi voz sorprendentemente firme, casi irreconocible para mis propios oídos—, no podemos dejar rastro. Si Marco va a caer, tiene que ser de tal manera que nadie se atreva a cuestionar nuestro mando.
Valerio sonrió, y por primera vez, vi un destello de orgullo genuino en sus ojos. —Esa es mi Andrielys. Mañana, Marco convocará a la reunión de los capos. Él cree que será su coronación. Ustedes irán, se sentarán a su derecha, le sonreirán y le darán toda la confianza del mundo. Dejen que se emborrache de poder. La caída es mucho más dolorosa cuando se está en la cima.