El Monstruo

LECCIÓN 1: es normal ver a la escuela como zona tóxica

Nota de Autora: Muchas gracias por esperar tanto, esta es la tercera parte.

Sucedió hace siete años, en la misma semana cuando el fin del mundo dio su primera señal. En alguna parte del bosque entre Puno y Cusco, apareció un rayo que quemó gran parte de la flora, o eso dijeron las noticias, mientras que el mundo como lo conocíamos, cambió.

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— ¡No saltes!

— ¡Una deshumanización!

El eco de un grito resonó en medio del patio de una gran escuela. Estudiantes y profesores alterados se amontonaron en círculos, cada clase y cada profesor en revisión cuando una estruendosa alarma hizo reaccionar a todos en el interior y detener a los transeúntes fuera del colegio.

Mientras tanto, en un pasadizo, un profesor pelirrojo apuró el paso, con su mano derecha sobre la oreja y la otra ocupada subiendo el cierre de su pantalón.

Dejó atrás la puerta del baño, su cabello desarreglado y camisa mal vestida, su caminar lo llevó rápidamente a la escuela y luego, al patio principal.

Los gritos de los estudiantes aumentaban a cada segundo. Sus rostros, marcados por el miedo y la angustia, parecían haberse quedado fijos en un mismo lugar. El profesor siguió sus miradas, girando lentamente la cabeza hacia aquello que todos observaban.

La azotea de la torre más alta.

Un muchacho de tan solo catorce años parecía flagelar en su propio eje al raz de la terraza.

Iba a saltar.

«Espero que puedas ver algo lindo antes de irte» pensó Lucas a lado del montón de adolescentes.

*eres un idiota. deberías acompañarlo y morir a su lado*

Se escuchó entre sus pensamientos. Lucas bajó la mirada, impaciente y furioso por la intromisión del comentario.

Ajeno, alzó la mirada cuando nuevos gritos lo alarmaron. Se dirigió al techo, esta vez, el estudiante ya no estaba. Quiso acercarse, por un momento sus ojos bajaron al suelo donde el jardín y un árbol lo hubieran retenido, pero no encontró nada.

Sin saber quien o que lo jalo, su cuerpo permaneció quieto en la confusión del público.

Mientras tanto, ese joven cayó al suelo, cuando su cabeza golpeó la losa de concreto empezó a convulsionar, atragandose con su propia respiración antes de que su vista borrosa terminará sobre una pequeña silueta.

Vestido con un casco de motocicleta negro y con orejas. El cuerpo femenino suspiro.

— Se perdió — susurró.

Con un bordado de conejo en la espalda de su casaca deportiva amarilla más grande que su short. Raspo sus rodilleras en un suave movimiento para acomodarlas.

Suspiró, sin una pizca de emoción y un ligero gruñido apretó sus manos y empuño una hacha bañada en sangre sobre su hombro.

Volteo rápido, hacia una mujer elegante vestida con un abrigo de piel bañado de sangre a metros de ella. Encorvada gruñendo de dolor por la profunda herida en su mandíbula dañada y dientes en el suelo.

La joven preparó su hacha. Solo dio un paso, cuando fue detenida por un temblor en su rodilla.

— ¡CARAJO! — grito Micaela, enfurecida — ¡Por tu culpa tuve que correr cinco pisos! ¡Y sin cardio! ¡Ya no tengo quince!

— ¿Ah? — susurró la mayor, intentando incorporarse.

— Osea, lo acepto, ¡soy inmadura por naturaleza pero no significa que no tome bien el único trabajo que me da dinero! — volvió a gritar.

Sin esperar que la pelirroja pudiera abrir su abrigo, un largo silbido salió de su boca, atormentando a la mujer y lanzando varias cajas sucias a su cuerpo.

— ¡MICAELA! — Gritó un niño moreno, vestido por un poncho y pantalón desgastado.

Sinchi, así llamado propiamente estaba apoyado con varios aceros contra una puerta de emergencias señalando hacia el estudiante en plena metamorfosis.

Ella volteo rápido. El cuerpo del chico empezó a convulsionar, su propia mucosidad y sangre se unieron en una masa casi transparente que lo envolvió.

Era meramente sangre en construcción y huesos en descomposición.

«Bien acabemos con esa loca» se dijo así misma y regresó. A un espacio vacío, sin la mujer.

Revisó su alrededor, hasta que una sombra llamó su atención y una patada alcanzó su abdomen.

Contra cajas apiladas, su cuerpo se extendió mientras sus sentidos eran recobrados.

En cuanto pudo volver a ver detrás del casco, sus ojos se posaron sobre un hombre. Con una bata, sosteniendo en manos una muñeca de peluca roja.

Su aspecto era amenazante aun cuando acurrucaba a la muñeca en sus brazos.

— Conejita chamán — escuchó de él con burla con cada paso al acercarse — diviértete al ser comida por el monstruo 1704.

Él acercó su mano al casco y dio dos golpes.

El protector oscuro se tornó invisible, los ojos de la joven aparecieron: marrón y azul. Y frente a estos, las largas pestañas y finas cejas llamaron la atención de Micaela.

Aunque aún era borroso, por su mente pasó la palabra: “Guapo”.

Él silbó al darse cuenta, como si fuera un niño contemplando la heterocromía de Micaela. Disfrutando de su víctima, hasta que varios tubos de acero lo empujaron fuera de la terraza, al vacío.

— ¡Micaela! — escuchó de Sinchi, con la suficiente fuerza para sujetar un tubo metálico de 20 metros con una mano y con la otra señaló al monstruo.

— ¡Ya sé! — refutó ella, junto a dos golpes sobre su casco.

Al mismo tiempo que el monstruo corrio a ella, giro su hacha al pomo, un aro con orejas de conejo que acercó sus labios.

Relamio sus labios y exhalo.

Un agudo y largo silbido salió disparado como si fuera una onda sonora.

Detuvo a la criatura.

Lo vio estremecerse y gritar de dolor hasta caer al suelo, poco a poco, su cuerpo se convirtió en plasma, como si fuera un gran charco de sangre.

Tomaron un par de segundos en silencio hasta que un golpe en la puerta los despertó. Ambos se vieron y después de unos segundos, Micaela se acercó y empujó la manija de la puerta. Hacia un charco de sangre y el cuerpo de la directora clavado en el muro.




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