El Monstruo

LECCIÓN 2: Si tu amigo salta por un puente, asegúrate de tener un paracaídas.

Primer aviso: Después de una deshumanización o rebrote en algún distrito, toda la población deberá usar cubrebocas y asistir a revisiones médicas por un mes.

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— ¿Qué es esto?

Dijo un oficial de policías, un hombre regordete de buen aspecto físico frente a otro, alguien más joven. Cristian Talavera, un chico de cabello oscuro que resaltaba su piel dorada y ojos claros.

— Un informe de una deshumanización — aclaró el joven para luego acomodar su cubrebocas sobre su rostro — Señor, ¿Acaso no crees que es raro que una escuela privada sufra un ataque? — alzó la voz el joven — un estudiante murió, como monstruo, la directora desapareció y nadie sabe de quién es un charco de sangre del último piso.

Se escuchaba alterado a pesar de mantener una expresión neutra frente a un par de ojos aburridos y cejas levantadas. El capitán no se veía muy alegre con el muchacho.

— Primero te metes en la estrategia — exhalo el mayor—. ¿ahora quieres dar órdenes?

El chico no dijo nada. Sus ojos pegados a cada salpicadura de saliva que salió disparada de la boca de su superior convertida en una su risa inquietantemente petulante y una billetera gruesa sobre su escritorio.

— Por favor, deje que me haga cargo de esto — volvió a hablar cristian.

— no. El subdirector y padres de familias pidieron que nadie se diera cuenta. ¿Sabes a cuantos intercambios tuve que hacer para que nada salga a la luz? — cuestionó el mayor en un tono grosero y con ojeras debido al trabajo que hizo. Por lo que el joven suspiró y bajó la cabeza — no pienses en que harás algo, Cristian.

— ¿Cómo espera que los periodistas tomen esto?

Estiró su mano al bolsillo de su camisa, dos fotos aparecieron y las deslizó por la mesa. Era su superior abrazo de dos jóvenes chicas en una discoteca y otra foto de él en el interior de su carro invitando a un travesti.

Fue entonces que la altanera mirada del oficial se convirtió en nervios y un obvio odio sobre la calma del joven.

Siseo su lengua y en un movimiento brusco, abrió un cajón de su escritorio buscando algo hasta que lanzó un par de llaves al chico. Cristian gimió emocionado y salió de la oficina, mientras el otro refunfuñaba desde su asiento.

— Mierda — dijo el oficial al acostarse en su asiento y ver de arriba a abajo la ropa del chico — no debería disfrazarse de policía.

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Por otro lado, el sonido del noticiero resonó como eco, Micaela lo escucho desde el jardin, ocupada regando un huerto de ajies y llevando hacia atras sus dos coletas.

— Listo —susurro y volteo.

Por el vidrio de la mampara, vio la espalda de una mujer encorvada, su brazo estirado contra las uñas de sus pies.

— En otras noticias — se escuchó desde el noticiero — Ayer hubo diferentes epicentros de monstruos en el País, en el centro de cañete, en la playa de tumbes, la selva profunda de iquitos y las faldas del misti. Según equipos colectivos, se harán manifestaciones para que la marina se haga cargo de los monstruos. Por favor, procure usar cubrebocas y manténgase alejado de quienes sufran las siguientes señales: piel pálida, movimiento de ojos desigual y conversaciones en solitario profundas.

— ¡Que tonteria! — grito esa mujer, junto a un golpe sobre la mesa.

— Ana — dijo Sinchi a un lado de la gran mesa — ¿porque el señor Quispe llamó cinco veces en la noche buscándola?

— No es mi culpa que tengamos una bella genética ancestral — se burló una vez se levantó de su asiento — por cierto, dile a micaela que iré a cañete de nuevo.

— Deberías tener más cuidado, ella

— Estaré bien — intervino la mujer— Por cierto, ¿Quispe les dio una oferta? — preguntó ella con un cierto interés, aunque no fue igual para el niño que resoplo aburrido — vayan a la tienda, mi pedido debe estar listo. Es para mica.

— ¿me crees mensajero o que?― pregunta con cierta molestia, así como vio a la joven regresar del jardín.

― por favor tengan cuidado en la escuela, no queremos desastres o el curaca se va a molestar ― Ana cambió su tono por uno más serio.

Al paso de una hora, Micaela acomodo su cerquillo frente a un espejo, revisó las ruedas ocultas bajo sus botines ajustados y tomó un estuche rojo de violín y volteo a la sala.

Recostados en el sofá, Ana y Sinchi no dejaron de ver el televisor.

— Sinchi, ¿estás listo? Debemos regresar a la escuela — gritó la joven y volvió al espejo.

Se demoró, revisó sus coletas, cerquillo y hasta rodilleras, no sonrió hasta que se convenció que sus coletas estuvieran perfectas. Fue entonces que abrió la puerta. Sin detenerse, su cuerpo chocó contra un hombre casi calvo, de traje de oficinista y bufanda

— Hola micaela ¿Tienes un momento? — dijo al entregar una pequeña bolsa.

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Eran apenas las 5 de la mañana.

Cinco carpas de toldos azules se alzaban en medio del gran patio del colegio. Bajo ellas, estudiantes aún somnolientos aguardaban su turno en largas filas, mientras médicos examinaban a cada adolescente uno por uno.

— Estás limpio, sigue usando el cubre boca por favor — mencionó un médico.

De larga bata blanca, lentes cubrieron parte de su rostro.

— Gracias — Lucas susurro antes de ir hacia un grupo de profesores.

*No creas que tienes suerte — esa rancia voz cubrió su interior*

Demasiado concentrado en aquellas palabras, todo desapareció cuando sintió una mano en su hombro. Volteo rapido, un ligero gruñido de sorpresa ahogado se redujo al encontrarse frente a un hombre mas viejo, de frente arrugada y traje.

— Subdirector, ¿Pasa algo?

—¿Te pasa algo, Lucas? Te estoy hablando —lo reprendió un hombre de unos cuarenta años—. Después de lo que pasó con la señora Marta, necesitamos que todos estén atentos.

— Solo me siento raro.

Lucas mantuvo la voz serena mientras se pasaba una mano por la frente, como si aquel gesto bastara para disipar la extraña sensación que lo acompañaba.




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